La grieta que nadie quiso ver
Antes del clímax, Aurelia percibe algo extraño en el eco del ciclo. Nadie le cree del todo, pero esa grieta emocional será la clave de lo que ocurrirá después.
El cielo estaba demasiado quieto.
Aurelia avanzaba junto al grupo por el corredor de piedra que llevaba al altar final.
Todos hablaban en voz baja, repasando estrategias, pero ella no escuchaba nada.
Había algo…
un murmullo.
Un latido que no era suyo.
Mitsuka flotó a su lado.
—Estás muy callada —dijo, ladeando la cabeza—. ¿Te duele algo?
Aurelia negó.
—No es dolor. Es… como si alguien me llamara.
Mitsuka parpadeó.
—¿Alguien?
Aurelia se detuvo.
El eco resonó otra vez, suave, casi tímido.
“¿Por qué…?”
Ella tragó saliva.
—El eco del ciclo. No es solo ruido. Siento… emociones.
Bram, que iba adelante, se giró con una sonrisa nerviosa.
—Aurelia, estás cansada. Todos lo estamos. Es normal escuchar cosas raras antes del final.
Seren, en cambio, la observó con atención.
—¿Qué tipo de emociones?
Aurelia cerró los ojos.
—Tristeza. Confusión. Como si… no quisiera pelear.
El silencio cayó sobre el grupo.
Seren dio un paso hacia ella.
—Eso no tiene sentido. El eco es un residuo mágico. No tiene conciencia.
Aurelia abrió los ojos.
—Entonces ¿por qué siento que está sufriendo?
Seren no respondió.
El pasillo vibró ligeramente, como si algo hubiera escuchado su conversación.
Aurelia retrocedió un paso.
—Lo escuché otra vez.
Mitsuka frunció el ceño.
—¿Qué dijo?
Aurelia respiró hondo.
—“No me dejes solo”.
El grupo intercambió miradas tensas.
Bram intentó romper la tensión con una risa forzada.
—Debe ser una ilusión. El eco no puede hablar.
Pero Seren no parecía convencido.
—Aurelia… si lo que dices es cierto, entonces el ciclo no es solo un mecanismo. Es un ser atrapado.
Aurelia sintió un escalofrío.
—Y si está atrapado… ¿qué pasará cuando lo destruyamos?
Seren bajó la mirada.
—No lo sé.
El eco volvió a vibrar.
Más fuerte.
Más claro.
“Ayúdame…”
Aurelia apretó los puños.
—No quiero destruir algo que está pidiendo ayuda.
Seren la miró con una mezcla de compasión y gravedad.
—Pero si no lo hacemos, el ciclo seguirá repitiéndose. Miles de años más. Miles de vidas atrapadas.
Aurelia sintió que el corazón se le partía en dos.
—Entonces… ¿qué se supone que haga?
Seren no respondió.
Nadie lo hizo.
El grupo siguió avanzando, pero Aurelia caminó con un peso nuevo en el pecho.
Un peso que no sabía que la acompañaría más allá del final.
Un peso que, sin saberlo, ya había empezado a cambiar su destino.




