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Capítulo 35: Epílogo [Fin del arco de la peste rosa]

—Un día normal—


Sora abrió los ojos. El techo familiar de su habitación estaba sobre él, iluminado por la luz suave de la mañana. Se incorporó lentamente, llevándose una mano a la cabeza por un dolor punzante. Luego miró el calendario en la pared.

—Oh, rayos… —murmuró, rascándose el cabello revuelto—. Se suponía que debía ir a visitar a Yume. Espera, ¿acaso no se suponía que ya había ido a visitarla?

Un recuerdo se filtró en su mente: él se estaba preparando para ir a la estación del tren, pero tuvo que detenerse al darse cuenta de que estaba comenzando a nevar, así que lo pospuso para otro día.

Ahora, su mente se sentía nublada, así que simplemente decidió no pensar más en ello.

“Parece que tendré que disculparme con Yume luego, espero que pronto nos podamos reunir”.

Trató de levantarse, pero el mareo lo obligó a recostarse otra vez. Su cuerpo se sentía pesado, como si hubiera despertado de un sueño demasiado profundo.

Entonces, un destello de color lo atravesó de repente.

—Rosa… mucho rosa… —susurró.

Una idea absurda lo hizo sonreír.

—Quizá sea una señal para comprarle algo rosa a Yume. Aunque el naranja le queda mejor.

La imagen de Yume apareció en su mente. Pero, mezclada con ella, surgió la imagen de una chica de cabello rosa, ojos del mismo tono y una sonrisa que no lograba ubicar.

—Aunque… no recuerdo conocer a nadie así. Bueno, mientras Yume no lea mis pensamientos, todo estará bien. Eso espero.

Sacudió la cabeza y fue a la cocina. Preparó el desayuno; lo hizo sin demasiado esfuerzo, así que era bastante sencillo. Cuando dio el primer bocado, se detuvo.

—No sabe bien… le falta de todo… —murmuró.

Y, aun así, una calidez extraña le recorrió el pecho.

—¿Por qué siento que es lo mejor que he probado en tanto tiempo? ¿Por qué quiero compartirlo con alguien?

Las lágrimas recorrieron su mejilla. No entendía por qué, pero sintió que no era malo llorar un poco en ese momento. Miró a su alrededor: el plato, su ropa, la tranquilidad de su hogar, la simple sensación de estar vivo.

Cosas corrientes… que, de pronto, parecían tan valiosas.

Al terminar, tomó el teléfono y llamó a Yume. Solo escuchar su voz bastó para calmarlo.

—Vaya, realmente soy una persona muy afortunada —dijo al colgar—. Debo ir a visitar pronto a Yume.

Revisó su bandeja de mensajes. Había varios sin leer: de Alexia, Mei, Anise, Yousuke y otros más. Todos decían lo mismo:

“No estás solo”.

“Cuenta con nosotros”.

“Te apoyaremos”.

Sora revisó algunos, sin entender por qué le estaban enviando esos mensajes.

—Qué raros están… —susurró.

Si estos mensajes hubieran llegado antes… si los hubiera leído antes… quizá entonces…

Su expresión se tensó por un instante.

Pero sacudió la cabeza.

—Todo está bien, todo está bien.

Durante un instante, la imagen de un campo teñido de rojo y rosa pasó por su mente, mientras gritos se escuchaban alrededor de él.

Sora sudó frío.

—Otra vez las pesadillas, pensé que ya había superado esa etapa.

Se puso de pie, decidido a continuar con su día. Afuera, el sol brillaba como si nada hubiera pasado.

No vio, o tal vez eligió no ver, el panel que flotaba frente a él, de forma silenciosa:

[Felicidades: misión completa. La peste rosa se ha vuelto parte de ti.]

Sora sonrió con calma.

No había razón para preocuparse.

Solo debía vivir sus días con normalidad.

Sí… eso era lo que debía hacer.


◇◇◇


—Lo que queda—


El viento soplaba frío, arrastrando polvo y hojas secas. No tenía techo ni ganas de moverse. Estaba bajo un puente viejo y olvidado, al lado de un río que corría lento y silencioso.

Allí, en medio de ese lugar abandonado, estaba Sarah: sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra una pared ennegrecida por el humo de viejas fogatas.

Su cabello rubio claro, antes bien peinado, ahora caía en mechones desordenados sobre el rostro. El uniforme del escuadrón estaba cubierto de polvo y manchas secas de sangre.

Donde alguna vez estuvo su mano izquierda, ahora solo quedaba un vacío envuelto en vendas improvisadas, hechas con trapos sucios; el vendaje, endurecido y áspero, estaba manchado. La hemorragia se había detenido, pero con ella también se había ido gran parte de su fuerza.

Si hubiera tenido esa mano en el último instante, quizá… quizá habría logrado disparar. Quizá habría vengado a Lynne. Pero no lo hizo. Y esa incapacidad pesaba más que cualquier herida.

Sus ojos grises, antes llenos de determinación y rabia, ahora estaban vacíos.

—Hermana… —susurró.

El eco devolvió la palabra, burlándose de ella.

Cuando despertó en este mundo, creyó estar atrapada en una pesadilla: había perdido a Lynne, había fallado la misión, y lo único que le quedaba parecía ser morir.

Las horas pasaron, los días también… y la pesadilla no terminaba. No había peste rosa, no había órdenes que cumplir; la estructura que le daba sentido se había venido abajo. Lynne, la única persona que había sido realmente importante para ella, ya no estaba.

Con la mano que le quedaba, recogió un trozo de vidrio del suelo y lo sostuvo frente al rostro. Se miró en el reflejo: la piel pálida, los labios secos, el rostro tallado por el cansancio. Aquella imagen le dolió: era, y no era, la cara de su hermana gemela. El vidrio resbaló y se hizo añicos contra la tierra.

—¿Qué soy ahora? —murmuró, y la pregunta se perdió en el aire, como todo lo que alguna vez fue.

Intentó morir. Lo intentó de verdad. Pero una orden seguía resonando en su cabeza, como una cadena fría e invisible: “No mueras”. ¿Por qué? ¿Por qué aquella voz —esa entidad que había matado a su hermana, que la había traído hasta aquí— le había negado incluso el derecho a rendirse?

Apoyó la frente sobre las rodillas y se encogió como una niña que busca refugio. Si alguien la hubiera visto en ese instante, habría pensado que era una muñeca rota, abandonada bajo un puente en un mundo que no la quería.

El único sonido era su respiración entrecortada: un latido obstinado en un cuerpo medio muerto. Un cascarón que aún respiraba. Vivía sin propósito y esperaba, en silencio, algo a lo que pudiera aferrarse.


◇◇◇


—El nuevo portador—


Oscuro.

Olor a sangre.

Olor a ceniza.

Corrí. Me escondí entre piedras y huecos. Mi cuerpo pequeño temblaba.

El aire ardía. Todo sonaba fuerte: pum, pum, pum. Gritos. Pasos pesados. Humanos con barras de metal escupían fuego.

Humanos se mataban entre sí.

No entendía. Solo quería que todo volviera a ser como antes. El tiempo pasó y, por fin, los ruidos se detuvieron.

Salí un poco y moví los bigotes. El polvo rosa flotaba como algo malo. Vi cuerpos. Vi a los míos: ratas partidas, aplastadas o carbonizadas. Vi humanos quietos, con los ojos vacíos.

Y también estaba ella. Amelia no se movía. Tenía un agujero en la cabeza. Me acerqué. Lamí su mano.

Fría.

—Chrr… —quise decir algo más, pero solo salió un quejido.

Mi amo era fuerte.

Él lo solucionaría.

Solo había que esperar.

Cuando lo vi caer, sentí ganas de atacar al enemigo, pero sabía que mi ayuda sería inútil. Incluso cuando llamaron a los míos a pelear, en ningún momento me pidieron luchar.

Sentí humillación por no haber hecho nada.

Recordé cómo Amelia me acariciaba con suavidad. Le gustaba mi pelaje, y ese recuerdo me tranquilizó un poco. Quería verla sonreír otra vez. Su cuerpo parecía estarse curando… Si mi amo regresaba, todo estaría bien.

“Largo de aquí”

Sentí la voz de mi amo una vez más. Perdí la conciencia y solo pude sentir cómo mis patitas se movían.

No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando la recuperé, el cuerpo de Amelia seguía a mi lado. No estaba seguro de qué hacer ahora.

Solo podía seguir esperando: primero un día, luego una semana, luego un mes. No necesitaba comer ni beber, así que bastaba con acurrucarme junto al cuerpo de Amelia, esperando a que por fin despertara.

A veces, el polvo rosa comenzaba a cubrir su cuerpo, así que trataba de limpiarlo.

Podía sentir que respiraba, pero no parecía que fuera a moverse.

¿Por qué no se levanta?

Entonces sentí una presencia conocida.

Era mi amo, pero al tratar de verlo, su cuerpo no estaba. Y, aun así, había algo suyo en el aire. Se acercó a Amelia.

Lo sentí triste.

Chillaba, mordía la ropa, mordía su brazo para despertarla. Sabía que tenía interés por mi amo; tal vez su presencia la haría sentir mejor. Pero no funcionó. No despertaba, por más que lo intentara. Yo era solo un ser pequeño frente a esos gigantes. No había mucho que pudiera hacer.

Entonces la presencia de mi amo comenzó a desaparecer, sin que entendiera qué estaba pasando.

[Aviso: El Sistema de Soporte se ha integrado con un nuevo portador]

[Sistema de Soporte: Copia del núcleo patológico obtenida]

Mensajes extraños resonaron en mi cabeza mientras algo cálido empezaba a recorrerme el cuerpo. Ahora podía ver pequeñas luces donde antes había estado él. Mi corazón latió más rápido mientras estas iban entrando en mi cuerpo.

[Aviso: Completando recuerdos del portador para aumentar el control del núcleo patológico y del sistema de soporte]

De pronto, en mi cabeza aparecieron imágenes que no eran mías: risas, momentos tristes, conocimientos que no debería tener. Las palabras que antes no podía entender por completo, sentía que ahora podía comprenderlas.

No sabía explicar cómo, pero sentí sus deseos: quería salvar, quería proteger, y también había desesperación. Mucho dolor causado por las personas que lo atraparon. Eso se volvió ira dentro de mí. Esos sentimientos ya no eran solo de Sora; ahora también me pertenecían.

Mi mente se expandió. Ya no era solo ruido y olor. Podía pensar en líneas más largas. Podía recordar caras. Podía comprender a esos colosos que nos habían hecho daño. Y comprendí quiénes habían lastimado a mi amo y a Amelia. Quise mordisquearlos a todos… no, eso no era suficiente.

Miré mis patas. Seguía siendo una rata. Pequeña y débil. Pero, si yo no lo hago, ¿quién más lo haría?

Me subí al pecho frío de Amelia. Una bala había atravesado su cabeza; aunque su cuerpo, de alguna forma, logró curarse, eso no significaba que recuperaría sus recuerdos o su personalidad.

Cerré los ojos mientras recordaba todo el daño que nos habían hecho esas personas.


***

[Sistema de soporte:

Integración de habilidades en curso …

<> Habilidad adquirida: “Adaptación Epidémica”

<> Habilidad adquirida: “Resiliencia Biológica”

<> Habilidad adquirida: “Afinidad Viral”

<> Habilidad adquirida: “Lectura Patogénica”

]

… Restricciones del portador anterior removidas

***


La Amelia que conocí no volvería. La presencia de mi amo se había desvanecido, y yo estaba solo en un mundo que me veía como una simple plaga. No hice nada en la última pelea.

No logré nada. Pero ya no era el mismo.

Si la ignorancia y la sobreconfianza fueron lo que causaron este desastre, aprendería tanto como pudiera de todo lo que se encontrara en este mundo, y me aseguraría de devolverles este dolor.

Y aunque respetaba a mi amo, yo no tendría la misma piedad que él mostró con sus enemigos. Yo pasaría a la ofensiva antes de siquiera darles tiempo de entender qué está pasando.

Todo aquello que se oponga al nuevo mundo que crearé… definitivamente caerá.

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