SpinOff 12 Cuando el cielo aprende a quedarse
La mañana llegó tranquila, sin sobresaltos. Ren despertó antes que el resto de la ciudad y abrió la ventana para dejar entrar el aire fresco. El cielo estaba despejado, tan claro que parecía recién lavado por la noche. No había estrellas visibles, pero él sabía que seguían ahí, como un eco suave del otro mundo que ahora vivía dentro de ellos.
Se reunió con Lina, Yume y Sora en el parque donde todo había comenzado. Llegaron sin prisa, cada uno con una calma nueva que no necesitaba explicación. Se sentaron en el mismo banco de siempre, bajo el mismo árbol, y compartieron pan dulce mientras la ciudad despertaba lentamente a su alrededor. No hablaron del hada guardiana ni del puente ni del otro mundo. No hacía falta. Todo estaba en sus miradas.
Mientras conversaban de cosas simples, pequeños detalles comenzaron a sentirse distintos. Un rayo de sol cayó justo sobre ellos, cálido y preciso. Un pétalo descendió sin viento. Un perro se acercó a Yume y se quedó quieto a su lado, como si la reconociera. Una niña que pasaba los observó con curiosidad, sin saber por qué le llamaban la atención. No era magia. Era armonía. La luz que habían recibido no brillaba hacia afuera, sino hacia adentro, y el mundo simplemente respondía a esa quietud.
Yume miró sus manos, pensativa. Preguntó si creían que esa sensación se quedaría con ellos. Ren tardó un momento en responder. Lina respiró hondo. Sora cerró los ojos, como si escuchara algo que los demás no podían oír. Al final, Ren dijo que no sabía si sería para siempre, pero que estaba seguro de que no estaban solos. Yume sonrió. Lina apoyó su cabeza en su hombro. Sora abrió los ojos con una serenidad que parecía nueva.
Cuando levantaron la vista, una sola estrella brillaba en pleno día. Pequeña, lejana, imposible, pero viva. Los cuatro entendieron sin decir nada. No era un mensaje, ni un llamado, ni un portal. Era un saludo. Un recordatorio. Un “estamos aquí”. O quizá un “ustedes también son parte de esto”.
Caminaron juntos hacia la ciudad, sin prisa, sin urgencias. No había misión. No había despedida. No había nada que cerrar. Solo un nuevo comienzo. La luz no se había ido. Vivía en ellos. Y mientras avanzaban bajo un cielo que nunca volvió a ser el mismo, supieron que su historia no terminaba ahí. Simplemente cambiaba de forma, como lo hacen todas las cosas que aprenden a quedarse.




