Ecos que nunca se apagan
Los recuerdos que Ren intenta enterrar regresan como ecos persistentes. Cada palabra no dicha se convierte en un peso que amenaza con quebrar la unión del grupo.
El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de naranja.
Ren se apartó del grupo, inquieto.
El aire estaba cargado de recuerdos.
Las sombras comenzaron a moverse.
Figuras de su pasado aparecieron frente a él.
Promesas rotas, errores, momentos de soledad.
—No puedo… —susurró, cayendo de rodillas.
Las sombras lo rodeaban, susurrando palabras que lo desgarraban.
“Fallaste. No eres digno. No perteneces aquí.”
Lina lo buscó, siguiendo el brillo tenue de sus chispas.
Lo encontró atrapado en un círculo de oscuridad.
—¡Ren! —gritó, corriendo hacia él.
—Soy un fraude —murmuró él, con voz quebrada.
Lina apretó los puños.
—No eres tu pasado. Eres quien eligió luchar con nosotros.
Ella tomó su mano con fuerza.
El contacto fue breve, pero suficiente.
Las sombras se agitaron, intentando resistir.
Yume y Sora llegaron corriendo.
—¡Resiste! —gritó Yume, levantando un escudo de luz.
Sora lanzó piedras flotantes contra las figuras.
El círculo comenzó a quebrarse.
Ren cerró los ojos, respirando hondo.
—No soy un fraude. Soy parte de ellos.
Las sombras se rompieron como cristal.
El claro volvió a iluminarse con el atardecer.
Ren cayó de rodillas, exhausto pero calmado.
Lina lo sostuvo, sus ojos brillando con ternura.
—Nunca más digas que estás solo.
Ren la miró, y permitió que la luz entrara en su corazón.




