7. 森の視線 (La mirada del bosque)
El amanecer llegó con un frío inesperado. La aldea respiraba un silencio tenso que nadie parecía notar. Los aldeanos caminaban entre las casas y almacenes, ajenos a lo que Takumi había descubierto la noche anterior. Él, en cambio, no podía apartar la vista del bosque que rodeaba la aldea.
—¿Todavía estás despierto pensando en eso? —preguntó Hina desde la entrada de su refugio improvisado, ajustando el arco en la espalda.
Takumi negó, pero no respondió con palabras. Caminó hacia la empalizada, revisando cada unión y cada poste que había reforzado. Cada pequeño error que podía pasar desapercibido para cualquiera parecía ahora gritarle en la mente: humedad, hongos, madera floja. Todo lo que el tiempo y la naturaleza podían aprovechar estaba ahí, esperando.
Hina lo observó, silenciosa. Sabía que no podía intervenir sin que él lo notara, y sabía también que su silencio era una forma de apoyo.
—Si alguien nos observa desde ahí —dijo señalando el bosque con la barbilla—, lo descubrirá.
—No hay nadie… —replicó Takumi, pero su voz sonaba insegura incluso para él.
Se movieron en dirección al claro que marcaba el límite este de la aldea. Allí, la luz del amanecer apenas penetraba entre los árboles. Todo parecía normal. Todo parecía tranquilo. Pero Takumi sabía que la amenaza más peligrosa no era visible: era invisible, paciente y silenciosa, igual que el error que había pasado por alto en la empalizada.
—Necesitamos pruebas —dijo finalmente Takumi—. Alguna señal que me indique dónde debemos reforzar.
Hina asintió y desenfundó su arco, moviéndose con cuidado entre los postes y las sombras. Takumi comenzó a inspeccionar los suelos, las raíces, la base de los árboles. Cada crujido, cada hoja caída, cada irregularidad se convertía en un posible indicio.
Horas pasaron así. Nadie más se aventuraba fuera de las casas, todos ocupados en tareas rutinarias, ajenos a que la tranquilidad de la aldea estaba bajo evaluación constante.
—Mira esto —dijo Hina de repente, señalando unas marcas finas en la madera de la empalizada.
Takumi se acercó. No era daño reciente. Era sutil: líneas finas, desgastadas por la humedad y el tiempo. Pequeñas fisuras que podrían ceder bajo presión.
—Lo vi anoche —dijo Takumi—. Pero pensé que era mínimo…
—Mínimo puede ser suficiente —replicó Hina con firmeza—. Si alguien ataca o si la lluvia no cesa… estas pequeñas grietas se convierten en grandes problemas.
El joven artesano cerró los ojos y respiró hondo. Cada decisión que había tomado hasta ahora había sido correcta desde un punto de vista técnico, pero no había considerado la paciencia de la naturaleza ni la fragilidad de la confianza.
—Reforzaremos —dijo finalmente—. Todo el perímetro, desde la base hasta la cima. No solo madera, también piedra, y sistemas de drenaje. Si vamos a depender de esto, no puedo permitir que nada quede al azar.
Hina lo miró, por primera vez en el día, y sonrió levemente. No por alegría, sino por reconocimiento.
—Eso es lo que necesitaba escuchar —dijo—. Tu ingenio siempre ha sido tu mayor arma. Pero ahora también necesitas tu paciencia.
Takumi asintió y se puso en marcha. El primer paso sería reorganizar a los trabajadores y planificar la mejora de la empalizada antes de que cualquier accidente real ocurriera. La aldea confiaba en él. La aldea dependía de él. Y esta vez no podía fallar.
Pero mientras organizaba los materiales y las herramientas, un crujido distinto lo hizo volverse. Entre los árboles, justo más allá de la línea de visión, una sombra se movió con lentitud. No era un animal. No era un hombre. Era algo que observaba, paciente.
Takumi contuvo la respiración. No podía correr, no podía atacar, no podía ignorarlo. Solo podía prepararse.
La aldea estaba a salvo, por ahora. Pero el bosque… el bosque ya había comenzado a mirar.




