5: 偵察 (La Exploración)
El amanecer llegó envuelto en una neblina espesa.
Desde lo alto del puesto de observación, Hina recorría el bosque con la mirada. No había señales claras de movimiento, pero eso no la tranquilizaba. Demasiado silencio. Demasiado limpio.
Abajo, en el interior de la base, Takumi apenas podía mantenerse en pie. Había pasado la noche en vela, recuperando fuerzas poco a poco. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el peso de la estructura que había creado, como si aún estuviera conectado a ella.
—Sigues vivo —dijo Hina al bajar—. Buena señal.
Takumi esbozó una sonrisa cansada.
—Si me vuelvo a desplomar, arrástrame a la sombra.
Hina no respondió, pero su expresión se suavizó.
—Raigen no ha vuelto —dijo—. Eso significa que está preparando algo. O que está observando.
Takumi frunció el ceño.
—Entonces tenemos que adelantarnos.
El anciano de la aldea se unió a ellos.
—Con respeto, Takumi-dono… no podemos permitirnos salir todos. Si la base queda vacía…
—No saldremos todos —interrumpió Takumi—. Solo lo necesario.
Miró a Hina.
—Quiero ver qué hay alrededor. Recursos. Caminos. Posibles rutas de ataque.
Hina asintió sin dudarlo.
—Exploración corta. Sin combate innecesario.
El bosque exterior
Avanzaron entre los árboles con pasos medidos. Hina iba delante, moviéndose como si el bosque la aceptara. Takumi la seguía, observando el terreno con otros ojos.
Raíces expuestas.
Pendientes suaves.
Zonas donde el suelo era demasiado blando.
Todo era información.
—Aquí —susurró Takumi señalando un claro—. Si vienen en grupo, pasarán por ahí. El terreno obliga.
Hina lo miró de reojo.
—No piensas como un civil.
—Tampoco como un guerrero —respondió—. Pienso como alguien que construye… y destruye caminos.
Siguieron avanzando hasta que Hina levantó el puño.
Se agacharon.
En el suelo había huellas recientes. Botas. No animales.
—Tres. No. Cuatro personas —murmuró ella—. Y no van cargados.
Takumi tragó saliva.
—¿Exploradores?
—O cazadores.
Un sonido metálico leve resonó más adelante.
Se acercaron con cuidado hasta verlos.
Cuatro hombres del Gremio Diente de Hierro inspeccionaban una colina cercana. Uno de ellos dibujaba marcas en un pergamino. Otro golpeaba el suelo con la empuñadura de su arma, probando la dureza.
—Están midiendo el terreno —susurró Takumi—. Quieren saber dónde montar algo grande.
Hina tensó el arco.
—Puedo eliminarlos ahora.
Takumi negó lentamente.
—Si desaparecen, sabrán que los vimos. Si vuelven… pensarán que aún no estamos preparados.
Hina lo observó unos segundos.
—Estás aprendiendo rápido.
Takumi cerró los ojos un instante.
Visualizó.
No una muralla.
No una base.
Algo pequeño.
Sutil.
Cuando los abrió, tocó el suelo.
A unos metros de los exploradores, una sección del terreno cedió ligeramente, apenas perceptible. Uno de los hombres dio un paso y resbaló, cayendo torpemente.
—¡Cuidado! —gritó otro.
Nada grave.
Nada sospechoso.
Pero suficiente.
—El terreno es inestable —dijo uno de ellos—. No es buen sitio.
Recogieron sus cosas y se marcharon.
Takumi soltó el aire que estaba conteniendo.
—Eso… —dijo Hina— ha sido inteligente.
—No puedo ganar peleas —respondió él—. Pero puedo decidir dónde ocurren.
Decisiones
De regreso a la base, Takumi no dejó de pensar.
Exploradores.
Mapas.
Tiempo limitado.
—Tenemos que expandir —dijo al llegar—. No en tamaño. En control.
El anciano lo escuchaba con atención.
—Caminos falsos. Zonas de paso reforzadas. Lugares donde solo nosotros podamos movernos bien.
Hina cruzó los brazos.
—Estás hablando de convertir el bosque en tu aliado.
Takumi asintió.
—No quiero una fortaleza rodeada de enemigos. Quiero un territorio que nos proteja sin que se note.
El viento movió las copas de los árboles alrededor de la base.
Por primera vez, no parecía una amenaza.
Parecía una advertencia.
Y en algún lugar del bosque, Raigen empezó a comprender que aquella aldea no iba a caer con una simple incursión.




