3: 最初の侵入者 (El Primer Intruso)
El sonido del martillo resonó en la aldea al amanecer.
Takumi estaba inclinado sobre una viga recién tallada, ajustando con precisión milimétrica cada encaje. La madera aún conservaba el aroma del bosque, fresca, viva. A su alrededor, los aldeanos observaban en silencio, algunos con esperanza, otros con incredulidad.
Hasta hace dos días, aquel lugar no era más que ruinas.
Ahora, había paredes firmes, un camino estable y un puente provisional que conectaba las dos mitades de la aldea.
—No es perfecto… pero aguantará —murmuró Takumi, secándose el sudor de la frente.
Hina, apoyada contra un árbol cercano, lo observaba sin decir nada. Sus ojos recorrían el perímetro, atentos. Demasiado atentos.
—Takumi —dijo finalmente—. No bajes la guardia.
Él levantó la mirada.
—¿Pasa algo?
—Desde anoche… el bosque está inquieto.
No terminó la frase.
Un crujido seco se oyó más allá del límite de los árboles.
Luego otro.
Y otro más.
Tres siluetas emergieron del bosque sin ningún intento de ocultarse. Vestían armaduras ligeras, gastadas pero funcionales. En sus cinturones colgaban emblemas metálicos: un símbolo de engranaje roto atravesado por una espada.
Hina chasqueó la lengua.
—Un gremio.
Los aldeanos retrocedieron instintivamente.
El hombre del centro dio un paso al frente. Tenía el cabello recogido hacia atrás y una sonrisa ladeada, arrogante.
—Vaya, vaya… —dijo—. Así que los rumores eran ciertos.
Sus ojos se clavaron directamente en Takumi.
—El artesano milagroso.
Takumi sintió un escalofrío.
—¿Quién eres? —preguntó, intentando mantener la voz firme.
—Gremio Diente de Hierro —respondió el hombre—. Yo soy Raigen. Y venimos a negociar.
—No tenemos nada que negociar —intervino Hina, dando un paso adelante con el arco en mano.
Raigen rió suavemente.
—No contigo, guardiana. Con él.
Señaló a Takumi.
—Ese poder que tienes… no pertenece a una aldea moribunda. Podrías ganar oro, protección, estatus. Construir ciudades enteras bajo nuestro nombre.
Takumi apretó los puños.
—Estoy ayudando a esta gente.
—¿Ayudar? —Raigen ladeó la cabeza—. Esto es solo el comienzo. Otros gremios vendrán. Más grandes. Más crueles. Si no vienes con nosotros… lo perderás todo.
El silencio cayó como una losa.
Entonces, Takumi dio un paso al frente.
—No.
Raigen alzó una ceja.
—¿No?
—Este lugar… —Takumi miró a su alrededor, a las casas a medio construir, a los aldeanos—. Lo estoy levantando yo. Con mis manos. No voy a entregarlo.
La sonrisa de Raigen desapareció.
—Entonces… —dijo con voz baja— tendremos que tomarlo.
Uno de los hombres del gremio avanzó, desenvainando su espada.
Fue entonces cuando Takumi cerró los ojos.
Visualizó el terreno.
La madera.
La piedra.
El suelo bajo sus pies.
Una vibración recorrió el aire.
De la nada, una muralla baja pero sólida emergió del suelo, levantándose justo entre la aldea y los intrusos. Los tablones se ensamblaron solos, reforzados por piedra compactada con precisión imposible.
Los miembros del gremio retrocedieron instintivamente.
—¿Qué… demonios…? —murmuró uno de ellos.
Hina sonrió por primera vez.
Raigen observó la muralla en silencio. Luego chasqueó la lengua.
—Interesante.
Envainó su espada y dio media vuelta.
—No importa. Ya te hemos visto, Takumi Kaede. Eso es suficiente.
Antes de desaparecer entre los árboles, lanzó una última frase:
—La próxima vez… no vendremos a hablar.
El bosque volvió a quedar en silencio.
Takumi abrió los ojos, respirando agitadamente. Sus piernas temblaban.
Hina se acercó y apoyó una mano en su hombro.
—Ya no eres solo un artesano —dijo—. Ahora eres un objetivo.
Takumi miró la muralla que había creado.
Sólida.
Real.
—Entonces… —susurró— tendré que construir algo que nadie pueda romper.
Y en ese momento, sin saberlo, la guerra por el Reino Perdido había comenzado.




