Capítulo 68: Visitantes inesperados
Como si de un nuevo cielo se tratara, una sonrisa alegre de bigote pintoresco similar al de los famosos del cine mexicano de antaño se presentaba en las instalaciones del aeropuerto de Seúl. Característico por tener un cuerpo que parecía salido del mismísimo Olimpo, de una piel morena y bronceada, una altura de casi dos metros y una ropa que estaba tan ajustada debido a los músculos que parecían estar uno sobre otro.
Su llegada llamaba tanto la atención, que la gente no dejaba de verlo y más por su simpática forma de ser. Tanto así, que llamaba la atención especialmente de todos los niños por igual, que pedía una foto con él. Claramente, su personalidad de ser el tipo de persona que no se negaría, aceptaría sin problema.
Aunque claro, un hombre como él no vendría solo; pues al lado suyo y siendo opacado por este gran sujeto, estaría una pequeña niña. Está niña de piel bronceada y ojos dorados y relucientes, así como el rostro que asemejaba a una muñeca de porcelana vería como todos se acercaban aquel sujeto sin cesar, pese a las exigencias de la niña de irse ya de ahí.
- ¡Oh! Mi pequeña está molesta – le mencionaba a la niña mientras le tocaba los cachetes, para luego alzarla en con sus brazos.
- Tengo diez años papá, ya no soy pequeña
- Lo sé, lo sé, es mi error – decía para ahora acercar sus mejillas en muestra de afecto.
- A parte, dijiste que iríamos de inmediato al parque de diversiones para encontrar a alguien.
- Tienes razón. ¡Una disculpa a todos! Después organizaré una reunión, el día de hoy pasaré el día con mi hija – mencionaba a todos mientras se despedía con un brazo, mientras con el otro cargaba a la niña. Para luego dirigir su mirada a está – Mucho mejor ¿verdad?
- Si, mejor – respondía con una sonrisa, para luego ser atacada a besos mientras el le decía que era la niña más linda del mundo.
Aquel caballero, agarro sus maletas con gran ímpetu mientras la gente veía asombrada como podía con suma facilidad llevar a la pequeña de un brazo y con el otro llevar todas las maletas. Moviendo las caderas al ritmo de la música que había en el aeropuerto, andaría, para luego en la salida voltear y despedirse del pequeño furor que había armado.
Tras salir, tomaría un taxi y le pediría que los llevará rumbo al hotel al que si iban a hospedar. Mientras iban de camino, la niña se dormiría y el solo estaría en el teléfono hablando sobre su llegada, que cuidaría a su hija y sobre que se comunicaría más tarde al centro de cazadores.




