Capítulo 122: Las dos hijas
- Perdóname pequeña, perdóname por no haber sido un gran padre - me decía mientras entre dolor y agotamiento retenía aquel gran destello de poder que había soltado “el mesías”.
Ante un gran rayo de luz, percibí entre memorias y lágrimas dos recuerdos a la vez. El día en que vería nacer a Jee. El mejor día de mi vida. Era joven e inexperto. Y mi esposa, que me miraba con incredulidad como estaba emocionado de ver nacer a tan hermosa criatura.
Mi esposa me diría que debía dejar al bebé en paz o le haría daño. No pude soportar alzarlo unas cuantas veces más. Sin embargo, un día difícil llegaría para nosotros, cuando ante los demás mi hija llegaría con una habilidad. Eso me dolió, pues pensé que podría separarse de nosotros, pero su habilidad fue considerada inhábil, esto significaba que no se desarrollaría como cazadora.
Aunque todo el mundo tenía oportunidades, nuestra hija pareciese que no. Mi esposa se veía algo triste, pero no soporte alegrarme, pues sabía que ella estaría con nosotros. Con el tiempo, aquella mujer que vio nacer a mi hija ya no podía entrenar, el dojo se empezaba a deteriorar junto con su enfermedad. Encaprichada, y entre suspiros, me dijo llorando que hubiera deseado que nuestra hija tuviera una vida arreglada. Una habilidad de cazadora superior significaba mejor vida, aunque no entraras a mazmorras. Creía que era débil.
Decidí que debíamos entrenar, debíamos ser fuertes, debíamos unirnos y ser más fuertes. Grave error cuando me di cuenta de que descuidé mi amor por ella. Hasta que, para ella, el deporte era su única afición, ser fuerte era lo único que necesitaba. La vi, y me di cuenta de que no podía hacer nada, era tarde, no había sido un buen padre.
Pero pese a decaer, seguía siendo mi pequeña, mi niña, mi sangre.
Y eso no desquitaba que de otro lado recordará alguien que me hubiera gustado fuese su hermana. Mi segunda hija, mi pequeña niña adoptiva.
- ¡PAP~Á! ¡PAP~Á! ¡PAP~Á! - se escuchaba desde lejos con desesperación, como si alguien estuviera corriendo a mí.
Me fijo a mí alrededor, y parece que ganamos, pero ya todo se siente frío. Pero esto ya no duele, cumplí con mi promesa como padre, logré protegerlas Francisco…, lo logré. Me decía, mientras empezaba a llorar a más no poder internamente. Es raro, ya morí una vez, pero nunca había sufrido tanto dolor. ¿Por qué no podemos ser felices juntos?
No puede ser que me esté arrepintiendo, no puede ser, no puede ser. ¿Qué hago María? ¿Dime soy un mal padre? ¿O porque estoy alegre de ver su rostro de mi hija otra vez?
- Eres tan hermosa como tu madre, ¿sabes?
- No mueras papá, por favor, déjame disculparme por una última vez, no me quiero arrepentir otra vez.
- ¿Dónde quedó esa rectitud de la que tanto te gustaba presumirme?
- No hay nada que pueda remplazarte, aunque quisiese.
- Dile a ese muchacho tuyo que cuide de ti, me cae bien.
- Lo haré - decía, mientras se recargaba lentamente en la palma de su padre.
- Escuche que ya conocías a Francisco
- No hablemos de eso, quiero que vivas. Creó que estoy embarazada sabes – decía entre mar de lágrimas.
- Entonces protege lo que no pude proteger
- Por favor, no digas eso.
- Sabes, yo tuve otra hija, no es de mi sangre, pero me gustaría que fuese tu hermana.
- ¿De qué hablas?
- Lo entenderás, mi pequeña guerrera - terminaba de hablar, mientras todo a su alrededor parecía extraño, no estuvo parado todo este último tiempo, a su alrededor solo había trozos de corte, y ante su sentir, quien ahora lo sostenía era sú hija. Sonriendo, solo pudo ver como su hija, estaría por fin, viva, aquí, en esta realidad.
…
- Pequeña, deja el televisor en paz y ven a comer.
- No puede ser, no puede ser, idiota, idiota.
- Mocosa, ¿qué son esas palabras?
En otro lado del charco, estaría una niña furiosa golpeando la pared y antes de que lo notasen, rompiendo en llanto, un llanto tan fuerte que despertaría a los vecinos, un llanto tan fuerte que incluso alertaría a su padre del otro lado del globo.
FIN DEL PRIMER ARCO




