Post‑trauma en movimiento
La hamburguesa sigue corriendo.
No sabe hacia dónde.
No sabe por qué.
Solo corre porque su alma de pan suave está gritando.
Hamburguesa (corriendo, voz quebrada):
—¡ME MORDIÓ!
¡ME MORDIÓ DE VERDAD!
¡YO SOLO QUERÍA SER AMABLE!
El queso rebota como si también estuviera llorando.
La lechuga ondea como pañuelo dramático.
Detrás, el gato trota con una calma insultante.
No corre.
No se esfuerza.
Solo lo sigue con esa sonrisa de “qué rico desayuno”.
Gato:
—Mrrr~
Hamburguesa (mirando atrás sin dejar de correr):
—¡DEJA DE SONREÍR ASÍ!
¡NO ES TIERNO!
¡NO ES TIERNO!
La hamburguesa tropieza con una piedrita.
No cae.
Pero hace ese pasito torpe que solo aumenta su tragedia.
Hamburguesa:
—¡AY!
¡YA NO PUEDO MÁS!
¡VOY A DESMIGARME!
Se detiene un segundo para respirar.
Solo un segundo.
Un error fatal.
El gato se acerca.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Hamburguesa (sus ojos se agrandan otra vez):
—No…
No no no no no…
Gira lentamente.
Otra vez ese giro lento, dramático, de telenovela culinaria.
Ve al gato.
El gato abre la boca.
Hamburguesa:
—¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!
Y vuelve a correr.
Más rápido.
Más desesperado.
Más dramático.
Desde un tronco, Onigiri observa como si estuviera viendo un programa matutino.
Onigiri:
—Esto va para largo.
El bosque mueve un camino.
La luz cambia de tono.
El viento decide no involucrarse.
La hamburguesa sigue corriendo.
El gato sigue sonriendo.
El universo pastel apenas empieza a calentarse




