Episodio 22: Volteando la Tortilla
La adrenalina del concurso, la confusión del final y la extraña interacción con el Samurái me mantuvieron en pie durante el resto de la tarde mientras ayudábamos a Kenji y Yuki a guardar todo y a hacer el recuento final de las magras "ganancias" (las 40 platas que recuperé). Senju-san nos escuchó relatar los eventos con una ceja arqueada, sin hacer muchos comentarios más allá de un "Bueno, al menos nadie terminó en la enfermería... permanentemente".
Pero cuando la noche cayó y la relativa calma volvió a Almacenes Senju, el verdadero precio del "Aliento de Dragón" comenzó a pasar factura. Y no fue en mi boca.
Me desperté en mitad de la noche con un dolor retorcijante en las entrañas [ゴロゴロ... キューッ!]. Un dolor urgente, ardiente, que me hizo salir disparado de la cómoda cama occidental y correr hacia el pequeño baño al final del pasillo.
Y allí, sentado en la fría letrina de madera, comenzó la segunda fase del infierno.
Si la entrada del picante fue una explosión, la salida era un incendio forestal incontrolable [熱い!痛い! Burning! Painful!]. Cada espasmo era una tortura [うぐっ!あっ!]. Me doblé sobre mí mismo, sudando frío, jadeando, sintiéndome absolutamente miserable. Las lágrimas volvieron a brotar, esta vez no por el picante en la boca, sino por la agonía pura y dura en... bueno, en el otro extremo.
«¡Dios mío! ¡Esto es mil veces peor!», gemí en silencio, apretando los dientes. Me sentía débil, vacío, como si un dragón real hubiera decidido usar mis intestinos como chimenea.
Y entonces, en medio de mi sufrimiento abyecto, una imagen absurda cruzó mi mente febril: el Samurái. Impasible, estoico, con su máscara de control absoluto. ¿Estaría él... ahora mismo... pasando por lo mismo?
La idea era tan ridícula, tan irreverente, que una risa ahogada y dolorosa escapó de mis labios [クッ... フフ...]. Imaginé al guerrero imponente, quizás en una letrina similar en alguna posada elegante, perdiendo toda su compostura, sudando, maldiciendo en voz baja, experimentando exactamente el mismo humillante tormento que yo.
Recordé una frase de mi tierra: "Chile campana, pica dos veces". Pica al entrar... y repica al salir.
Una nueva oleada de dolor me hizo gemir, pero esta vez se mezcló con una risa casi histérica. «Así que... esto no ha terminado, ¿eh, Samurái-san?», pensé con una mezcla de compasión y malicia. «Parece que mi 'Aliento de Dragón' te alcanzó de nuevo... ¡Ja! ¡Considera esto mi pequeña venganza no planeada por el susto que me diste en el camino!».
Me tomó un buen rato recuperarme lo suficiente para volver a mi habitación, sintiéndome débil y dolorido, pero extrañamente... satisfecho. El concurso había sido un fracaso financiero, pero al menos sabía que mi némesis del picante probablemente estaba compartiendo mi sufrimiento en algún lugar de la ciudad. Una victoria pírrica, quizás, pero una victoria al fin y al cabo.
Ahora... ¿cómo demonios iba a conseguir el resto del dinero para mis herramientas?
Al día siguiente después del caótico "Desafío del Máximo Guerrero". La normalidad, o al menos la versión de normalidad de Almacenes Senju, había regresado. Kenji había vuelto a su eficiente reserva (aunque a veces lo sorprendía mirándome con una expresión que no sabía si era respeto o lástima), Yuki seguía siendo amable y diligente (pero con una preocupación maternal añadida cada vez que me veía cerca de un chile), y Senju-san... bueno, Senju-san parecía encontrar toda la situación secretamente divertida, aunque me dio un sermón muy serio sobre los peligros de jugar con fuego (literal y figurado) y la importancia de la planificación adecuada.
El dinero que recuperé del concurso, unas 40 platas, era una suma respetable para gastos diarios, pero seguía siendo una miseria comparada con las 308 platas que necesitaba para el Comal y la Prensa. La frustración inicial se había asentado en una resignación melancólica. Había vuelto a mis intentos esporádicos de practicar el palmeado manual en el patio trasero, con resultados todavía deprimentes. Mis tortillas seguían pareciendo amebas deformes más que discos comestibles.
«Paciencia, Takechi, paciencia», me decía a mí mismo, aunque la impaciencia me corroía. «Quizás Senju-san tenga algún trabajo especial, alguna entrega lejana que pague bien... O quizás debería empezar a vender Agua de Jamaica en el mercado...»
Estaba perdido en estos pensamientos una tarde, mientras ayudaba a Yuki a clasificar unas hierbas secas en la trastienda (un trabajo tranquilo que me daba tiempo para pensar), cuando Kenji entró apresuradamente desde la tienda principal.
—Takechi-kun —dijo, su tono extrañamente urgente—. Tienes visita. Alguien pregunta por ti en la entrada.
—¿Por mí? —pregunté, sorprendido. Aparte de ellos tres, no conocía a nadie en la capital. —¿Quién es?
Kenji vaciló un instante, una expresión de incredulidad en su rostro. —El Maestro Herrero. Dōin-san.
Parpadeé. ¿El Enano? ¿Aquí? Mi primer pensamiento fue de pánico. ¿Habría cambiado de opinión sobre el precio y venía a exigirme las 8 platas que técnicamente aún le "debía" por el presupuesto? Imposible, no teníamos ningún acuerdo formal. ¿Entonces?
—¿Dijo qué quería? —pregunté, levantándome y sacudiéndome el polvo de hierbas del delantal.
—No. Solo dijo: "Busco al extranjero cocinero de veneno" —respondió Kenji, sin poder evitar una ligera sonrisa—. Te espera fuera. Parece... impaciente. Como siempre.
Intercambié una mirada nerviosa con Yuki, quien parecía tan sorprendida como yo. ¿Qué podía querer el gruñón maestro herrero conmigo? Con un suspiro, me quité el delantal y me dirigí a la entrada principal, preparándome para lo peor.
Allí estaba, plantado en la acera frente a Almacenes Senju, con los brazos cruzados y su habitual expresión ceñuda que parecía desafiar al mundo entero. Los transeúntes se desviaban instintivamente para no chocar con su sólida figura.
—Maestro Dōin —saludé, haciendo una reverencia respetuosa pero cautelosa—. ¿En qué puedo servirle? ¿Ocurre algo?
El enano me escrutó de arriba abajo con sus ojos penetrantes. —¿Ocurre algo? Lo que ocurre es que se me acabó la maldita salsa, muchacho. Eso ocurre.
Me quedé helado. —¿La... la salsa?
—¡Sí, la salsa! —gruñó, impaciente—. La número tres. "Corazón Valiente", o como sea que llames a esa cosa decentemente picante. ¡No la porquería dulce del principio ni el fuego absurdo del final! ¡La tres! Se me acabó la que me llevé del concurso. Y quiero más.
Parpadeé, procesando la información. El enano. El Maestro Herrero Dōin. Había venido hasta aquí... porque le había gustado mi salsa Nivel 3 y quería comprar más. Una sonrisa lenta, muy lenta, empezó a dibujarse en mis labios. La situación era tan inesperada, tan irónica... que era perfecta. Recordé nuestra conversación en su taller, su tono despectivo, su "vuelve cuando tengas el oro".
Era hora de voltear la tortilla.
La sonrisa en mis labios se ensanchó, aunque la mantuve controlada, imitando la seriedad comercial que había visto en Senju-san y, a mi pesar, en el propio Enano. Me enderecé, adoptando un aire de tranquila profesionalidad que esperaba ocultara el salto mortal que daba mi corazón.
—Ah, Maestro Dōin. La salsa "Corazón Valiente" —dije, asintiendo lentamente, como si estuviera consultando un catálogo mental de productos exclusivos—. Sí, recuerdo que pareció disfrutarla. Es una de mis especialidades. Elaborada con ingredientes selectos traídos de mi tierra, un equilibrio perfecto entre sabor y desafío... trabajo fino, como usted diría.
El Enano gruñó, impaciente. —¿Vas a venderme la salsa o a darme un discurso de vendedor barato, muchacho? ¡Necesito seis frascos! ¡Ahora! ¿Cuánto?
«Aquí vamos», pensé. Respiré hondo, recordando sus palabras en la forja, su tono cortante, su "precio justo por trabajo a medida y de calidad". Era mi turno.
—Seis frascos de "Corazón Valiente"... —repetí, fingiendo calcular—. Dado el coste de los ingredientes importados, la complejidad de la receta y, por supuesto, la exclusividad del producto... —hice una pausa deliberada, mirándolo directamente a los ojos—. Son cincuenta monedas de plata por frasco, Maestro. Precio fijo. ¿Lo toma o lo deja?
Un silencio tenso cayó entre nosotros. Pude ver la sorpresa cruzar la ruda cara del Enano, seguida rápidamente por indignación.
—¡Cincuenta platas! —bramó, su voz haciendo que un par de peatones cercanos se sobresaltaran—. ¡Por un frasco de salsa! ¡Estás loco, muchacho! ¡Eso es un robo descarado! ¡Con eso casi compro un buen martillo!
Mantuve la calma, encogiéndome ligeramente de hombros. —Es un producto único, Maestro Dōin. No encontrará nada igual en toda la capital. Como usted dijo sobre sus herramientas: quiere calidad y exclusividad, paga por ello. Si busca picante barato que solo queme sin sabor, seguro que hay vendedores en el mercado dispuestos a complacerle. Yo ofrezco... una experiencia. Cincuenta platas el frasco.
El Enano me fulminó con la mirada. Vi la lucha interna en su rostro: el orgullo herido, la indignación por el precio, pero también... el recuerdo del sabor, el deseo por esa salsa que, claramente, le había gustado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Resopló con fuerza por la nariz, como un toro preparándose a embestir.
—¡Maldito seas, extranjero aprovechado! —masculló entre dientes. Se cruzó de brazos, mirando al cielo como si pidiera paciencia a sus dioses de la forja. Luego, suspiró con la fuerza de un fuelle oxidado—. Está bien, está bien. Trato hecho. ¡Cincuenta platas el maldito frasco! ¡Seis frascos quiero! ¡Pero más te vale que sepan igual que la del concurso!
Una oleada de triunfo recorrió mi interior, pero mantuve mi expresión neutral. —Por supuesto, Maestro. Calidad garantizada. Seis frascos a cincuenta platas son... trescientas platas. Tres monedas de oro.
El Enano asintió a regañadientes. —Sí, sí, sé contar. Ahora, sobre esas herramientas que querías...
—Ah, sí. El Comal y la Prensa —dije, retomando el tema con suavidad—. El precio total que me dio fue de tres oros y ocho platas, ¿correcto?
—Correcto —confirmó él, mirándome con suspicacia, esperando quizás que intentara regatear de nuevo.
—Bien —dije, sonriendo por primera vez—. Entonces, si le parece justo, podemos hacer un intercambio directo. Los seis frascos de salsa "Corazón Valiente", valorados en tres oros, a cambio del trabajo de fabricación del Comal y la Prensa. Le quedaría yo debiendo únicamente las ocho monedas de plata restantes.
El Enano parpadeó, procesando la propuesta. Era lógica, directa, usando sus propios precios y valoraciones. Vio que no había trampa, solo una aplicación de la misma lógica comercial que él usaba. Soltó otro resoplido, esta vez quizás con un matiz de respeto a regañadientes.
—Listo eres, extranjero... —murmuró—. Usando mis propias palabras contra mí... Hmph. Está bien. Trato hecho. Las herramientas por la salsa, y me debes ocho platas. Tendré el Comal y la Prensa listos en... digamos, dos semanas. Mucho trabajo acumulado. Ven entonces, y trae mis ocho platas. Y la salsa, por supuesto.
—Trato hecho, Maestro Dōin —confirmé, sintiendo una inmensa satisfacción—. Estaré con usted en dos semanas con el pago pendiente y sus seis frascos.
El Enano asintió, preparándose para irse, pero yo lo detuve con un gesto.
—Una cosa más, Maestro, si me permite —dije, adoptando un tono ligeramente más deferente ahora que el trato principal estaba cerrado—. Un pequeño detalle... un favor adicional.
El Enano se giró, arqueando una ceja con impaciencia. —¿Ahora qué?
—En la Prensa —expliqué—. En la placa superior, la que presiona la masa... Me gustaría un grabado. Un diseño especial.
—¿Un grabado? —repitió, escéptico—. Eso es trabajo extra, muchacho. Tiempo y detalle. Cuesta más.
—Lo sé, Maestro. Y estoy dispuesto a compensarlo. ¿Qué le parecerían... —hice una pausa, calculando rápidamente— dos frascos adicionales de "Corazón Valiente”, entregados junto con los otros seis, ¿a cambio de añadir este diseño?
El interés del Enano se reavivó visiblemente ante la mención de más salsa. —¿Dos frascos más por un simple dibujo? Tendría que ser un buen dibujo... ¿Qué quieres que grabe? ¿El emblema de tu familia de comedores de fuego?
Negué con la cabeza y, con cuidado, saqué de una bolsa que llevaba el Incensario de ébano. Lo sostuve para que pudiera ver el intrincado tallado en su superficie.
—Quiero la cara de este dragón —dije, señalando la cabeza de Quetzalcóatl, con sus plumas y rasgos serpentinos—. Es... un símbolo importante. De mi hogar. De mi cocina.
El Maestro Dōin se acercó un poco, sus ojos expertos examinando el tallado del incensario con una apreciación profesional que no intentó ocultar.
—Hmm... —murmuró, acariciando su barba—. Un dragón extraño. Con plumas... Estilo antiguo. Intrincado. No es un simple garabato, requerirá mano firme para replicarlo bien en metal...
Levantó la vista hacia mí, sus ojos brillando con una mezcla de interés artesanal y astucia comercial. —Está bien, extranjero. Dos frascos más de tu salsa picante por el dragón emplumado en la prensa. Pero que quede claro: hago dragones que parecen dragones, no caricaturas. Será un trabajo de calidad.
—No espero menos de usted, Maestro —respondí con sinceridad, guardando el incensario—. Dos frascos adicionales por el grabado. Trato hecho.
—Trato hecho —confirmó el Enano con un último gruñido—. Dos semanas. Ocho platas y ocho frascos de salsa. Y tendrás tus planchas y tu prensa con dragón. Ahora, déjame volver a mi forja. Tengo metal esperando.
Y esta vez sí, sin más preámbulos, el Maestro Herrero Dōin se dio la vuelta y se alejó con su paso decidido, dejando atrás a un mexicano reencarnado que sentía que, por fin, las piezas empezaban a encajar.
Me quedé un instante parado en la acera, viendo cómo la figura robusta del enano se perdía entre la gente que abarrotaba la calle. Una sonrisa genuina, amplia y llena de alivio, finalmente se dibujó en mi rostro. ¡Lo había logrado! ¡Las herramientas eran mías... bueno, casi! Ocho frascos de "Corazón Valiente" y una deuda manejable de ocho platas a cambio del Comal y la Prensa con el grabado de Quetzalcóatl. ¡Volteé la tortilla! Sentí un peso enorme levantarse de mis hombros.
Mientras me disponía a dar la vuelta para regresar, noté de nuevo a las chicas que cuchicheaban. Esta vez, al verme sonreír abiertamente, sus ojos se abrieron un poco más y el cuchicheo pareció intensificarse antes de que volvieran a fingir mirar el cartel. No solo ellas; capté un par de miradas más de otros transeúntes, gente común, que me observaban con una curiosidad que antes no estaba. ¿Sería por el concurso? ¿O por mi trato con el conocido y temido Maestro Herrero? Fuera lo que fuera, la sensación de ser "el extranjero" estaba adquiriendo nuevas dimensiones.
Sacudí la cabeza, dejando de lado la extraña atención pública por ahora. Con pasos mucho más ligeros que a la ida, emprendí el camino de regreso a Almacenes Senju, mi mente ya bullendo con planes para preparar la salsa... y con la imagen de un comal caliente esperando.
Al empujar la puerta de 「千住商店」, encontré a Senju-san revisando unos libros en la mesa baja, mientras Yuki y Kenji terminaban de organizar una estantería cercana. Levantaron la vista al oírme entrar.
—¡Takechi-kun! —exclamó Yuki con una sonrisa aliviada al ver mi expresión—. ¡Volviste! ¿Y bien? ¿Pudiste hablar con el Maestro Dōin? ¡Tu cara se ve... diferente! ¡Más ligera!
Senju-san dejó su pincel, observándome con esa calma suya que a menudo ocultaba una aguda percepción. —¿Y bien, Takechi-kun? ¿Resolviste el asunto de las herramientas?
Kenji dejó de colocar un jarrón y también me miró, esperando la respuesta.
Asentí, incapaz de contener mi sonrisa. —¡Sí! ¡Lo resolví! Hablé con el Maestro Dōin y... bueno, negociamos.
«Negociamos... sí, claro. Él quería mi salsa y yo usé eso para pagarle las herramientas que él mismo había valorado en tres oros. Un intercambio justo, ¿no? Aunque quizás no le mencioné que el valor de la salsa lo había puesto él mismo al buscarla desesperadamente», pensé rápidamente, decidiendo mantener los detalles finos de la negociación (y el valor real implícito de mi salsa Nv.3) para mí. Era mejor no parecer demasiado astuto... ni revelar la verdadera moneda de cambio. Y sobre todo, nadie debía saber que podía simplemente recrear la salsa, aunque fuera a un coste.
—Logré un acuerdo —continué en voz alta, tratando de sonar práctico y no excesivamente triunfante—. Fabricará el Comal y la Prensa, ¡incluso con un grabado especial que le pedí! Estarán listos en dos semanas. Y lo mejor es que... solo le debo ocho platas.
Yuki ahogó un grito de sorpresa. —¿¡Solo ocho platas!? ¡Pero si pedía más de tres oros! ¿Cómo...? ¡Eso es increíble, Takechi-kun!
Kenji arqueó una ceja, impresionado. —Vaya... sí que sabes darle la vuelta a las cosas. Ocho platas... eso sí es manejable. Bien hecho.
Senju-san sonrió abiertamente, una sonrisa genuina de aprobación y quizás un poco de diversión. —¡Excelente, Takechi-kun! Sabía que tenías madera de negociante escondida por ahí. Un trato muy favorable, sin duda. Dōin-san debió quedar impresionado... o muy necesitado de algo que solo tú podías ofrecer. —Me lanzó una mirada cómplice, pero no preguntó más—. Bueno, eso resuelve un gran problema. Ahora puedes concentrarte en reunir esas ocho platas y... supongo que en practicar.
—Sí, exacto —confirmé, sintiendo de nuevo el peso de la siguiente tarea—. Practicar...




