Episodio 21: El Desafío del Extranjero
Los días que siguieron a la aprobación condicional de Senju-san se convirtieron en un torbellino de actividad frenética y ansiedad contenida. El "Concurso de Picante" había pasado de ser una idea descabellada a un proyecto tangible y urgente, y cada uno de nosotros tenía una tarea que cumplir bajo la mirada vigilante (y a menudo divertida) de nuestro jefe.
Mi tarea principal, por supuesto, eran las salsas. Convertí un rincón de la cocina de Almacenes Senju en mi laboratorio personal. Gracias a la Despensa del Recuerdo, tenía acceso a una variedad de chiles de mi mundo: serranos, jalapeños, habaneros (¡con mucho cuidado!), incluso algunos chiles secos como el guajillo y el de árbol para dar profundidad de sabor. Compré pequeñas cantidades con los pocos Créditos que me quedaban y empecé a experimentar.
El objetivo eran cinco niveles claros:
Nivel 1: "Sonrisa Amable" (優しい微笑み - Yasashii Hohoemi): Una salsa roja a base de jitomate asado, con un toque mínimo de chile guajillo para color y un dulzor apenas perceptible. Tenía que ser deliciosa por sí misma, una invitación sabrosa, casi como la salsa suave del desayuno pero con un poquito más de alma.
Nivel 2: "Abrazo Cálido" (温かい抱擁 - Atatakai Hōyō): Introduje el jalapeño, buscando un picor presente pero agradable, que calentara la boca sin agredir. Para un mexicano que se respete, esto empezaría a ser una salsa "con algo", apenas para darle sabor a la comida.
Nivel 3: "Corazón Valiente" (勇者の心 - Yūsha no Kokoro): Aquí entraba el serrano con más decisión. El picor debía ser un desafío claro, persistente. Este nivel ya era para el mexicano que realmente busca en la comida una buena salsa picante, de las que 'pican rico'. Un territorio al que yo aspiraba a pertenecer algún día, pero aún no estaba seguro de estar ahí.
Nivel 4: "Lágrimas de Fuego" (炎の涙 - Honō no Namida): ¡El habanero hacía su entrada! Solo una pequeña cantidad bastaba para elevar el nivel exponencialmente. Buscaba un golpe de calor intenso, que hiciera sudar y llorar. Sinceramente, este nivel ya entraba en el terreno de "para qué sufrir comiendo", aunque conocía gente en mi tierra que se las echaba como si nada. Yo esperaba no tener que probarla en el concurso.
Nivel 5: "Aliento de Dragón" (龍の息吹 - Ryū no Ibuki): La culminación. Una mezcla infernal donde el habanero era protagonista, quizás con un toque extra de chile de árbol para un picor más agudo y persistente. Los que llegan a este nivel en mi tierra son gente de 'grandes ligas', leyendas urbanas casi. Esto no era comida, era un arma biológica disfrazada.
Senju-san cumplió su palabra y, con extrema cautela, usando la punta de un palillo y probando gota a gota, evaluó los primeros tres niveles.
Asintió con genuino placer ante el Nivel 1 ("¡Ah, así sí! Este toque picantito es mucho más interesante que la del desayuno. Deliciosa").
Al probar el Nivel 2 (quizás tres gotas fueron suficientes), empezó a sudar ligeramente y a abanicarse la boca ("¡Whoa! Definitivamente... cálido. Sí, 'abrazo cálido' lo describe bien... quizás demasiado bien").
Y con el Nivel 3, una sola gota bastó para que sus ojos se humedecieran y negara rápidamente con la cabeza, buscando agua con la mirada. ("¡Suficiente! ¡Más que suficiente! ¡Esto ya no es comida, es una prueba de resistencia!"). Se negó rotundamente a probar el 4 y el 5, mirándome como si estuviera preparando venenos exóticos. "Confío en tu... criterio experto para los niveles superiores, Takechi-kun," dijo con una sonrisa tensa, "pero mi integridad física me aconseja detenerme aquí".
Mientras tanto, Yuki se movía con una eficiencia asombrosa. Desaparecía durante horas y regresaba con noticias: había hablado con un funcionario del Gremio de Comerciantes conocido de Senju-san, había presentado una solicitud formal a la guardia del mercado explicando (con muchos eufemismos sobre un "desafío cultural de sabores intensos") la naturaleza del evento, y había conseguido los permisos necesarios tras pagar la tarifa (usando el dinero que le dimos). Diseñó unos carteles llamativos, con dibujos de dragones estilizados (su propia interpretación, bastante buena) y letras grandes y audaces:
"¡EL DESAFÍO DEL MÁXIMO GUERRERO! ¿QUÉ TAN VALIENTE ERES?
¡Pon a prueba tu RESISTENCIA, no tu fuerza! ¿Podrás sentir las LLAMAS DEL DRAGÓN en tu garganta y seguir en pie? ¡Demuestra tu temple contra los 5 niveles de picante del Extranjero!
¿QUIÉN OBTENDRÁ EL RECONOCIMIENTO DEL 'ALIENTO DE DRAGÓN'?
¡Este Día del Mercado! ¡Cerca de la Zona de Comidas! ¡Entrada: 20 Platas!"
Su preocupación inicial se había transformado en una determinación organizativa; si íbamos a hacer esta locura, ella se aseguraría de que atrajera la atención correcta (y de que las advertencias legales estuvieran en letra pequeña, probablemente).
Kenji se encargó de la parte física. Aseguró un buen espacio en la zona de comidas del mercado para el día señalado, pagando el alquiler del puesto. Consiguió mesas largas y resistentes, compró docenas de cuencos pequeños y cucharas de madera baratas (para la mecánica de una cucharada por nivel), y habló con los tipos fornidos de los muelles para que actuaran como "control de multitudes", prometiéndoles una paga decente. Su reserva habitual se veía reemplazada por una energía enfocada; parecía disfrutar del desafío logístico.
Y yo... en mis escasos ratos libres, cuando no estaba moliendo chiles o sudando por probar mis propias creaciones infernales (para asegurar los niveles), me escondía en el patio trasero o en mi habitación con una pequeña porción de la masa de maíz nixtamalizado. Intentaba el palmeado manual. Mis manos se sentían torpes, inútiles. La masa se pegaba, se rompía, o terminaba siendo un disco grueso y desigual. Más de una vez, terminé con un pegote informe y una sensación de profunda frustración. "¿Así hacían esto durante siglos?", me preguntaba, admirando una habilidad que parecía imposible de replicar.
Una tarde, Yuki me encontró en el patio, mirando con desaliento una masa deforme en mis manos. —¿Practicando, Takechi-kun? —preguntó con suavidad.
—Intentándolo, Yuki-san —respondí con un suspiro—. Es... más difícil de lo que parece. Mucho más.
Ella sonrió con empatía. —Todo requiere práctica. Mi abuela decía que hasta el arroz más simple necesita mil lavados para quedar perfecto. ¡Ánimo!
Su simple palabra de aliento, junto con la visión de Kenji moviendo cielo y tierra para conseguir el puesto, reforzaba mi determinación. Sí, el método manual era difícil, pero las herramientas lo harían posible. Y este concurso, esta locura organizada, era el camino más rápido hacia ellas. Tenía que funcionar. No podía permitirme fallar. La presión crecía con cada día que pasaba, con cada frasco de salsa que llenaba, con cada cartel que Yuki colgaba. El Día del Mercado se acercaba.
El Día del Mercado amaneció vibrante y ruidoso. Nuestro puesto, estratégicamente ubicado cerca de la zona de comidas, ya era un hervidero de curiosos mucho antes del mediodía, atraídos por los llamativos carteles de Yuki y el murmullo creciente sobre el "Desafío del Máximo Guerrero".
Kenji había organizado todo con una eficiencia militar. Una mesa muy larga se extendía frente al público, preparada con veinticinco puestos individuales, cada uno con un pequeño cuenco vacío, una cuchara de madera y jarras de agua y leche estratégicamente espaciadas. Detrás de esta mesa de retadores, estaba mi estación de batalla: las cinco ollas de barro tapadas con mis salsas graduadas, el gran recipiente de arroz blanco cocido y los utensilios para servir. A un lado, Yuki presidía una mesa más pequeña con la caja del dinero y una hoja de inscripción improvisada. Goro y Tetsu, los fornidos ayudantes de los muelles, vigilaban los accesos al área designada, manteniendo a raya a la creciente multitud.
Senju-san observaba todo desde una discreta segunda fila, con una expresión indescifrable que mezclaba interés comercial y, sospechaba yo, una buena dosis de morbo divertido.
Las reglas, escritas por Yuki en una gran tablilla, eran claras: 20 platas para inscribirse (no reembolsables), un tiempo límite para registrarse, y luego todos los participantes se sentarían juntos para enfrentar los cinco niveles de picante en rondas sucesivas (1, 2 y 3 cucharadas por nivel sobre arroz), siendo eliminados aquellos que no pudieran continuar. El objetivo: la gloria de resistir el "Aliento de Dragón".
El flujo de inscripciones fue lento al principio. Veinte platas no era una suma trivial. Los primeros en apuntarse fueron un par de jóvenes mercaderes con aire fanfarrón, seguidos por un guardia de la ciudad fuera de servicio que claramente quería impresionar a sus compañeros, y un par de tipos rudos que parecían estibadores apostando entre ellos. La multitud observaba, comentaba, pero pocos se atrevían a poner su dinero (y su estómago) en juego.
Yuki manejaba las inscripciones con una sonrisa amable pero firme, recordando a cada uno la advertencia: "Participación bajo propio riesgo". Yo observaba desde mi puesto, sintiendo el nerviosismo crecer. ¿Serían suficientes? ¿Llegaríamos siquiera a diez?
Entonces, a medida que se acercaba la hora límite anunciada, el ambiente cambió. Quizás fue la presión del tiempo, o el efecto contagio. Un par de aventureros con armaduras ligeras se apuntaron riendo. Luego, para mi sorpresa, vi al Maestro Herrero Dōin, el enano, acercarse con su característico andar pesado y plantar veinte monedas de plata sobre la mesa de Yuki con un gruñido. "¿Dónde me apunto para esta estupidez?", masculló, aunque sus ojos brillaban con un desafío competitivo. ¡El Enano estaba dentro! Eso sí que atrajo murmullos.
La fila creció rápidamente. Mercaderes más establecidos, artesanos curiosos, algún noble menor con aire aburrido... Pronto, el número de inscritos superó los quince, luego los veinte. El objetivo de veinticinco parecía alcanzable. La caja de Yuki empezaba a pesar considerablemente.
—¡Últimos minutos para inscribirse! —anunció Kenji con su vozarrón, que sorprendentemente tenía un buen timbre de pregonero—. ¡El Desafío del Máximo Guerrero está a punto de comenzar! ¿Quién más se atreve a enfrentar el Aliento de Dragón?
La multitud se agitó. Un par más se unieron a la carrera. Estábamos en veinticuatro. Yuki se preparaba para cerrar la lista cuando una figura se abrió paso entre la gente con calma imperturbable.
Alto, vestido con un kimono oscuro de seda impecable, el cabello recogido en un chonmage perfecto, las dos espadas (katana y wakizashi) en su cintura. Era él. El Samurái del camino.
El murmullo de la multitud se apagó casi por completo cuando la gente reconoció su estatus. Muchos bajaron la mirada o hicieron una leve inclinación de cabeza al pasar él. Mis ojos se cruzaron con los suyos por una fracción de segundo. Esta vez, sin dudarlo, bajé la cabeza y realicé una reverencia respetuosa y profunda, como debí haber hecho la primera vez. Él, sin embargo, pasó junto a mí sin el menor signo de reconocimiento, su mirada fija al frente, como si yo fuera simplemente parte del decorado.
Se detuvo frente a la mesa de Yuki, su presencia imponiendo un respeto silencioso y tenso. Sin decir una palabra, dejó caer una pequeña bolsa de seda sobre la mesa. El tintineo de las monedas de plata fue el único sonido durante un instante.
Yuki tragó saliva visiblemente, pero recuperó la compostura. —Bien... Bienvenido, señor. ¿Su nombre para la inscripción?
El Samurái la miró brevemente, como si la pregunta fuera una impertinencia. —No es necesario —dijo con voz cortante pero baja—. Solo asegúrate de que haya un lugar para mí.
Y sin más, se dio la vuelta y esperó cerca, ignorando las miradas de asombro, temor y excitación de la multitud. Mientras la mayoría de los presentes mantenían una actitud deferente, noté que el Maestro Herrero Dōin, que ya estaba cerca esperando para tomar asiento, simplemente observaba al Samurái con los brazos cruzados, sin hacer ninguna reverencia. El Samurái, a su vez, le dedicó una mirada fugaz al Enano antes de ignorarlo por completo, como si ambos pertenecieran a mundos que no se dignaban a interactuar formalmente.
Yuki me lanzó una mirada de pánico apenas disimulado por la intensidad del nuevo participante. Asentí levemente. Veinticinco participantes. Y qué participante final. La tensión acababa de multiplicarse por diez.
—¡Inscripciones cerradas! —gritó Kenji—. ¡Que los veinticinco valientes guerreros tomen asiento en la mesa del desafío! ¡El espectáculo está por comenzar!
Un aplauso nervioso recorrió a la multitud mientras los participantes, una mezcla heterogénea de fanfarrones, curiosos, apostadores y ahora un Enano gruñón y un Samurái impasible, se acomodaban en la larga mesa, de cara al público expectante. El aire crepitaba con anticipación.
Con los veinticinco participantes sentados en la larga mesa –incluyéndome a mí en uno de los extremos–, frente a una multitud expectante que guardaba un silencio tenso, Kenji dio un paso al frente. Su habitual reserva se había desvanecido, reemplazada por una presencia escénica inesperada.
—¡Sean todos bienvenidos al Primer Gran Desafío del Máximo Guerrero! —exclamó, abriendo los brazos—. ¡Hoy, estos veinticinco valientes, incluyendo a nuestro anfitrión Takechi, pondrán a prueba su temple y resistencia enfrentándose a los cinco niveles de picante de su tierra natal!
Me señaló. Asentí con la mayor naturalidad posible, aunque sentirme parte del desafío y no solo el proveedor aumentaba mi nerviosismo.
—¡Las reglas son sencillas! —continuó Kenji, señalando la tablilla—. ¡Cinco niveles de salsa! ¡Tres cucharadas por nivel sobre una porción de arroz! ¡Aguanten si pueden, retírense si deben! ¡El último guerrero en pie alcanzará la gloria y el reconocimiento del 'Aliento de Dragón'! ¡Pero recuerden! —su tono se volvió más grave— ¡Participan bajo su propio riesgo! ¡No hay vergüenza en conocer sus límites! ¿¡Están listos, guerreros!?
Un grito desigual respondió desde la mesa. La multitud aplaudió y vitoreó.
—¡Excelente! —prosiguió Kenji—. ¡Que nuestra eficiente asistente, Yuki, sirva la primera prueba! ¡Arroz fresco para todos y un cuenco individual del Nivel Uno: La "Sonrisa Amable"!
Yuki, con una expresión concentrada, recorrió la mesa. Primero colocó un cuenco con una porción de arroz humeante frente a cada uno de nosotros. Luego, con una jarra pequeña que contenía la salsa Nivel 1, vertió cuidadosamente la misma cantidad en un pequeño cuenco individual dispuesto al lado del arroz para cada participante. El aroma suave y ligeramente dulce flotó en el aire. También se aseguró de que cada puesto tuviera jarras de agua y leche al alcance.
Kenji observó la mesa lista. —¡Ahí lo tienen! ¡La "Sonrisa Amable"! ¡Preparados para la primera cucharada! ¡Deben verterla sobre su arroz y comerla! ¡A la cuenta de tres! ¡Una...! ¡Dos...! ¡Tres!
Hubo un movimiento casi sincronizado mientras los veinticinco vertíamos y comíamos la primera cucharada. Las reacciones, como había anticipado, fueron positivas.
—¡Mmm! ¡Esto está bueno! —exclamó uno de los jóvenes mercaderes—. ¡Fácil!
—Buen sabor —comentó el guardia, asintiendo.
—¡Hmph! Si esto es todo... —gruñó Dōin, el enano.
El Samurái comió sin expresión. Yo también tomé mi cucharada; el sabor era agradable, familiar, un comienzo suave.
—¡Parece que la "Sonrisa Amable" es bien recibida! —narró Kenji—. ¡Segunda cucharada, guerreros! ¡Viertan y coman! ¡Una, dos, tres!
La segunda bajó sin problemas.
—¡Y ahora, la prueba final del Nivel Uno! ¡Tercera cucharada! ¡Quien complete esta, avanza! ¡Una, dos, tres!
Todos completamos la tercera cucharada. Un murmullo de confianza recorrió la mesa de participantes.
—¡Increíble! —exclamó Kenji—. ¡Los veinticinco guerreros superan el Nivel Uno! ¡Pero no canten victoria! ¡Yuki, por favor, retira los cuencos de salsa y sirve el Nivel Dos: el "Abrazo Cálido"!
Escena 4: El Calor Aumenta (Niveles 2 y 3)
Yuki retiró con agilidad los cuencos vacíos de la salsa Nivel 1. Luego, con una jarra diferente que contenía la salsa Nivel 2 (rojo más intenso, olor más penetrante), volvió a llenar los cuencos individuales de cada participante.
—¡Aquí lo tienen, valientes! —anunció Kenji—. ¡Nivel Dos: el "Abrazo Cálido"! ¡Dicen que empieza suave, pero te envuelve! ¡Primera cucharada, viertan y coman! ¡Una... dos... tres!
Esta vez, las reacciones fueron más notorias.
—Vale, esta ya pica un poco —admitió el mercader fanfarrón, carraspeando.
—Se siente... calor —dijo el guardia, buscando ya la jarra de agua.
Dōin frunció el ceño, pero no dijo nada. El Samurái permaneció impasible. Yo sentí el agradable picor del jalapeño, familiar y bienvenido.
—¡El calor empieza a notarse! —observó Kenji—. ¡Segunda cucharada del Nivel Dos! ¡Adelante!
Aquí empezaron los problemas. Varios tosieron [ゴホッ!], otros bebieron agua con ganas. El mercader fanfarrón ya no sonreía.
—¡Ay! ¡Esta raspa! —se quejó.
—¡Última prueba del Nivel Dos! ¡La tercera cucharada! ¡Demuestren su valía! ¡Tres!
Aquí cayeron los primeros. Cuatro o cinco participantes negaron con la cabeza, empujando sus cuencos y levantándose, algunos buscando leche con desesperación. La multitud aplaudió su esfuerzo.
—¡Y tenemos a los primeros caídos! —anunció Kenji—. ¡Veinte guerreros continúan hacia el Nivel Tres! ¡Esto se pone serio! ¡Prepárense para el "Corazón Valiente"! ¡Yuki, el servicio!
Mientras Yuki retiraba los cuencos de los eliminados y los de la salsa Nivel 2, yo sentía la anticipación crecer. Tomó la jarra del Nivel 3, cuyo aroma ya era agresivo por el serrano, y llenó los cuencos individuales de los veinte restantes.
—¡Nivel Tres: "Corazón Valiente"! —proclamó Kenji—. ¡Aquí se separa el trigo de la paja! ¡Primera cucharada! ¡Ahora!
El impacto fue inmediato. Jadeos [ハッ!], ojos desorbitados, búsqueda frenética de agua o leche.
—¡Dioses! ¡Esto quema! —gritó un aventurero.
—¡No... no puedo! —sollozó un artesano, levantándose abruptamente y abandonando.
Dōin soltó un gruñido profundo, su cara enrojeciendo visiblemente, pero aguantó. El Samurái... por primera vez, vi cómo apretaba la mandíbula casi imperceptiblemente al tragar. Seguía estoico, pero el chile estaba haciendo efecto. Yo comí mi cucharada; el picor era notable, placentero para mi gusto, pero definitivamente un salto considerable.
—¡El "Corazón Valiente" cobra sus víctimas! —exclamó Kenji—. ¡Varios abandonan! ¡Pero miren quiénes resisten! ¡El Maestro Dōin! ¡Nuestro guerrero de negro! ¡Y nuestro anfitrión Takechi! ¡Veamos si aguantan la segunda cucharada! ¡Adelante!
Más concursantes cayeron, incapaces de seguir. El guardia de la ciudad negó con la cabeza, empapado en sudor. Quedaban quizás unos diez cuando llegó el momento de la tercera cucharada del Nivel Tres.
—¡La prueba final del Corazón Valiente! ¡La antesala del verdadero infierno! ¡Tercera cucharada! ¡Quien supere esto, es digno de respeto! ¡YA!
El resultado fue una carnicería culinaria. Solo unos pocos lograron tragar la tercera cucharada sin rendirse inmediatamente después, con expresiones de puro sufrimiento.
Cuando el caos inmediato se calmó, solo quedábamos cinco participantes en la mesa:
El Maestro Herrero Dōin, rojo como una brasa, respirando con dificultad, pero con una mirada desafiante.
El Samurái, con una fina capa de sudor en la frente, pero con la misma expresión impasible.
El joven mercader fanfarrón del principio, temblando, con los ojos llorosos, agarrándose el estómago, pero aferrado a su asiento por puro orgullo.
Un aventurero silencioso con una cicatriz en la mejilla, que sudaba copiosamente pero mantenía la mirada fija al frente.
Yo, sintiendo el agradable calor del serrano, pero preparándome mentalmente para lo que venía.
—¡Increíble! —rugió Kenji, su voz llena de genuina admiración—. ¡Solo cinco! ¡Cinco guerreros han demostrado tener un corazón valiente! ¡Pero ahora... ahora viene el verdadero dolor! ¡Prepárense, señores, para las "Lágrimas de Fuego"! ¡Yuki, ten lista la leche!
La multitud estaba completamente absorta. El aire olía intensamente a chile. Yuki se preparó para servir la cuarta salsa, su rostro pálido pero decidido. La verdadera prueba estaba a punto de comenzar.
—¡Solo cinco quedan en pie! —la voz de Kenji resonaba con una mezcla de asombro y excitación casi sádica—. ¡Han demostrado tener un corazón valiente, pero ahora enfrentarán el verdadero crisol! ¡Prepárense para el Nivel Cuatro: "Lágrimas de Fuego"! ¡Yuki, por favor, sirve el siguiente nivel de sufrimiento delicioso!
Yuki se acercó con la cuarta jarra. Su contenido era de un rojo anaranjado intenso, casi amenazante, y el aire se cargó instantáneamente con el aroma frutal pero peligrosamente penetrante del habanero. Sus manos temblaban ligeramente mientras llenaba con cuidado los cinco cuencos individuales. Dejó jarras de leche adicionales muy cerca de cada participante restante.
Los cinco finalistas nos miramos brevemente. La camaradería forzada por el sufrimiento compartido era palpable, pero también la tensión competitiva.
Maestro Dōin: Rojo como un pimiento maduro, sudando profusamente, pero con una mirada de pura terquedad enana. Sus puños nudosos descansaban sobre la mesa. [ゴゴゴゴ...] (Sonido de intensidad contenida).
Samurái: Impasible, aunque la fina capa de sudor en su frente era ahora más visible. Sus manos descansaban serenamente sobre sus rodillas bajo la mesa.
Mercader Fanfarrón: Pálido, temblando [ガタガタ], con los ojos rojos e hinchados. Se secaba el sudor con un pañuelo que ya estaba empapado. Claramente, aguantaba por puro orgullo.
Aventurero Silencioso: Rostro tenso, la cicatriz resaltando sobre su piel sudorosa. Respiraba profundamente, intentando mantener la compostura.
Yo (Takechi): Sentía el calor residual del Nivel 3, una sensación agradable, pero sabía que el Nivel 4 era un salto cuántico. Me preparé mentalmente.
—¡Nivel Cuatro: "Lágrimas de Fuego"! —anunció Kenji—. ¡Dicen que una sola gota puede hacer llorar a un Oni! ¡Veamos qué hacen nuestros guerreros! ¡Primera cucharada! ¡Viertan... y coman! ¡AHORA!
Con manos temblorosas, el mercader fanfarrón vertió la salsa sobre su arroz. Los demás lo hicimos con más decisión, aunque yo sentí una punzada de respeto por el líquido anaranjado. Llevamos la cucharada a la boca casi simultáneamente.
El impacto fue... brutal.
Un silencio atónito de un segundo, y luego, el caos.
El mercader fanfarrón soltó un grito ahogado [ぐわーっ!], sus ojos se pusieron completamente en blanco [白目] por un instante, y se desplomó hacia atrás, cayendo de su banco con un golpe sordo. ¡Primer eliminado instantáneo!
El aventurero silencioso aguantó un segundo más, su cara contorsionándose en una máscara de agonía [ぐぎぎ...], antes de levantarse de un salto, agarrándose la garganta y corriendo hacia las jarras de leche, bebiendo directamente a grandes tragos [ガブガブ]. ¡Segundo eliminado!
El Maestro Dōin rugió [グオオオ!], golpeando la mesa con el puño. Su rostro pasó del rojo al púrpura, venas marcadas en su cuello y frente [ブチッ!]. Lágrimas gruesas [ポロポロ] brotaron de sus ojos, pero apretó los dientes con un crujido audible [ギリッ!] y permaneció sentado, aunque su cuerpo entero temblaba por el esfuerzo de contener el dolor.
El Samurái... incluso él reaccionó. Sus ojos se cerraron con fuerza por un instante, sus fosas nasales se dilataron al tomar una respiración brusca y profunda [フンッ!]. Una única y gruesa gota de sudor [ダラリ] recorrió su sien y cayó sobre la mesa. Abrió los ojos, y aunque su expresión seguía siendo controlada, había una intensidad feroz, casi asesina, en su mirada. Aguantaba.
Y yo... ¡Auch! El habanero golpeó con furia. Sentí una explosión de calor que me recorrió desde la lengua hasta el estómago, seguida por un picor agudo que me hizo lagrimear [じわっ]. Definitivamente, esto ya no era "picar rico". Esto era dolor. Pero un dolor conocido, manejable. Respiré hondo, concentrándome en soportarlo. Comparado con algunos desafíos caseros en México, esto era... intenso, pero no insuperable.
—¡INCREÍBLE! ¡INCREÍBLE! —gritaba Kenji, casi fuera de sí por la emoción—. ¡Dos eliminados al instante! ¡Pero tres guerreros han soportado la primera llamarada de las "Lágrimas de Fuego"! ¡El Maestro Dōin! ¡El Samurái sin nombre! ¡Y nuestro anfitrión Takechi! ¡Son de otra pasta, señoras y señores! ¡Pero podrán con la segunda cucharada!
La multitud estaba enardecida, gritando ánimos y apostando frenéticamente. Goro y Tetsu tuvieron que esforzarse para mantener el orden.
Yuki nos miraba a los tres restantes con una mezcla de horror y admiración, sus manos juntas como si rezara.
—¡Segunda cucharada del Nivel Cuatro! —anunció Kenji, su voz ronca por la excitación—. ¡Si sobreviven a esto...! ¡Una, dos... TRES!
Vertimos la segunda cucharada. Dōin lo hizo con un gruñido desafiante. El Samurái con una precisión fría y calculada. Yo con una resignación estoica.
El impacto de la segunda dosis fue visible. Dōin soltó un quejido ahogado, agarrándose el pecho, su respiración volviéndose áspera. El Samurái cerró los ojos de nuevo, esta vez por más tiempo, y vi sus nudillos volverse blancos donde apretaba el borde de la mesa bajo ella. Yo sentí cómo el picor se intensificaba, una quemazón persistente y profunda. Tragué saliva, intentando mantener la compostura.
Kenji esperó un momento tenso. —¿Algún valiente se atreve con la tercera?
El Maestro Dōin levantó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Negó lentamente. —Suficiente... —graznó con dificultad—. Maldito seas... tú y tu... fuego líquido... Me rindo.
Se levantó con dificultad, recibiendo una ovación cerrada de la multitud por su increíble resistencia. Se dirigió directamente a la leche, ignorando todo lo demás.
Ahora solo quedábamos dos. El Samurái y yo.
—¡Y solo quedan dos! —la voz de Kenji era casi un susurro reverente—. ¡El guerrero impasible y el extranjero que trajo la tormenta! ¡Han sobrevivido a las "Lágrimas de Fuego"! ¡Pero solo queda un nivel! ¡El desafío final! ¡El legendario... "Aliento de Dragón"!
La multitud guardó un silencio expectante. Yuki se preparó para servir la última salsa, la más oscura, la más peligrosa. La atmósfera era eléctrica. El Samurái me miró directamente por primera vez desde que empezó el desafío. Su mirada no era hostil, pero sí increíblemente intensa, como si me estuviera midiendo, reconociendo finalmente a un oponente digno en esta extraña batalla.
Un silencio casi religioso cayó sobre la multitud del mercado. Todas las miradas estaban fijas en la larga mesa donde solo quedábamos dos asientos ocupados: el del Samurái sin nombre y el mío. Frente a nosotros, Yuki colocó con manos solemnes los últimos cuencos de arroz fresco. Luego, con una expresión de profunda concentración (y quizás temor), tomó la quinta y última jarra.
El contenido era espeso, de un color rojo tan oscuro que parecía casi negro, salpicado por las semillas de los chiles habanero y de árbol. Incluso sin probarla, el aroma que desprendía era una advertencia: una mezcla compleja de notas frutales quemadas y una amenaza picante pura y abrumadora. Era mi creación definitiva, el "Aliento de Dragón". Yuki vertió una cantidad precisa en nuestros cuencos individuales, su mano firme a pesar de la tensión ambiental.
Kenji se acercó al centro, su voz ahora más baja, casi reverente. —Han llegado... al final del camino. Al Nivel Cinco. El "Aliento de Dragón". Lo que parecía imposible, está ante ustedes. Las reglas siguen siendo las mismas: tres cucharadas para alcanzar la gloria definitiva. Pero les advierto... esto es diferente. Esto es... otro nivel.
El Samurái y yo nos miramos de nuevo. En sus ojos oscuros ya no había impasibilidad, sino una determinación férrea, el brillo del acero de un guerrero aceptando el desafío final. Asentí una vez más, aceptando el duelo silencioso. Esto ya no era solo por el dinero o por probar una salsa; había algo más en juego ahora, un choque de voluntades, de resistencias, quizás incluso de orgullos culturales representados en esta absurda prueba de fuego.
—Guerreros —la voz de Kenji rompió la tensión—. ¡La primera cucharada del Aliento de Dragón! ¡Por la gloria! ¡A la cuenta de tres! ¡Una...! ¡Dos...! ¡TRES!
Con movimientos deliberados y casi sincronizados, ambos vertimos la primera cucharada sobre el arroz y nos la llevamos a la boca.
Mi mundo explotó.
Si el Nivel 4 fue un golpe, esto fue una bomba nuclear. Un calor volcánico [ゴオオオッ!] detonó en mi lengua, extendiéndose como lava por toda mi boca, mi garganta, hasta lo más profundo de mi estómago. Era un dolor puro, abrasador, que eclipsaba cualquier matiz de sabor. Mis ojos se abrieron de golpe [カッ!], las lágrimas brotaron instantáneamente [ブワッ!], y un sudor frío perló mi frente. El instinto gritaba: ¡Escupe! ¡Bebe! ¡Huye!
Pero me obligué a tragar. Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en mis palmas [グッ]. El aire entraba en mis pulmones como si respirara fuego. Sentí un ligero mareo. Esto... esto era incluso peor de lo que recordaba de mis pruebas. ¿Me había pasado con la dosis?
Miré al Samurái. Su reacción fue aterradoramente controlada, pero innegable. Su cuerpo se tensó como una cuerda de arco [ピーン!]. Sus ojos se cerraron con fuerza, y vi cómo los músculos de su cuello se marcaban [ググッ...] mientras luchaba por tragar. Un leve temblor recorrió sus hombros. Cuando abrió los ojos, estaban inyectados en sangre, y su respiración era visiblemente agitada, aunque intentaba controlarla con respiraciones profundas y medidas, como si estuviera en meditación de combate. Había sido golpeado con fuerza, pero seguía en la pelea.
La multitud contuvo el aliento colectivamente [息をのむ]. Nadie decía nada. Solo observaban, fascinados y horrorizados.
—In... ¡Increíble! —tartamudeó Kenji, claramente impactado por la intensidad de nuestras reacciones—. ¡Ambos... ambos han soportado la primera cucharada! ¡Parecen estar sufriendo, pero siguen sentados! ¿¡Será posible!? ¿¡Podrán con la segunda!?
El Samurái y yo intercambiamos otra mirada. Esta vez, había un matiz de respeto mutuo en medio del sufrimiento compartido. Ambos estábamos en un infierno personal, pero ninguno estaba dispuesto a ceder.
—¡Segunda cucharada! —gritó Kenji, quizás queriendo terminar con esto rápido—. ¡Si pueden...! ¡AHORA!
Con un esfuerzo visible, ambos tomamos la cuchara de nuevo. El simple acto de llevarla al cuenco de salsa se sintió como levantar plomo. Vertimos la segunda dosis sobre el poco arroz que quedaba. Hubo una pausa... y ambos comimos.
Si la primera fue una explosión, la segunda fue el apocalipsis. El dolor se multiplicó. Sentí como si me hubieran metido la cabeza en un horno. Mi visión empezó a nublarse por los bordes [チカチカ]. Escuché un zumbido agudo en mis oídos [キーン]. Tragué con una dificultad enorme, sintiendo cada milímetro del descenso ardiente.
El Samurái soltó un gruñido ahogado [うぐぅっ!], un sonido gutural que rompió su estoicismo. Se inclinó hacia adelante, apoyando una mano en la mesa para estabilizarse. Su rostro estaba pálido bajo el sudor, sus labios apretados en una fina línea blanca. Estaba claramente en su límite absoluto.
Yo no estaba mucho mejor. Sentía náuseas, el pulso martilleando en mis sienes. Me agarré al borde de la mesa, tratando de anclarme a la realidad. ¿La tercera cucharada? Parecía físicamente imposible.
—¡Dioses! ¡Lo han hecho! ¡Han tomado la segunda! —la voz de Kenji era un hilo de incredulidad—. ¡Están sufriendo como condenados, pero lo han hecho! ¡Solo queda una! ¡Una cucharada para la leyenda!
Pero antes de que Kenji pudiera siquiera empezar la cuenta regresiva para la imposible tercera cucharada, el caos estalló desde fuera de nuestro puesto.
—¡Alto ahí! ¡Detengan este espectáculo demencial ahora mismo!
Varias figuras uniformadas, guardias de la ciudad con armaduras ligeras y lanzas cortas, irrumpieron a través de la multitud, que se apartó rápidamente ante ellos. Al frente iba un hombre mayor con un rostro severo y un emblema del gremio de comerciantes o alguna autoridad similar en su pecho.
—¡Hemos recibido múltiples quejas! —declaró el oficial, su voz resonando con autoridad—. ¡Este evento es un peligro público! ¡Miren el estado de esos hombres! ¡Están claramente intoxicados o envenenados! ¡Esto termina aquí y ahora!
Los guardias rodearon rápidamente nuestro puesto, creando una barrera entre nosotros y la ahora ruidosa y confundida multitud.
—¡Pero señor! ¡Es un desafío voluntario! —intentó argumentar Kenji, acercándose al oficial.
—¡Silencio! —replicó el oficial—. ¡Voluntario o no, está causando desorden público y poniendo en riesgo la salud! ¡Desmantelen este puesto inmediatamente! ¡Y todo el dinero recaudado será confiscado como multa o devuelto a los participantes! ¡No habrá ganancias de este disparate!
La palabra "confiscado" y "devuelto" resonó en mis oídos nublados por el dolor. ¡No! ¡Todo el esfuerzo...!
Pero antes de que pudiera hundirme en la desesperación, una voz fría y cortante intervino.
—Oficial.
El Samurái, que se había mantenido en silencio pero tenso, dio un paso al frente. A pesar del evidente malestar físico que aún lo aquejaba (su rostro seguía pálido y sudoroso), su porte era imponente. Los guardias instintivamente se tensaron ante él.
—Este evento —continuó el Samurái, su voz baja pero cargada de autoridad— fue un desafío aceptado libremente por todos los participantes. Un ejercicio de resistencia, no una pelea callejera. Hubo reglas claras y advertencias.
El oficial frunció el ceño, claramente incómodo ante la intervención de un Samurái. —¿Y eso justifica poner en riesgo...?
—Nadie fue obligado —lo interrumpió el Samurái—. Confiscar el dinero de las entradas sería... inapropiado. Sin embargo, dado el... inesperado nivel de intensidad final y la necesaria intervención para mantener el orden público, un reembolso a los participantes parece una medida razonable. Pero no una confiscación.
El oficial tragó saliva, mirando al Samurái y luego a sus guardias. La presencia del guerrero era una fuerza que no podía ignorar fácilmente. Tras un momento tenso, asintió a regañadientes.
—Muy bien. Se procederá al reembolso íntegro de las entradas a todos los participantes registrados. ¡Pero este puesto se desmantela ahora mismo y no quiero volver a ver un espectáculo similar sin una autorización mucho más explícita y medidas de seguridad adecuadas! ¡Disuélvanse!
Los guardias empezaron a dispersar a la multitud, que protestaba y comentaba el abrupto final. Kenji y Yuki, aunque claramente decepcionados, comenzaron a recoger las cosas con rapidez bajo la mirada atenta de los guardias.
Yuki se encargó de la devolución del dinero. Uno por uno, los participantes (los que aún quedaban por allí) se acercaron a recoger sus 20 platas. Para mi sorpresa, varios de ellos, al recibir el dinero, se acercaron a mí.
—Estuvo bueno el show, extranjero. Casi me matas, pero fue divertido —dijo uno de los aventureros que se había retirado en el Nivel 3, dejándome 5 platas en la mano—. Para la próxima.
—Mi orgullo está herido, pero mi respeto lo ganaste —gruñó el Maestro Dōin, devolviéndome 10 de sus 20 platas antes de irse mascullando sobre chiles endemoniados.
Incluso el mercader que se desmayó, ya recuperado pero pálido, me dio una palmadita en la espalda y me dejó un par de platas. No todos lo hicieron, pero al final, entre los que me dieron algo y mi propia entrada reembolsada, reuní unas 40 monedas de plata. Mucho menos de las 308 que necesitaba, pero mucho más que las 16 con las que había empezado el día. Era... algo.
Finalmente, solo quedaba el Samurái. Se acercó a Yuki, recogió su bolsa de monedas en silencio. Luego, se giró hacia mí. Esperaba una mirada de desdén o indiferencia. En lugar de eso, realizó una ligera, casi imperceptible, inclinación de cabeza. Un gesto mínimo, pero viniendo de él, se sintió como un terremoto.
—Extranjero —dijo, su voz aún un poco áspera por el picante—. Hoy... has demostrado una resistencia notable. Pero esto... —su mirada se intensificó— no ha terminado.
Y sin más explicación, se dio la vuelta y se perdió entre la multitud que se dispersaba, dejándome con el ardor en la boca, 40 platas en la bolsa, y una nueva y muy confusa relación con el guerrero más intimidante que había conocido.
El concurso había terminado en un caos anticlimático, pero quizás... quizás no todo estaba perdido.
NICIO DEL EPISODIO 22: Volteando la Tortilla (Título Provisional)
Escena 1: La Segunda Llamarada (El Baño)
La adrenalina del concurso, la confusión del final y la extraña interacción con el Samurái me mantuvieron en pie durante el resto de la tarde mientras ayudábamos a Kenji y Yuki a guardar todo y a hacer el recuento final de las magras "ganancias" (las 40 platas que recuperé). Senju-san nos escuchó relatar los eventos con una ceja arqueada, sin hacer muchos comentarios más allá de un "Bueno, al menos nadie terminó en la enfermería... permanentemente".
Pero cuando la noche cayó y la relativa calma volvió a Almacenes Senju, el verdadero precio del "Aliento de Dragón" comenzó a pasar factura. Y no fue en mi boca.
Me desperté en mitad de la noche con un dolor retorcijante en las entrañas [ゴロゴロ... キューッ!]. Un dolor urgente, ardiente, que me hizo salir disparado de la cómoda cama occidental y correr hacia el pequeño baño al final del pasillo.
Y allí, sentado en la fría letrina de madera, comenzó la segunda fase del infierno.
Si la entrada del picante fue una explosión, la salida era un incendio forestal incontrolable [熱い!痛い! Burning! Painful!]. Cada espasmo era una tortura [うぐっ!あっ!]. Me doblé sobre mí mismo, sudando frío, jadeando, sintiéndome absolutamente miserable. Las lágrimas volvieron a brotar, esta vez no por el picante en la boca, sino por la agonía pura y dura en... bueno, en el otro extremo.
«¡Dios mío! ¡Esto es mil veces peor!», gemí en silencio, apretando los dientes. Me sentía débil, vacío, como si un dragón real hubiera decidido usar mis intestinos como chimenea.
Y entonces, en medio de mi sufrimiento abyecto, una imagen absurda cruzó mi mente febril: el Samurái. Impasible, estoico, con su máscara de control absoluto. ¿Estaría él... ahora mismo... pasando por lo mismo?
La idea era tan ridícula, tan irreverente, que una risa ahogada y dolorosa escapó de mis labios [クッ... フフ...]. Imaginé al guerrero imponente, quizás en una letrina similar en alguna posada elegante, perdiendo toda su compostura, sudando, maldiciendo en voz baja, experimentando exactamente el mismo humillante tormento que yo.
Recordé una frase de mi tierra: "Chile campana, pica dos veces". Pica al entrar... y repica al salir.
Una nueva oleada de dolor me hizo gemir, pero esta vez se mezcló con una risa casi histérica. «Así que... esto no ha terminado, ¿eh, Samurái-san?», pensé con una mezcla de compasión y malicia. «Parece que mi 'Aliento de Dragón' te alcanzó de nuevo... ¡Ja! ¡Considera esto mi pequeña venganza no planeada por el susto que me diste en el camino!».
Me tomó un buen rato recuperarme lo suficiente para volver a mi habitación, sintiéndome débil y dolorido, pero extrañamente... satisfecho. El concurso había sido un fracaso financiero, pero al menos sabía que mi némesis del picante probablemente estaba compartiendo mi sufrimiento en algún lugar de la ciudad. Una victoria pírrica, quizás, pero una victoria al fin y al cabo.
Ahora... ¿cómo demonios iba a conseguir el resto del dinero para mis herramientas?
Pasaron varios días después del caótico "Desafío del Máximo Guerrero". La normalidad, o al menos la versión de normalidad de Almacenes Senju, había regresado. Kenji había vuelto a su eficiente reserva (aunque a veces lo sorprendía mirándome con una expresión que no sabía si era respeto o lástima), Yuki seguía siendo amable y diligente (pero con una preocupación maternal añadida cada vez que me veía cerca de un chile), y Senju-san... bueno, Senju-san parecía encontrar toda la situación secretamente divertida, aunque me dio un sermón muy serio sobre los peligros de jugar con fuego (literal y figurado) y la importancia de la planificación adecuada.
El dinero que recuperé del concurso, unas 40 platas, era una suma respetable para gastos diarios, pero seguía siendo una miseria comparada con las 308 platas que necesitaba para el Comal y la Prensa. La frustración inicial se había asentado en una resignación melancólica. Había vuelto a mis intentos esporádicos de practicar el palmeado manual en el patio trasero, con resultados todavía deprimentes. Mis tortillas seguían pareciendo amebas deformes más que discos comestibles.
«Paciencia, Takechi, paciencia», me decía a mí mismo, aunque la impaciencia me corroía. «Quizás Senju-san tenga algún trabajo especial, alguna entrega lejana que pague bien... O quizás debería empezar a vender Agua de Jamaica en el mercado...»
Estaba perdido en estos pensamientos una tarde, mientras ayudaba a Yuki a clasificar unas hierbas secas en la trastienda (un trabajo tranquilo que me daba tiempo para pensar), cuando Kenji entró apresuradamente desde la tienda principal.
—Takechi-kun —dijo, su tono extrañamente urgente—. Tienes visita. Alguien pregunta por ti en la entrada.
—¿Por mí? —pregunté, sorprendido. Aparte de ellos tres, no conocía a nadie en la capital. —¿Quién es?
Kenji vaciló un instante, una expresión de incredulidad en su rostro. —El Maestro Herrero. Dōin-san.
Parpadeé. ¿El Enano? ¿Aquí? Mi primer pensamiento fue de pánico. ¿Habría cambiado de opinión sobre el precio y venía a exigirme las 8 platas que técnicamente aún le "debía" por el presupuesto? Imposible, no teníamos ningún acuerdo formal. ¿Entonces?
—¿Dijo qué quería? —pregunté, levantándome y sacudiéndome el polvo de hierbas del delantal.
—No. Solo dijo: "Busco al extranjero cocinero de veneno" —respondió Kenji, sin poder evitar una ligera sonrisa—. Te espera fuera. Parece... impaciente. Como siempre.
Intercambié una mirada nerviosa con Yuki, quien parecía tan sorprendida como yo. ¿Qué podía querer el gruñón maestro herrero conmigo? Con un suspiro, me quité el delantal y me dirigí a la entrada principal, preparándome para lo peor.
Allí estaba, plantado en la acera frente a Almacenes Senju, con los brazos cruzados y su habitual expresión ceñuda que parecía desafiar al mundo entero. Los transeúntes se desviaban instintivamente para no chocar con su sólida figura.
—Maestro Dōin —saludé, haciendo una reverencia respetuosa pero cautelosa—. ¿En qué puedo servirle? ¿Ocurre algo?
El enano me escrutó de arriba abajo con sus ojos penetrantes. —¿Ocurre algo? Lo que ocurre es que se me acabó la maldita salsa, muchacho. Eso ocurre.
Me quedé helado. —¿La... la salsa?
—¡Sí, la salsa! —gruñó, impaciente—. La número tres. "Corazón Valiente", o como sea que llames a esa cosa decentemente picante. ¡No la porquería dulce del principio ni el fuego absurdo del final! ¡La tres! Se me acabó la que me llevé del concurso. Y quiero más.
Parpadeé, procesando la información. El enano. El Maestro Herrero Dōin. Había venido hasta aquí... porque le había gustado mi salsa Nivel 3 y quería comprar más. Una sonrisa lenta, muy lenta, empezó a dibujarse en mis labios. La situación era tan inesperada, tan irónica... que era perfecta. Recordé nuestra conversación en su taller, su tono despectivo, su "vuelve cuando tengas el oro".
Era hora de voltear la tortilla.
La sonrisa en mis labios se ensanchó, aunque la mantuve controlada, imitando la seriedad comercial que había visto en Senju-san y, a mi pesar, en el propio Enano. Me enderecé, adoptando un aire de tranquila profesionalidad que esperaba ocultara el salto mortal que daba mi corazón.
—Ah, Maestro Dōin. La salsa "Corazón Valiente" —dije, asintiendo lentamente, como si estuviera consultando un catálogo mental de productos exclusivos—. Sí, recuerdo que pareció disfrutarla. Es una de mis especialidades. Elaborada con ingredientes selectos traídos de mi tierra, un equilibrio perfecto entre sabor y desafío... trabajo fino, como usted diría.
El Enano gruñó, impaciente. —¿Vas a venderme la salsa o a darme un discurso de vendedor barato, muchacho? ¡Necesito seis frascos! ¡Ahora! ¿Cuánto?
«Aquí vamos», pensé. Respiré hondo, recordando sus palabras en la forja, su tono cortante, su "precio justo por trabajo a medida y de calidad". Era mi turno.
—Seis frascos de "Corazón Valiente"... —repetí, fingiendo calcular—. Dado el coste de los ingredientes importados, la complejidad de la receta y, por supuesto, la exclusividad del producto... —hice una pausa deliberada, mirándolo directamente a los ojos—. Son cincuenta monedas de plata por frasco, Maestro. Precio fijo. ¿Lo toma o lo deja?
Un silencio tenso cayó entre nosotros. Pude ver la sorpresa cruzar la ruda cara del Enano, seguida rápidamente por indignación.
—¡Cincuenta platas! —bramó, su voz haciendo que un par de peatones cercanos se sobresaltaran—. ¡Por un frasco de salsa! ¡Estás loco, muchacho! ¡Eso es un robo descarado! ¡Con eso casi compro un buen martillo!
Mantuve la calma, encogiéndome ligeramente de hombros. —Es un producto único, Maestro Dōin. No encontrará nada igual en toda la capital. Como usted dijo sobre sus herramientas: quiere calidad y exclusividad, paga por ello. Si busca picante barato que solo queme sin sabor, seguro que hay vendedores en el mercado dispuestos a complacerle. Yo ofrezco... una experiencia. Cincuenta platas el frasco.
El Enano me fulminó con la mirada. Vi la lucha interna en su rostro: el orgullo herido, la indignación por el precio, pero también... el recuerdo del sabor, el deseo por esa salsa que, claramente, le había gustado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Resopló con fuerza por la nariz, como un toro preparándose a embestir.
—¡Maldito seas, extranjero aprovechado! —masculló entre dientes. Se cruzó de brazos, mirando al cielo como si pidiera paciencia a sus dioses de la forja. Luego, suspiró con la fuerza de un fuelle oxidado—. Está bien, está bien. Trato hecho. ¡Cincuenta platas el maldito frasco! ¡Seis frascos quiero! ¡Pero más te vale que sepan igual que la del concurso!
Una oleada de triunfo recorrió mi interior, pero mantuve mi expresión neutral. —Por supuesto, Maestro. Calidad garantizada. Seis frascos a cincuenta platas son... trescientas platas. Tres monedas de oro.
El Enano asintió a regañadientes. —Sí, sí, sé contar. Ahora, sobre esas herramientas que querías...
—Ah, sí. El Comal y la Prensa —dije, retomando el tema con suavidad—. El precio total que me dio fue de tres oros y ocho platas, ¿correcto?
—Correcto —confirmó él, mirándome con suspicacia, esperando quizás que intentara regatear de nuevo.
—Bien —dije, sonriendo por primera vez—. Entonces, si le parece justo, podemos hacer un intercambio directo. Los seis frascos de salsa "Corazón Valiente", valorados en tres oros, a cambio del trabajo de fabricación del Comal y la Prensa. Le quedaría yo debiendo únicamente las ocho monedas de plata restantes.
El Enano parpadeó, procesando la propuesta. Era lógica, directa, usando sus propios precios y valoraciones. Vio que no había trampa, solo una aplicación de la misma lógica comercial que él usaba. Soltó otro resoplido, esta vez quizás con un matiz de respeto a regañadientes.
—Listo eres, extranjero... —murmuró—. Usando mis propias palabras contra mí... Hmph. Está bien. Trato hecho. Las herramientas por la salsa, y me debes ocho platas. Tendré el Comal y la Prensa listos en... digamos, dos semanas. Mucho trabajo acumulado. Ven entonces, y trae mis ocho platas. Y la salsa, por supuesto.
—Trato hecho, Maestro Dōin —confirmé, sintiendo una inmensa satisfacción—. Estaré con usted en dos semanas con el pago pendiente y sus seis frascos.
El Enano asintió, preparándose para irse, pero yo lo detuve con un gesto.
—Una cosa más, Maestro, si me permite —dije, adoptando un tono ligeramente más deferente ahora que el trato principal estaba cerrado—. Un pequeño detalle... un favor adicional.
El Enano se giró, arqueando una ceja con impaciencia. —¿Ahora qué?
—En la Prensa —expliqué—. En la placa superior, la que presiona la masa... Me gustaría un grabado. Un diseño especial.
—¿Un grabado? —repitió, escéptico—. Eso es trabajo extra, muchacho. Tiempo y detalle. Cuesta más.
—Lo sé, Maestro. Y estoy dispuesto a compensarlo. ¿Qué le parecerían... —hice una pausa, calculando rápidamente— dos frascos adicionales de "Corazón Valiente", entregados junto con los otros seis, a cambio de añadir este diseño?
El interés del Enano se reavivó visiblemente ante la mención de más salsa. —¿Dos frascos más por un simple dibujo? Tendría que ser un buen dibujo... ¿Qué quieres que grabe? ¿El emblema de tu familia de comedores de fuego?
Negué con la cabeza y, con cuidado, saqué de una bolsa que llevaba el Incensario Coatli de ébano. Lo sostuve para que pudiera ver el intrincado tallado en su superficie.
—Quiero la cara de este dragón —dije, señalando la cabeza de Quetzalcóatl, con sus plumas y rasgos serpentinos—. Es... un símbolo importante. De mi hogar. De mi cocina.
El Maestro Dōin se acercó un poco, sus ojos expertos examinando el tallado del incensario con una apreciación profesional que no intentó ocultar.
—Hmm... —murmuró, acariciando su barba—. Un dragón extraño. Con plumas... Estilo antiguo. Intrincado. No es un simple garabato, requerirá mano firme para replicarlo bien en metal...
Levantó la vista hacia mí, sus ojos brillando con una mezcla de interés artesanal y astucia comercial. —Está bien, extranjero. Dos frascos más de tu salsa picante por el dragón emplumado en la prensa. Pero que quede claro: hago dragones que parecen dragones, no caricaturas. Será un trabajo de calidad.
—No espero menos de usted, Maestro —respondí con sinceridad, guardando el incensario—. Dos frascos adicionales por el grabado. Trato hecho.
—Trato hecho —confirmó el Enano con un último gruñido—. Dos semanas. Ocho platas y ocho frascos de salsa. Y tendrás tus planchas y tu prensa con dragón. Ahora, déjame volver a mi forja. Tengo metal esperando.
Y esta vez sí, sin más preámbulos, el Maestro Herrero Dōin se dio la vuelta y se alejó con su paso decidido, dejando atrás a un mexicano reencarnado que sentía que, por fin, las piezas empezaban a encajar.




