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Episodio 20: La Apuesta Picante

Me quedé allí, sentado sobre el fardo de grano en el almacén polvoriento, mirando a Kenji como si acabara de sugerir que cruzáramos un río infestado de cocodrilos usando pollos de hule como flotadores. La propuesta –un concurso público de resistencia al picante– resonaba en el aire quieto, absurda y terriblemente tentadora a partes iguales.

«¿Un desafío de picante?», repetí en mi mente, la incredulidad luchando contra una chispa de desesperada curiosidad. Kenji, con su seriedad habitual que hacía la idea aún más surrealista, esperaba mi respuesta, sus ojos fijos en mí.

Mi primer instinto fue reír. Reír a carcajadas por lo demencial de la propuesta. ¿Convertirme en una atracción de feria? ¿"El Extranjero que Come Fuego"? Sonaba como el cartel de un circo de mala muerte. Era peligroso, irresponsable. ¿Qué pasaría si alguien se enfermaba gravemente? La culpa, las posibles consecuencias legales en este mundo... ¿Y qué diría Senju-san? Probablemente me miraría con esa mezcla suya de diversión y profunda decepción antes de sugerirme amablemente que reconsiderara mi cordura.

Pero...

La imagen del dibujo que le había hecho al enano herrero volvió a mi mente: el círculo perfecto del comal, el mecanismo ingenioso de la prensa. Y junto a ella, la cifra aplastante: tres oros y ocho platas. Una fortuna.

Y luego, la otra imagen: yo mismo, con las manos cubiertas de masa pegajosa, intentando palmear una tortilla que se resistía a tomar forma, terminando con algo más parecido a un mapa deforme de un continente desconocido que a la base de un taco. La habilidad desbloqueada me daba el cómo, pero la práctica, la destreza... eso llevaría tiempo. Semanas, meses quizás, de frustración y resultados mediocres hasta que mis torpes manos de oficinista reencarnado aprendieran el ritmo ancestral.

Tenía dos caminos claros ahora. El lento, el seguro (relativamente), el arduo: practicar sin descanso, ahorrar cobre a cobre durante una eternidad trabajando en el almacén, comiendo estofado insípido mientras soñaba con carnitas. O... este otro camino. El atajo loco. La apuesta de Kenji. Un riesgo enorme, sí, pero con la promesa tentadora de conseguir el dinero para las herramientas ahora.

La propuesta de Kenji no venía de la nada. Tenía una lógica retorcida pero basada en la realidad que habíamos observado. La reacción de todos a mi tolerancia al picante. El gusto local por los desafíos, por las apuestas, por el espectáculo de la resistencia, que Kenji había mencionado. ¿Era tan descabellado pensar que la gente pagaría por ver –y participar en– algo así?

Me froté la cara, sintiendo el polvo y el sudor fríos sobre mi piel. La desesperación era un mal consejero, lo sabía. Pero la visión de esas tortillas perfectas, calientes, listas para recibir cualquier guiso... era un canto de sirena demasiado poderoso. Era la llave para traer un pedazo real de mi hogar a este mundo, no solo como un recuerdo nostálgico, sino como una realidad tangible y deliciosa.

Quizás... quizás esta locura era exactamente el tipo de empujón que necesitaba. Una solución tan extraña como el propio hecho de estar aquí. Una solución nacida de mi propia y peculiar condición de "extranjero".

Respiré hondo el aire cargado del almacén. La decisión se sentía como saltar de un acantilado esperando que hubiera agua abajo. Miré a Kenji, cuya expresión seguía siendo seria, expectante.

«Al diablo», pensé. «Ya morí una vez por una silla rota. ¿Qué es un pequeño concurso de picante comparado con eso?».


Levanté la cabeza lentamente, encontrando la mirada seria de Kenji. La locura de la idea todavía me hacía sentir un vértigo extraño, pero la determinación había cristalizado en medio de la desesperación. Respiré hondo una vez más.

—Está bien, Kenji-san —dije, mi voz sonando más firme de lo que me sentía—. Hagámoslo. Hagamos tu... tu concurso de picante.

Una expresión de sorpresa genuina cruzó el rostro de Kenji, seguida por algo que podría interpretarse como... ¿satisfacción sombría? O quizás solo alivio por no haber sido rechazado de plano. Asintió lentamente, como si él mismo estuviera asimilando que yo había aceptado.

—Bien —murmuró—. Sabía que entenderías. El camino difícil no siempre es el único camino.

—No estoy seguro de si esto es "entender" o simplemente estar desesperado —repliqué con una media sonrisa irónica—. Pero si crees que funcionará... estoy dispuesto a intentarlo. Necesito esas herramientas.

Kenji se irguió un poco. —Funcionará. O al menos, será un espectáculo memorable. Pero tenemos que hacerlo bien. Rápido y organizado.

—De acuerdo —asentí, mi mente ya empezando a correr, tratando de anticipar problemas—. Primero, las salsas. Necesitaré varios niveles. Desde algo que la gente normal pueda disfrutar... hasta... bueno, hasta "eso" —dije, recordando su reacción y la de Senju-san—. Tendré que experimentar para encontrar los puntos justos.

—Cinco niveles —sugirió Kenji—. Como los dedos de una mano. Fácil de entender para apostar. Nivel uno, fácil. Nivel cinco... llamémoslo "Aliento de Dragón" (龍の息吹 - Ryū no Ibuki).

La descripción me hizo sonreír a mi pesar. —"Aliento de Dragón"... suena apropiado. Y necesitaremos un lugar. Un día de mercado, como dijiste. ¿Dónde? ¿Cómo conseguimos un puesto?

—El mercado principal, cerca de la zona de comidas. Siempre hay espacio para espectáculos o vendedores temporales si pagas la tarifa y pides permiso al Gremio o a la guardia del mercado —explicó Kenji, demostrando un conocimiento práctico que me sorprendió—. Eso implica... papeleo. Y dinero por adelantado para el permiso y el puesto.

—Dinero que apenas tengo —señalé, pensando en mis 16 platas y pocos cobres—. No alcanza ni para empezar con algo así.

—Yo puedo adelantar algo para los permisos iniciales —ofreció Kenji, para mi sorpresa—. No mucho, pero para empezar. Lo recuperaré de las ganancias. Si las hay.

Lo miré con renovado asombro. —¿De verdad crees tanto en esto?

Kenji se encogió de hombros, una expresión casi traviesa asomando en sus ojos por primera vez. —Digamos que... me gusta ver las cosas ponerse interesantes. Y ver la cara que pone la gente cuando prueba tu nivel cinco... podría valer la inversión. Además —añadió, volviéndose serio de nuevo—, es frustrante verte trabajar duro y chocar contra un muro por algo como el dinero. Si esto ayuda... bien.

Su inesperada muestra de camaradería (o quizás solo su gusto por el caos) me conmovió ligeramente. —Gracias, Kenji-san.

—Pero —continuó, levantando un dedo admonitorio—, hay riesgos. Gente que se enferme, aunque participen voluntariamente. Peleas si las apuestas se calientan. Y las autoridades... no les gustan los espectáculos demasiado ruidosos o peligrosos sin control. Necesitamos ser cuidadosos. Quizás tener agua, leche, o algo para aliviar a los... participantes. Y reglas claras. Quizás algo como una cantidad estándar por prueba...

—Sí, absolutamente. Una cucharada estándar por nivel, quizás aumentando la cantidad... Tendremos que definirlo bien. Responsabilidad limitada, reglas visibles... —murmuré, pensando en voz alta—. Y sobre todo... necesitamos la aprobación de Senju-san. No podemos hacer esto a sus espaldas. Usaríamos su nombre, su reputación...

Kenji asintió con gravedad. —Cierto. Hablar con el Danna es el siguiente paso. Él decidirá si esta locura puede siquiera empezar. Y quizás Yuki-san... ella es buena organizando cosas y tratando con la gente. Podría ayudar con los permisos, la publicidad...

—De acuerdo. Hablemos con ellos esta noche, después de la cena —propuse, sintiendo que el plan, aunque descabellado, empezaba a tomar una forma tangible—. Les explicaremos la situación, la idea... y veremos qué dicen.

Kenji asintió de nuevo, la expresión decidida de vuelta en su rostro. —Bien. Ahora... terminemos de guardar esto. Y luego, puedes empezar a pensar en tus... cinco niveles de tortura placentera.

Una sonrisa tensa se dibujó en mis labios. La suerte estaba echada, o al menos, la apuesta estaba sobre la mesa. El concurso de picante. Mi extraña, peligrosa y quizás única oportunidad de conseguir las herramientas para hacer realidad mi sueño de tortillas en este mundo.

Esa noche, después de una cena donde la tensión flotaba bajo la superficie de la conversación habitual, Kenji y yo intercambiamos una mirada. Había llegado el momento. Senju-san sorbía su té con calma, mientras Yuki recogía los últimos cuencos con la diligencia de siempre, aunque percibí una leve inquietud en sus movimientos; probablemente había notado la extraña atmósfera entre Kenji y yo.

—Senju-san, Yuki-san —empecé, mi voz un poco más firme que antes, impulsada por la decisión ya tomada—. Kenji-san y yo... necesitamos hablar con ustedes sobre algo importante. Es sobre... mi frustración de hoy. Y una idea que hemos tenido.

Senju-san dejó su taza sobre la mesa baja, sus ojos serenos fijos en mí. —¿Oh? Creí que solo estabas cansado, Takechi-kun. ¿Qué ocurre realmente?

Yuki se detuvo, sosteniendo una pila de pequeños platos, y se giró hacia nosotros, su expresión mezclando curiosidad y la preocupación que ya había mostrado.

Respiré hondo. —Confirmé lo de las herramientas que necesito para hacer tortillas, el Comal y la Prensa. El Maestro Herrero Dōin puede hacerlas, entiende el concepto, pero... —tragué saliva— pide tres monedas de oro y ocho platas por ambas.

La reacción fue inmediata. Yuki ahogó un pequeño grito [ひゃっ!], llevándose una mano a la boca. —¿¡Tres oros!? ¡Por utensilios de cocina! ¡Ese enano es un ladrón!

Senju-san frunció ligeramente el ceño, asintiendo lentamente. —Dōin-san no regala su trabajo, ciertamente. Tres oros y ocho platas... es el precio de un caballo de guerra decente, o el alquiler anual de una buena tienda en este distrito. Una suma considerable.

—Lo sé —dije, sintiendo la desesperación—. Con mi paga... —miré a Senju-san, quien asintió confirmando las 14 platas que me correspondían—, apenas junto 30 platas. No es nada comparado con las 308 que necesito. Tardaría años...

Fue Kenji quien intervino, su voz grave cortando mi lamento. —Por eso, Danna, Yuki-san... le propuse a Takechi-kun una alternativa. Una forma... rápida. Arriesgada, pero rápida.

Senju-san alzó una ceja, su interés picado. —¿De qué se trata, Kenji? Rara vez propones atajos.

Kenji explicó entonces el plan del concurso de picante. El concepto de los cinco niveles, culminando en el "Aliento de Dragón". La idea de cobrar una entrada alta (veinte platas) para atraer a un público específico y reunir fondos rápidamente. Mencionó la necesidad de permisos, un puesto, y los riesgos inherentes.

Mientras Kenji hablaba, observé las reacciones. Yuki pasó de la sorpresa inicial al horror apenas disimulado. Sus manos apretaban los platos con fuerza, sus ojos iban de Kenji a mí con incredulidad y clara preocupación por mi bienestar (y quizás por la reputación de la tienda).

Senju-san, en cambio, escuchaba con atención impasible, aunque vi un brillo extraño en sus ojos. ¿Diversión? ¿Cálculo? ¿O simple curiosidad ante la audacia de la idea?

—...y necesitaríamos unos 35 platas para los costos iniciales —concluyó Kenji—. Takechi-kun usaría su paga, y yo pondría las 5 platas que faltan. Si atraemos a 25 participantes, podríamos superar las 308 platas necesarias.

El silencio que siguió fue denso. Yuki fue la primera en romperlo, su voz teñida de alarma.

—¡Pero... pero Kenji-san, Takechi-kun! ¡Un concurso de comer algo tan... extremo! ¡Es una locura! ¿Y si alguien se enferma gravemente? ¿La responsabilidad? ¿La reputación de Senju-sama? ¡Podrían cerrarnos la tienda!

—Tendríamos precauciones, Yuki-san —intervine yo, intentando sonar más seguro de lo que me sentía—. Avisos claros, exenciones de responsabilidad (si eso existe aquí), agua, leche... Y yo estaría compitiendo, demostrando que es posible... para algunos.

—Es un riesgo calculado, Yuki —dijo Kenji, aunque su tono no era del todo convincente—. La gente de la capital paga por emociones fuertes.

Todas las miradas se volvieron hacia Senju-san. Él se acarició la barbilla pensativamente, su mirada yendo de uno a otro.

—Es... una idea audaz, Kenji. Y arriesgada, como bien dice Yuki —comenzó Senju-san, su voz tranquila pero con un peso innegable—. Muy arriesgada. Podría dañar la reputación que tanto me ha costado construir si algo sale mal. Las autoridades podrían intervenir si se percibe como un peligro público o una simple pelea de borrachos glorificada. Y tres oros... sigue siendo mucho dinero por unas planchas para hacer pan, Takechi-kun. ¿Estás seguro de que son tan indispensables?

Dudé un instante, recordando mi realización sobre el palmeado manual. —Indispensables para hacerlas bien y rápido, Senju-san —respondí con sinceridad—. Podría intentar hacerlas a mano, pero mi habilidad es nula. Tardaría meses, quizás años, en lograr algo decente. Estas herramientas son el puente para poder ofrecer algo de calidad, algo que represente bien a mi cocina.

Senju-san asintió lentamente, aceptando mi razonamiento. Volvió a guardar silencio, sopesando. Podía ver los engranajes girando en su mente de comerciante: riesgo vs. recompensa, coste vs. beneficio, reputación vs. oportunidad.

Finalmente, una pequeña sonrisa tiró de sus labios. —Pero... —dijo, y la atmósfera cambió ligeramente— también es... innegablemente Senju. Tiene ese toque de espectáculo, de novedad... atraería la atención, sin duda. Y conozco a la gente de esta ciudad. Kenji tiene razón: les encanta un buen desafío y una apuesta tonta. Y tu resistencia, Takechi-kun —me miró directamente—, es ciertamente un espectáculo en sí misma. El "Extranjero del Aliento de Dragón"... tiene gancho comercial.

Mi corazón dio un vuelco. ¿Lo iba a aprobar?

Senju-san se reclinó ligeramente. —¿Están seguros de que pueden manejarlo? ¿Las salsas tendrán niveles distinguibles y seguros hasta cierto punto? ¿La logística del evento será impecable? ¿Las medidas de seguridad serán suficientes para mitigar los riesgos obvios?

—Yo me encargo de las salsas, Senju-san. Puedo controlar los niveles —aseguré, sintiendo una oleada de confianza (quizás injustificada) en mi habilidad para manejar los chiles.

—Yo me ocuparé del puesto y de mantener el orden, Danna —afirmó Kenji con determinación.

—Y... yo podría intentar conseguir los permisos y hacer correr la voz —ofreció Yuki, su preocupación aún visible, pero superada por su lealtad y eficiencia—. Pero necesitaremos ser muy, muy cuidadosos con las reglas y las advertencias.

Senju-san nos observó a los tres, evaluando nuestro compromiso. Finalmente, asintió con decisión.

—Muy bien. Procedan. —Su tono era firme—. Pero con extrema precaución. Quiero un plan detallado mañana por la mañana: reglas exactas del concurso (niveles, cantidades, criterios de eliminación), medidas de seguridad (agua, leche, ¿alguien con conocimientos médicos cerca?), presupuesto final detallado, plan de manejo de dinero y control de multitudes. Y quiero probar personalmente cada nivel de salsa antes del evento. Si veo algo que no me convence, o si alguna de esas salsas es simplemente veneno irresponsable, cancelamos todo. ¿Entendido?

—¡Sí, señor! —respondimos Kenji y yo, sintiendo una mezcla de alivio y la enorme presión de la tarea.

—¡Haré mi mejor esfuerzo, Senju-sama! —añadió Yuki, su mente ya trabajando en la logística.

La tensión en la habitación se disipó, reemplazada por una energía nerviosa y expectante. La loca idea había recibido luz verde, aunque condicional. El concurso de picante estaba oficialmente en marcha. Ahora empezaba la verdadera carrera contrarreloj para organizar un evento potencialmente caótico y peligroso, con la esperanza de ganar una fortuna y, finalmente, poder hacer mis malditas tortillas. La noche se sintió de repente mucho más corta.


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