La escena en cadena y el tigre sagrado
El bosque entero contenía la respiración. Desde lejos, las criaturas temblaban, incapaces de comprender la lógica que acababa de imponerse. El ogro, el zombie, el robot y la lamia que también queria comersela, se miraban entre sí, buscando respuestas que no existían. Todos habían intentado devorar a la humana, todos habían fracasado. Y ahora, en medio del silencio, resonaba la pregunta que nadie podía evitar:
«¿Qué clase de humana es esa?»
Koko mordió otra papita con calma, como si nada de lo ocurrido tuviera importancia.
«La que come primero y pregunta después.»
El eco de sus palabras se expandió entre los árboles, y fue entonces cuando un rugido dorado quebró la quietud. El Tigre Sagrado de Bengala apareció envuelto en un aura ancestral, su pelaje brillando como fuego místico. Caminaba con la dignidad de un espíritu que había devorado reyes y conquistado imperios. Su voz resonó como trueno:
«Humana…soy espíritu milenario. He devorado monarcas y héroes. Prepárate, te comeré.»
Koko lo miró con cero impresión, la lanza en la mano y la soda en la otra.
«Pues estos qué. Quieren comerme, quieren matarme… ¡y no me dan nada a cambio! ¿Pensaron que iba a ser fácil? ¿Que iba a ser gratis? Además… estás gordito como para gato asado.»
El Tigre Sagrado se quedó petrificado. Su aura dorada titiló, como si la palabra “gordito” hubiera perforado siglos de orgullo.
«¿Gordito? ¿Gato… asado? ¡Qué humana tan extraña!»
Retrocedió lentamente, envuelto en humo místico. Su voz se convirtió en un murmullo de derrota.
«Soy espíritu milenario…y me trataron como pollo rostizado. Necesito meditar 300 años.»
El bosque volvió a quedar en silencio. Las demás criaturas observaron cómo el Tigre Sagrado desaparecía, traumatizado. Y Koko, sin inmutarse, siguió comiendo papitas, como si todo aquello fuera apenas un intermedio antes de la cena real




