Capítulo 4: Días de escuela - Segunda parte
No había pasado mucho desde que terminó la escuela, pero Sora ya se sentía invadido por la nostalgia. Se preguntaba si eso era algo bueno o simplemente una señal de que había vivido algo que realmente valía la pena.
—Pasaron tantas cosas en tan poco tiempo —murmuró—. Nunca pensé que lo disfrutaría tanto. Pero debo admitirlo: “fui un idiota con los sentimientos de Yume”. Si hubiera sido más valiente desde el principio, quizá habríamos creado aún más recuerdos juntos.
No podía cambiar el pasado. Lo sabía. Pero, aun así, se sentía agradecido de haber encontrado el valor —aunque fuese tarde— para confesarle su amor.
◇◇◇
Fin del Segundo Año:
Yume siempre fue fuerte. Nunca dudé de eso.
Aunque había ganado otros amigos y amigas, para mí ella era una luz irremplazable. Sin embargo, su cuerpo era frágil. Cuando su salud empeoraba, fingía que no pasaba nada. Sonreía, hacía bromas.. como si nada pudiera tocarla.
Pero era imposible no notarlo.
A veces inventaba excusas para que el grupo se reuniera en mi casa en lugar de salir. Otras veces, simplemente me quedaba a su lado, diciendo que no tenía ganas de ir a ningún sitio o que me sentía perezoso. Cualquier pretexto servía con tal de no dejarla sola.
Pero eso no solucionaba nada. Solo era una forma de esquivar el problema.
Cuando el año escolar estaba por terminar, Yume dejó de venir a clases. Traté de llamarla, pero siempre respondía lo mismo:
—Estoy bien. Pronto volveré.
Hasta que un día, mientras regresaba a casa con mis amigos bajo una llovizna suave, sentí algo.
La misma sensación que tuve la primera vez que la conocí.
—Lo siento, chicos. Tengo que irme.
—¿Eh? ¿Sora? ¿Adónde vas? —preguntó Yousuke.
No respondí.
Corrí.
La vi en la estación de tren, sola, de pie, como si llevara horas allí… esperando, o tal vez dudando. No parecía mojada, pero el frío era intenso, y su cuerpo nunca había sido fuerte.
—¿Yume? ¿Qué haces aquí? Deberías estar en casa. Si necesitas algo, puedo ayudarte.
Me acerqué con cuidado, preocupado. Ella no respondió de inmediato. Solo levantó la mirada hacia mí. Sus ojos, normalmente llenos de vida, parecían apagados.
Cuando habló, su voz fue suave, distante, muy distinta a su tono confiado de siempre.
—Sí.. supongo que solo soy una chica necesitada. Alguien lamentable.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—¿Qué…?
—Dime la verdad —continuó—. ¿Sientes lástima por mí? Nunca quise eso, Sora. Nunca.
—Eso no es verdad… —intenté decir, pero me interrumpió.
—¿Crees que soy idiota? —su voz tembló—. Me doy cuenta cuando inventas excusas, cuando me tratas diferente. ¿Por qué seguir al lado de una chica defectuosa? Solo… quédate con otra persona.
Sus palabras sonaron como una orden, pero su voz estaba rota.
Entonces apareció su padre.
No me miró con reproche ni con enojo. Solo con la seriedad cansada de un padre que quiere proteger a su hija por encima de todo.
—Sora —dijo con firmeza—, como padre, mi prioridad siempre será mi hija.
La cubrió con una manta y la guió hasta el coche. Yume apenas murmuró que solo había salido a tomar aire, que encontrarme había sido una coincidencia.
Me quedé allí, bajo la lluvia, empapado. En toda mi vida nunca me había enfermado; nunca había sentido que mi cuerpo me fallara. Pero en aquel momento, el corazón no dejaba de dolerme.
Sabía que Yume disfrazaba su miedo con bromas. Sabía que, pese a su aparente confianza absoluta, en el fondo había una chica frágil, insegura de sí misma. Y yo, que decía conocerla mejor que nadie, la había empujado hasta ese extremo.
Entonces una pregunta se formó en mi mente:
“¿por qué sigues quieto, lamentándote de tu propia situación, cuando ella te necesita?”
—Estás actuando como un verdadero idiota —me dije en voz baja.
Así que hice lo único que podía hacer: buscarla.
Fui primero a su casa. No estaba.
Después fui al hospital donde había trabajado antes, uno que la familia de Yume manejaba. Allí encontré a varias personas con las que había colaborado como ayudante. Todas me dijeron lo mismo: que Yume no estaba.
Sabía que mentían.
Tenía la certeza de que ella estaba allí. Si hubieran sido personas nuevas, tal vez habría sido un problema. Pero con ellos bastó insistir un poco para que me dejaran pasar.
Hasta que por fin pude volver a estar a su lado.
—¿Sora…? —dijo, sorprendida—. ¿Qué haces aquí? Se suponía que no te dejarían pasar.
—No podía quedarme quieto. —respondí.
Respiré hondo. Sin rodeos, sin máscaras, dije lo que llevaba tiempo guardándome:
—Yume… quiero estar contigo. Como novios. Lo digo en serio.
Las palabras salieron de golpe, como un disparo. Sinceras, torpes… pero mías. Ella me miró con sorpresa, como si necesitara un momento para procesarlas.
—¿Lo dices… en serio?
—Nunca he estado más seguro.
—¿Aunque estoy defectuosa? ¿Aunque soy difícil? ¿Aunque intenté alejarte?
—Sí —respondí sin dudar—. Me gustas. Tal como eres.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho con fuerza. Yume guardó silencio unos segundos. Luego soltó un suspiro suave… y sonrió.
—Tardaste mucho, ¿sabes?
—¿Eh?
—Pensé que tendrías que caerte de cabeza para darte cuenta. Pero bueno… no estuvo tan mal.
Alzó la mirada hacia mí, un poco avergonzada, pero decidida.
—Me gustas desde hace tiempo, Sora. Pero sabía que no lo notarías. Eres como el protagonista clásico de una comedia romántica: torpe, despistado y desesperantemente lento.
Quise responder algo ingenioso, pero las palabras simplemente no salieron.
Ella extendió su mano. La tomé con cuidado, y enseguida entrelazó sus dedos con los míos, sin intención de soltarlos.
—Entonces… ahora sí estamos saliendo, ¿no?
Asentí, más feliz de lo que jamás creí posible.
—Genial —susurró, apretando mi mano—. Me gustas mucho. ¿Sabías?
Yo solo apreté su mano un poco más fuerte, tratando de contener toda la emoción que me desbordaba. En ese instante, todo parecía encajar: tenía una novia que realmente se preocupaba por mí, amigos con los que podía contar y, aunque había perdido a mi madre, todavía estaba mi padre. Por primera vez en mucho tiempo, empezaba a sentirme completo.
Pero antes de que pudiera decir algo más, Yume tiró suavemente de mi mano, acortando la distancia entre nosotros. Su sonrisa traviesa apareció por un segundo, y luego me besó.
Fue rápido, inesperado, casi como un relámpago. Mis ojos se abrieron de sorpresa, y mi corazón dio un salto tan fuerte que pensé que me iba a desmayar.
—Hehe… nuestro primer beso —bromeó, sonriendo confiada, aunque sus mejillas ardían de vergüenza—. Si esperaba a que tú lo hicieras, podríamos tardar años… o, como mínimo, hasta que anunciaran otra temporada o una película si esto fuera un anime.
Me quedé mirándola, mudo, mientras ella parecía disfrutar mi expresión de desconcierto y nerviosismo. Apretó otra vez mi mano, firme, como si no pensara soltarme nunca.
Y entonces, por primera vez, reuní el valor suficiente para responder como debía. Me incliné y la besé de vuelta, esta vez sin dejar que fuera solo una sorpresa.
Los días que siguieron fueron tranquilos. Tal vez demasiado. Yume y yo hablábamos como siempre: a veces con risas, a veces en silencio. El segundo año terminó entre recuerdos cálidos, abrazos inesperados y miradas que ya no necesitaban palabras.
Y aunque su salud seguía siendo inestable, ella insistía en que estaba bien. Yo, en silencio, me prometí que sin importar su estado, la amaría. Porque en mi vida… ella se había convertido en la única excepción.
Estaría a su lado en cada paso, incluso en aquellos momentos en los que mis propios miedos quisieran contradecirme. Porque estar juntos no era el final de la historia: nuestra historia de amor apenas estaba comenzando.
◇◇◇
Mientras retomaba el camino, noté cómo la nieve comenzaba a acumularse con más fuerza a mi alrededor.
—Aunque haya nieve o no… sigue siendo el mismo camino de siempre.
Pronto ya no tendría que pasar por aquí. Para ir a la universidad había otra ruta. Por fin iba a comenzar mis estudios de medicina, algo que había deseado desde hacía tiempo.
—…Me pregunto si lograré llegar a tiempo a todas las clases —dije con una sonrisa resignada.
Incluso en secundaria hubo días en los que estuve a punto de llegar tarde, y ahora, con la universidad tan lejos, tendría que volverme más responsable. Supongo que era parte de crecer.
◇◇◇
Tercer año:
La luz de la mañana se filtraba molesta por entre las cortinas cerradas. La puerta se abrió lentamente.
—Papá… —murmuré, medio dormido—. Se supone que no debes entrar si no te doy permiso.
—Hijo mío… es mi casa —respondió con una sonrisa, cruzándose de brazos—. Apúrate o llegarás tarde a tu primer día de clases. Y que Yume esté lejos no es excusa para descuidarte.
Miré el reloj.
—¡Rayos! ¡Son las 7:35! —me levanté de un salto—. ¡Las clases empiezan a las 8:00!
Me vestí a toda prisa, agarré un pedazo de pan y salí corriendo con la mochila al hombro. Por suerte, logré alcanzar el autobús a tiempo. No quería empezar mi tercer año llegando tarde. El trayecto fue rápido, y al bajar solo debía caminar un poco más para llegar a la puerta de la escuela. Ya estaba a salvo.
—¡Ey! ¡Sora! —gritó una voz familiar a mis espaldas.
Era Yousuke, mi primer y mejor amigo.
—¡Yousuke! —respondí con una sonrisa—. ¡No te veía desde antes de las vacaciones!
—Sí, bueno… no quería meterme en problemas con ciertas chicas —dijo, mirando alrededor como si temiera que alguien saltara de los arbustos.
—¿Eh? ¿Por qué lo dices?
—Mmm… mejor olvídalo. Aunque, si quieres que te lo cuente…
—¡Hola, Sora! ¡Hola, You-su-ke~! —interrumpió una voz femenina desde atrás, con un tono exageradamente alegre.
Nos giramos. Dos chicas se acercaban: una de cabello y ojos castaños claros, radiante como siempre; la otra, más pequeña, con cabello y ojos blancos y una expresión suave, aunque difícil de leer. Anise y Mei.
Anise fue directo hacia Yousuke, con una sonrisa demasiado amplia para ser inocente.
—Dime, Yousuke. ¿Qué ibas a decir?
Yousuke palideció.
—Ah… eh… yo… ¡jajaja! Creo que tengo problemas de memoria. Tal vez necesite ver a un médico —respondió, rascándose la nuca.
—Hola, Yousuke. Hola, Sora —saludó Mei con voz baja. Siempre hablaba con dulzura, pero hoy sonaba más apagada de lo habitual.
Anise seguía sonriendo, pero por un instante, cuando cruzamos miradas, su expresión se volvió rígida. Al notarlo, Yousuke intentó intervenir.
—Hermana…
En ese momento, Anise sujetó a Yousuke del cuello de la camisa.
—¿Qué dijiste? —preguntó con una sonrisa bastante peligrosa—. No te escuché bien ¿podrías repetirlo?
Anise aún no aceptaba que Yousuke saliera con su hermana mayor, o que podría volverse parte de su familia en un futuro. Ella lo ignoraba con todas las fuerzas que tenía, salvo en momentos como este.
—Digo, Anise —corrigió él de inmediato—. Perdón, me adelante demasiado. Hace poco fue el cumpleaños de mi madre y, bueno… tengo un poco de pastel. ¿Quieres?
Los ojos de Anise brillaron.
—¿¡Pastel!?
Su expresión cambió por completo. Primero lo miró como si no lo mereciera, luego al pastel… y finalmente suspiró.
—¿Eh? Parece que yo también tengo problemas de memoria… ¡olvidé lo que iba a decir! —bromeó, tomando el pastel con exagerado cuidado—. Qué demencial.
Lo guardó en su mochila con cuidado.
—Una ofrenda aceptable. Gracias.
—Mei, sé que no es tan bueno como el que tú haces, pero podríamos compartirlo luego —añadió Anise.
Mei sonrió apenas, aunque esa sonrisa no llegó del todo a sus ojos.
Entonces, Anise volvió a dirigir su mirada hacia mí.
—¡Felicidades, Sora! Ya me enteré de que estás saliendo con Yume. Qué cambio tan brutal… antes parecías un marginado social.
—¿Eh? ¿Cómo te enteraste?
—Sora, nunca subestimes las conexiones femeninas —respondió con calma.
Me volví hacia Mei. Parecía incómoda.
—Por cierto, Mei, ¿estás bien? Te noto un poco nerviosa.
Anise, al notar que me acercaba demasiado a su mejor amiga, me detuvo de inmediato.
—No te acerques tanto. Mei acaba de salir de un resfriado.
Mei asintió enseguida.
—Sí… solo estoy un poco débil todavía. Pero ya estoy mejor.
Mei no estaba enferma. Tampoco acababa de salir de ningún resfriado. Aun así, decidí no insistir.
—Ah… entiendo. Entonces cuídate, ¿sí?
—Gracias —susurró.
Anise tomó la mano de Mei con suavidad y juntas se alejaron. Mientras lo hacían, me pareció ver que Mei giraba apenas el rostro… y en su expresión se dibujó una sombra de tristeza. O tal vez solo fue mi imaginación.
—Yousuke —dije, observando cómo desaparecían—, Anise ya se fue. Puedes dejar de intentar fundirte con la pared.
—Uf… eso estuvo cerca —suspiró aliviado—. Solo me quedan algunos dulces de emergencia antes de que Anise termine conmigo.
—Anise es una chica amable —dije—. Solo tienes que mantener la calma.
Yousuke me lanzó una mirada seria.
—…Eso lo dices porque tú no planeas entrar a su familia —murmuró, apenas audible.
—¿Eh? ¿Dijiste algo, Yousuke?
—Nada. Solo que me alegra que tú y Yume sean novios. Me preocupé cuando se retiró a fin de año. Estuve a punto de perder mucho dinero.
—…Acabas de admitir que apostabas con mi vida. A este punto ya no me sorprende.
Alexia ya se había ido a la universidad, así que solo quedaba una persona de nuestro grupo por aparecer.
—Has servido bien como mi guardián, pero ha llegado el momento de que tomes un pequeño descanso —dijo Alicia con una sonrisa serena, llevando la mano al pecho como si pronunciara un juramento.
Yousuke y yo la miramos sin entender. Pensé que ya había dejado de hablar así hacía tiempo.
—¿A qué viene todo eso, princesa? —pregunté, confundido.
—Sí, casi parece como si fueras a sacrificar a un caballo herido o algo así —añadió Yousuke.
—¡Por supuesto que nunca haría algo tan cruel! —respondió Alicia—. Además, tendría dinero suficiente para mantener a ese caballo… pero ya me estoy desviando.
Solo digo que acepto el resultado, al menos por ahora. Dejarás de ser mi guardián y pasarás a ser simplemente Sora. Aunque, pensándolo bien, eso suena un poco solitario… así que tal vez siga llamándote mi guardián. O caballero. Ya eres como uno para mí. Me gusta más así. Y ya me acostumbré.
—No me molesta ser tu guardián o tu caballero —dije—. Al final, todavía estaremos juntos un tiempo.
Alicia soltó una risita y miró hacia otro lado, aunque aun así alcancé a ver un leve rubor en sus mejillas.
—Bien, está decidido —añadió en voz baja—. Seguiré llamándote así… aunque, si lo ves de esa forma, todavía tengo por lo menos un año para revertir la situación.
La conversación quedó flotando entre bromas y algo más. Ninguno de los dos respondió.
Y así, entre risas suaves y palabras que sabían a despedidas en pleno comienzo, regresamos a nuestros días normales en la escuela… deseando, en secreto, que los buenos días nunca se acabaran.
◇◇◇
Pero al final, esos días sí llegaron a su fin. Y no hay mucho que uno pueda hacer al respecto.
El tiempo avanza, lo queramos o no incluso llegará el día en que todos nosotros envejezcamos.
—Me pregunto si Yousuke llegará a casarse con la hermana de Anise —murmuré con una sonrisa, mirando cómo la nieve caía lentamente
— Sería divertido ver eso junto a ti,Yume.




