Capítulo 29: Bajo la misma luna
POV – Sora
Otro día había llegado a su fin.
Descansaba en la habitación que habían preparado para mí, con Chester entre mis brazos. En esta zona la concentración del virus R era baja y podíamos observar la luna sin que el cielo estuviera cubierto por la niebla rosada. Era mucho mejor que dormir a la intemperie.
¿Qué debería hacer ahora?
¿Cuánto tiempo me queda en este mundo?
—¿Y tú qué harías en mi posición? —le pregunté a Chester.
Él solo movió ligeramente las orejas.
Sabía que no respondería. Tal vez solo quería sentir que alguien me escuchaba. Quizá por eso a las personas les gustaban las mascotas; resulta reconfortante sentir que alguien escucha tus problemas mientras imaginas que te ofrece su apoyo.
Daba lo mejor de mí, incluso cuando no me sentía bien, pero siempre parecía que no era suficiente.
Al final… soy solo una persona normal. No puedo evitar sentir que no estoy a la altura.
Entonces llamaron a la puerta.
—Amelia —dije, incluso antes de oír su voz—. Puedes pasar.
La puerta se abrió con suavidad.
—Gracias, Sora… ¿podemos hablar un momento?
—Claro. Me alegra que estés aquí.
Se sentó a mi lado. Durante unos minutos no dijimos nada. Solo observamos la luna.
—La luna se ve hermosa esta noche… ¿no crees? —murmuré sin pensarlo demasiado.
—Es hermosa porque la veo contigo —respondió ella.
De alguna forma sentí que mi pregunta y su respuesta formaban parte de algo… pero no lograba recordar qué.
El silencio se volvió más denso.
—Sora… —su voz tembló ligeramente—. ¿Has pensado… en lo que te dije antes?
Supongo que, al final, había llegado el momento de aclarar la situación.
—Sí —respondí despacio—. Llevo tiempo pensando en cuál sería la mejor forma de responderte.
No la miré directamente, pero podía sentir su nerviosismo.
—¿Puedo… saber tu respuesta?
Respiré hondo.
—Realmente te aprecio. Después de todo lo que viviste… lograste ponerte de pie. En tu lugar, quizá yo habría caído. Eres más fuerte de lo que crees. Te admiro por eso.
Las palabras empezaron a doler incluso antes de salir por completo.
—Pero… no puedo corresponder a tus sentimientos.
Sentí que, por respeto, no debía mirar su rostro. Sabía que ver sus lágrimas no sería fácil.
—…Entonces… no soy suficiente —susurró—. ¿Solo estaba soñando despierta? ¿Te he estado molestando todo este tiempo?
Tal vez era la peor forma de responder, pero contesté con otra pregunta.
—Amelia… ¿por qué quieres estar conmigo?
Ella levantó la mirada, confundida.
—…Solo tenía a mi madre. Cuando murió… tú fuiste la única persona que me hizo sentir que tenía valor. Sin ti, todos me mirarían con asco… Para mí eres todo. Tengo miedo… mucho miedo de volver a los días en los que no estabas. Por eso… por favor… toma mi vida.
Sentí cómo el dolor en mi pecho se intensificaba.
—No eres un objeto —dije con suavidad—. No eres algo que alguien pueda regalar, y eso también te incluye a ti.
Dudé un instante antes de continuar.
—Si no… cuando vuelva a mi hogar… sería demasiado difícil para ti.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Hogar…? —su voz se quebró—. ¿No estaremos juntos siempre…? ¿Qué estás diciendo?
La miré por fin.
—Amelia… yo no pertenezco a este mundo. Algún día me iré. Y cuando eso ocurra… no volveremos a vernos.
Me costó terminar la frase.
—Lo siento.
Sus piernas cedieron, como si de pronto le hubieran arrebatado toda la fuerza. Cayó de rodillas al suelo.
Por un instante consideré decirle que había una forma. El día que llegué a este mundo se me prometió que podría llevarme a una persona conmigo. Pero si hacía eso… nunca superaría su dependencia emocional.
Yo no era un ser perfecto. Tampoco alguien digno de adoración, como muchos parecían creer. Debía hacer que enfrentara la realidad para que pudiera crecer.
Incluso llegué a pensar que podría odiarme. Pero, en lugar de eso, se aferró a mí con desesperación.
Y mientras la abrazaba, sintiendo cómo su cuerpo temblaba entre mis brazos, no pude evitar pensar lo mismo de siempre:
Soy yo quien la está haciendo sufrir. Y aun así… sigo creyendo que es lo correcto.
Aquella noche, la luna brillaba sobre un mundo que seguía avanzando, indiferente a nuestros sentimientos.
◇◇◇
POV – Investigador
Hace un mes recibimos la orden de trasladarnos a un nuevo centro de investigación. Nos dijeron que era una promoción. Tendríamos acceso directo al estudio de la peste rosa y participaríamos en el desarrollo de una posible cura para la pandemia.
Al principio me sentí emocionado. Aquello podía convertirse en un nuevo hito en la historia de la humanidad, y a mí se me había dado la oportunidad de participar.
Sin embargo, esa emoción inicial pronto fue reemplazada por inquietud. Para llegar al nuevo centro era necesario tomar un ascensor que descendía durante treinta minutos hasta las instalaciones subterráneas.
Cuando llegamos, nos recibieron luces blancas y filas de soldados con trajes protectores, perfectamente alineados. A cada investigador se le entregó una tarjeta de acceso, y desde ese momento solo tuvimos permiso para ingresar a las áreas que nos habían asignado.
Ahora me encontraba frente a una persona asustada dentro de un módulo de contención.
—Perdóname… por favor… solo quiero irme…
Resultó que no trabajaríamos únicamente con muestras del virus.
Estos “ejemplares”, a simple vista, parecían completamente sanos. Sin tumores ni deformaciones, nada de los rasgos característicos de los infectados.
Y aun así estaban allí.
—No puedo hacer nada —respondí—. Es solo trabajo.
La primera vez que los vi pensé que eran otros seres humanos. Pensé que todo aquello estaba mal. Pero esos pensamientos tuvieron que desaparecer rápidamente.
Porque todos los que habían dicho cosas similares… estaban muertos.
La única forma de salir de ese lugar y recuperar nuestras vidas era sintetizar la cura. Así que solo pude llegar a una conclusión:
“Ellos no son humanos”.
Para comprender mejor el virus, no solo estudiábamos su estructura. También poníamos a prueba los límites de los ejemplares.
A veces implicaba amputaciones controladas. O la exposición a distintas sustancias para analizar cómo respondían sus organismos. Cada sujeto permanecía contenido en un módulo independiente, supervisado constantemente por una IA que monitoreaba cualquier anomalía.
El sistema estaba diseñado para evitar fugas o comportamientos inesperados, tanto por parte de los ejemplares como del propio virus que portaban.
Sin embargo, incluso con todos nuestros recursos, todavía no comprendíamos cómo sintetizar la cura. Cada vez que extraíamos muestras, la variante del virus dentro de sus cuerpos perdía estabilidad, volviéndose inútil para nuestra investigación.
Todo indicaba que, con nuestro nivel actual de tecnología, simplemente no podíamos replicarlo.
—Atención a todos los investigadores —anunció la voz de nuestro supervisor a través de los altavoces—. A los investigadores asignados a los módulos del 1 al 20 se les designará un nuevo ejemplar. Sus módulos actuales serán transferidos a otros equipos.
Al principio me sentí aliviado. No quería seguir trabajando con ejemplares que tuvieran forma humana. Pensé que nada podía ser peor.
Me equivoqué.
Cuando abrieron la compuerta de nuestra nueva área asignada, vimos el interior de un módulo especial.
Dentro había una masa de carne rosada.
Un montículo pulsante de tejido que se expandía y contraía lentamente, como si respirara. Sobre su superficie se abrían múltiples ojos en distintas direcciones, mientras varias bocas deformes se abrían y cerraban de manera irregular, como si la cosa estuviera sufriendo constantemente.
Uno de los investigadores a mi lado se llevó la mano a la boca y terminó vomitando en el suelo.
No pude culparlo.
Incluso para alguien acostumbrado a este lugar… aquello era demasiado.
—Su rol será replicar los fluidos de esa cosa. Esperamos resultados rápidos —ordenó el supervisor.
Una vez más estaban siendo irrazonables con nosotros. Pero al recordar a los soldados dentro del centro de investigación, nadie protestó.
Mientras mis compañeros discutían cómo abordar el problema, yo tomé una pequeña muestra del tejido y la coloqué en el analizador biológico.
Esperaba otro resultado fallido. Pero al menos aquello me daría unos minutos de descanso mientras observaba el procesamiento de los datos.
Entonces la pantalla cambió de color.
Varias alertas aparecieron al mismo tiempo mientras el sistema analizaba la muestra.
—Esto es… —observé los resultados sin entender—. El organismo frente a nosotros ya está produciendo la cura.
Un elixir perfecto.
La panacea que la humanidad llevaba siglos buscando.
Y estaba siendo generada por aquella cosa palpitante de carne y ojos.
Tragué saliva mientras volvía a mirar a la criatura. La era de la peste rosa como enfermedad había terminado.
Ya no era necesario continuar buscando más ejemplares. La cura estaba aquí, lista para ser utilizada.
Si eso era cierto… tal vez por fin nos dejarían libres.
Con ese pensamiento en mente, preparé el informe de inmediato.
◇◇◇
POV – Sora
Al amanecer, Amelia seguía dormida en mi habitación. Igual que la primera vez que la traje aquí. No sabía cómo me miraría cuando despertara.
Pero, fuera cual fuera su reacción, tendría que aceptarla.
Mientras me preparaba para comenzar el día, Chester se acercó corriendo. Detrás de él venía otra rata, agitada, chillando con insistencia. No entendía palabras, claro.
Pero gracias a mi conexión con la peste rosa podía comprender sus intenciones.
Habían encontrado a una persona y habían venido a avisarme, junto a Chester, quien a estas alturas ya era el líder de todas las ratas del lugar.
Me concentré durante un momento.
Cuando llegué a este mundo, las partículas de la peste rosa me impedían sentir a las personas infectadas. Pero ahora que mi cuerpo se había adaptado por completo, el efecto era el contrario. Si me concentraba, podía percibir presencias a una distancia considerable.
Mi alcance había aumentado mucho. Si me concentraba, podía percibir presencias a varios kilómetros de distancia.
En ese momento sentí que la persona más cercana a nuestro grupo estaba a aproximadamente dos kilómetros del refugio. No sería necesario que el amigo… o subordinado de Chester nos guiara hasta allí.
Tal vez, si me concentraba en esa tarea, dejaría de pensar en Amelia.
—Rael, iré a traer a alguien —dije—. ¿Puedes venir conmigo?
—Si nos dices dónde está, nosotros podemos traerlo —respondió—. No tienes que preocuparte por esas cosas.
Negué con la cabeza.
Agradecía la ayuda, pero también quería despejar la mente. Al final fuimos cinco: Rael, tres miembros del grupo y yo.
Cuando encontramos al hombre, Rael frunció el ceño.
—Esta persona no tiene tumores rosados, pero no logro recordar quién es.
—Nuestro grupo ha crecido mucho —respondí—. Es normal.
No mencioné que yo tampoco lo recordaba.
Pero podía sentir con claridad el virus R-Evo corriendo por su sangre. Así que definitivamente era uno de los nuestros.
Mientras Rael y los demás lo cargaban, porque insistieron en que no debía molestarme con algo así, comenzamos a regresar al refugio.
Entonces sentí una presencia particular.
Amelia ya debía haber despertado, y era seguro que quería hablar conmigo sobre lo de anoche.
No pude evitar sentirme nervioso.
—Tienes algo de lo que quieres hablar —dijo Rael de repente—. Sabes que puedes confiar en mí y en los demás.
Dudé un momento.
Pero al final terminé contándole lo ocurrido.
Rael escuchó en silencio.
—Ya veo… —murmuró finalmente—. Así que incluso tú tienes cosas que no sabes cómo manejar.
—No es la primera vez que rechazo a alguien —respondí—. Pero… este es un momento importante para ella. Empiezo a preguntarme si hice lo correcto.
Rael soltó una pequeña risa.
—Si fuera mi yo joven, te diría que aceptaras todo lo que te ofrecen.
Lo miré sorprendido.
—Pero sé que eso no va contigo —continuó—. Solo tienes que aceptar tu decisión como un hombre y mantenerte firme. Con el tiempo todo se acomodará. Tal vez Amelia incluso crezca gracias a esto.
Sus palabras no eran extraordinarias.
Pero oírlas de alguien que me había acompañado desde casi el inicio de mi viaje en este mundo… me tranquilizó.
Cuando llegamos al refugio, Amelia estaba allí.
Parecía que me había estado esperando. Sus ojos estaban enrojecidos, como si hubiera estado llorando hasta hace poco.
Aun así caminó hacia mí.
En ese momento supe que no podía seguir evitando esta conversación. Iba a pedirles a los demás que nos dejaran solos cuando—
Un disparo seco cortó el aire.
Rael se detuvo a medio paso.
Durante un segundo mi mente no logró procesar lo que había ocurrido. Luego los gritos de las personas a nuestro alrededor estallaron y me sacaron del aturdimiento.
Cuando me volví hacia él, vi el agujero que atravesaba su cabeza.
Su cuerpo cayó al suelo sin hacer ruido.
Intenté entender qué estaba pasando, pero mi mente no logró encontrar una respuesta a tiempo. Debía gritarles que huyeran, que era una emergencia, pero antes que las palabras pudieran salir de mi boca—
todo se oscureció para mí.
Fragmentos mentales:
Anise (Marrón): ¿Eh…? Ese rechazo llegó muy rápido. Había muchas formas mejores de decirlo.
Yume (Naranja): Sí… nunca le enseñé cómo rechazar a una chica, así que puede que se le dé fatal.
Alexia (Negro): …Entonces, Alicia, ¿cómo fue tu experiencia con el rechazo?
Alicia (Amarillo): ¡M-Mi caballero no me rechazó! ¡Solo dijo que ya tenía a alguien!
Yume (Naranja): …Bueno, habría tenido más sentido si te hubieras confesado antes de que estuviera en una relación con cierta señorita de cabello naranja.
Alicia (Amarillo): Olvidemos eso… y volvamos a la situación actual.
Mei (Blanco): Sora lo hizo para no lastimarla cuando tenga que volver a su mundo…
Alexia (Negro): Sí, creo que fue lo mejor. Algo que demuestra su crecimiento.
Anise (Marrón): O que sigue siendo demasiado torpe para el romance.
…
Mei (Blanco): Oigan… ¿no sienten que algo malo acaba de pas—
Yume (Naranja): ¿Eh…?
Alexia (Negro): Espera… eso sonó como—
Alicia (Amarillo): ¿Un—
Anise (Marrón): —
Mei (Blanco): So—
—




