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Capítulo 2: Sora kazami

"Sí, fue divertido. No me conectaré estos días, pero no te preocupes, estaré bien como siempre. Volveremos a vernos pronto."

Ya había pasado algún tiempo desde la operación de Yume. Afortunadamente, todo había salido bien. Sin embargo, aún no había podido verla en persona. Esa tarde, mientras una suave nevada cubría las calles, se alistaba para ir a visitarla.

—Solo un último esfuerzo, no será complicado —se dijo Sora a sí mismo mientras se abotonaba el abrigo.

Antes de salir, echó un vistazo al interior de su casa. Sus ojos se posaron en los viejos cuadros colgados en la pared. Algunos eran dibujos que él mismo había hecho; otros, fotografías familiares.

Una de esas fotografías mostraba a su padre. Recordó que, hacía unas semanas, habían discutido por un asunto trivial que ahora ni siquiera podía traer con claridad a su memoria. Poco después, su padre se fue de viaje por trabajo.

Aun así, el resto de la familia se había reunido aquel año para visitar la tumba de su madre. Era extraño que todos se juntaran, pero Sora agradeció profundamente ese gesto. La tristeza regresaba cada vez que pensaba en ella, aunque intentaba no hacerlo demasiado seguido.

Sus ojos se detuvieron en otra foto, enmarcada, de su madre. Era de cuando ella aún le leía cuentos antes de dormir. Una punzada de nostalgia lo atravesó.


◇◇◇


De pequeño, Sora había sido un niño reservado, callado y absolutamente apegado a su madre. Para él, el mundo giraba alrededor de su voz suave, de sus manos cálidas, de ese aroma inconfundible a té y lavanda.

—Ese niño es demasiado apegado —decían a veces las vecinas, sonriendo al verlo.

—¿Podrá ir solo al baño? —bromeaban otras, mientras él se aferraba con más fuerza a la falda de su madre.

A Sora no le molestaba. No entendía por qué sería raro querer estar siempre con ella.

Sin embargo, aunque cada día la veía más hermosa, también comenzó a notar que algo extraño le ocurría. Con el tiempo, su salud empezó a deteriorarse. Las visitas al hospital se hicieron frecuentes. Habían dicho que siempre había tenido buena salud, pero de pronto se enfermaba con facilidad.

Su familia trató de prepararlo. Le explicaron que quizá llegaría el momento de separarse de su madre antes de lo esperado. Que debía ser fuerte. Que no estaría solo.

—Tranquilo, mi niño. Todo estará bien. Siempre seré tu madre, y eso es lo único que importa —le dijo ella, mientras ocultaba su fragilidad.

Y un día, sin grandes palabras ni ceremonias, simplemente llegó el final.

Aquella mañana, su padre se sentó a su lado en silencio. No necesitó decir nada. Lo abrazó con fuerza, como si en ese gesto intentara sostener no solo a su hijo, sino también el mundo que acababan de perder.

Sora se quedó quieto, con la mirada baja. No lloró. No podía. En el fondo, ya lo sabía. Lo había sentido desde hacía tiempo.

Sabía que el final iba a llegar, y aun así no hizo nada. No dijo nada. Solo se quedó contemplando aquella belleza hasta que se apagó. Después, dejó que el silencio lo envolviera.

Los días siguientes pasaron como si viviera bajo el agua. Todo era lento, distorsionado. El mundo seguía, pero él no.

Empezó a ir a la escuela, pero no tenía amigos, ni sentía que los necesitara. Comía sin quejarse, dormía mal, atormentado por pesadillas. Apenas hablaba, y cuando lo hacía, decían que su mirada era desagradable. No era algo que pudiera negar: simplemente se sentía como alguien cumpliendo un horario sin propósito.

A veces creía escucharla en el pasillo. Corría hacia la cocina, con el corazón acelerado, esperando verla junto a la cocina, como antes. Pero siempre encontraba lo mismo.

Silencio.

<<Si no te hubieras quedado mirando…>>

Se quedaba allí de pie, sin saber cuánto tiempo pasaba.

<<Todo esto es tu culpa>>

Con el tiempo, empezó a olvidar cosas. Los días de la semana, lo que había almorzado, incluso lo que estaba haciendo en un momento dado. Olvidaba todo… menos esa sensación: un vacío constante, como un hueco en el pecho donde antes vivía su madre.

Como una puerta cerrada con llave que dolía cada vez que intentaba respirar.


◇◇◇


Volvió al presente, parpadeando como si despertara de un sueño. Se acomodó un poco la ropa y caminó con calma hacia la puerta; antes de irse, la cerró con llave.

—Aunque ya debería cambiar el seguro… —murmuró con resignación.

Yume le había dado una copia de la llave de su casa a Alicia. Era probable que hubiera más copias por ahí. Si alguno de sus amigos decidía entrar mientras él no estaba, no tendría muchos obstáculos para hacerlo. No es que creyera que fueran a hacer algo malo, pero aun así le dejaba una ligera inquietud.

Casi sin darse cuenta, dejó escapar una pequeña sonrisa. Ya había pasado más de un año desde que Yume y él se habían vuelto pareja, y todavía a veces le costaba asimilarlo.

Aquella niña terca y temperamental se había convertido en una joven preciosa y, para su sorpresa, en alguien que lo había amado desde mucho antes de que él mismo se diera cuenta.

—Todavía hay algunos lugares que quiero ver antes de encontrarme con Yume —susurró, mientras se alejaba de su casa, que quedó a oscuras detrás de él.

◇◇◇

Tras la muerte de su madre, los días parecían repetirse. Uno tras otro, como si el tiempo se arrastrara sin rumbo. Pero una tarde, algo fue diferente.

Caminaba junto a su padre por una calle que no reconocía. El cielo tenía un azul intenso y el viento arrastraba hojas secas que crujían bajo sus zapatos. Iban tomados de la mano, en silencio. Como siempre, últimamente.

Y entonces lo sintió. Ese tirón suave en el pecho.

Esa incomodidad familiar. Un presentimiento.

Se detuvo de golpe. Soltó la mano de su padre sin pensarlo… y echó a correr.

—¡Sora! ¿A dónde vas? —preguntó su padre, nervioso. Pero él no respondió.

Sus pies lo guiaban por instinto. Cruzó una esquina, pasó frente a un hospital y entonces la vio.

Allí, caminando sola por la vereda, estaba una niña. Tenía su edad, tal vez un poco más. Llevaba una bata del hospital infantil, con un suéter encima que apenas lograba cubrirla.

El cabello naranja le caía desordenado sobre los hombros. Caminaba con la cabeza en alto, decidida, como si no le importaran las miradas curiosas.

Sora se acercó, despacio.

—Tú… tú no eres mi madre.

Ella lo miró, confundida, pero no pareció molestarse.

—¿Qué? ¿Y a ti qué te pasa?

—¿Estás… enferma? ¿No deberías estar en el hospital o en tu casa?

—¡Qué pregunta más tonta! —dijo cruzándose de brazos—. ¡Estoy dando un paseo terapéutico! ¿Acaso no has oído hablar del contacto con la naturaleza?

Sora parpadeó.

—Eso suena a excusa.

—Por supuesto que es una excusa —dijo ella con una sonrisa desafiante—. Me escapé. Ese lugar era muy aburrido, ya no soportaba sus reglas.

Lo miró de arriba abajo, observándolo detenidamente.

—¿Y tú? ¿Por qué estás tan pálido? ¿También te escapaste?

Sora negó con la cabeza, aunque no estaba tan seguro.

—No… espera. Creo que sí me escapé… de mi padre.

—Vaya. Qué raro eres —murmuró ella entre risas suaves, como si no hubiera podido evitarlo—. Me agradas.

Él bajó la mirada, desconcertado.

—¿Cómo te llamas?

—Yume Yoshizumi.

—Yo me llamo Sora kazami.

—Encantada de conocerte, Sora.

Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, le dio una palmada en el hombro y comenzó a caminar junto a él.

—Anda, acompáñame. Si me pierdo, tú tendrás que explicarlo todo, ¿entendido?

—¿Eh? ¿Pero no te habías escapado antes de que te encontrara?

Y así fue como todo comenzó.

Desde aquel día, Yume y yo empezamos a vernos con frecuencia. Sin darnos cuenta, nos volvimos inseparables. Reíamos, jugábamos, compartíamos historias inventadas y soñábamos con aventuras imposibles, como si al estar juntos el mundo fuera un poco menos complicado.

A veces ella no podía salir porque tenía “una condición”, según decían sus padres. Había días en los que simplemente no podía levantarse de la cama, y otros en los que, aunque aún estuviera débil, se las arreglaba para escaparse conmigo, solo para que nos regañaran después.

Una vez, incluso, sus padres advirtieron que si seguíamos haciendo eso, ya no me dejarían verla. Así que dejamos de escaparnos.

Comencé a visitarla con más frecuencia. Le hablé de mis pasatiempos; incluso le dije que me gustaban mucho los videojuegos y que podíamos reunirnos de forma virtual en alguno. Hablé emocionado de ello, pero Yume pareció no darle mucha importancia… solo para después soltar, como si nada, que había ganado un campeonato regional. ¿Cómo llegamos a eso?

En nuestras charlas, a veces le contaba historias de mi día: la escuela, los profesores raros, los otros niños. Ella me escuchaba con atención, como si mi vida cotidiana fuera algo fascinante.

Cada vez que estábamos juntos, me sentía en paz. Esa sensación en mi pecho se hacía más fuerte. Ella no lo sabía, pero su compañía me resultaba reconfortante, de una manera que nunca supe explicar.

Quizá por eso, una parte de mí se negaba a considerarla tan hermosa como mi madre. Por qué en mi recuerdo esa belleza solo traía desgracia. Ella era mi única amiga, y yo deseaba que pudiéramos estar juntos mucho tiempo. Con Yume no necesitaba fingir estar bien. Escucharla hablar como si fuera una experta en el mundo, pese a que casi nunca salía del hospital, me parecía divertido.

Gracias a ella, los días grises que me rodeaban empezaron a tener color otra vez.

Así fuimos creciendo.

Sin prisa.

Sin darnos cuenta.

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