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Capítulo 27: Red de rescate

POV: John

Un mensaje apareció en mi terminal personal mientras terminaba de revisar los informes de las rondas de desinfección. La pantalla se oscureció durante un segundo y, al reactivarse, mostró el sello del Consejo Administrativo.

Eso nunca era buena señal.

Leí en silencio.


[Misión de Máxima prioridad]

-> Se ha detectado una nueva variante de la peste rosa.

-> Se requiere la captura de ejemplares vivos para investigación.

-> Los objetivos no presentan síntomas de infección por la peste rosa.

-> Uso de fuerza letal autorizado solo si es necesario; se requiere un informe posterior en caso de utilizarla.

-> Inicio de misión: mañana, 6:00 a. m.


Fruncí el ceño.

Captura.

Esa palabra casi nunca aparecía en nuestras directivas. Recientemente escuché rumores de que había infectados anormales, pero creía que era una exageración.

Solté una risa breve, sin humor.

—Así que ahora quieren vivos a los residuos —murmuré.

Cerré el archivo.

— De cualquier forma, mi único objetivo es cumplir con lo que se me ordene. Nada más importaba.

Cosas como el amor que alguna vez sentí, cuando aún era un niño ingenuo, quedaron atrás hace mucho tiempo.


◇◇◇


POV - Sora


Desperté a un nuevo día.

Todo estaba en calma. Por fin habíamos abandonado aquel lugar donde pasé más de un mes. Al final, logré salvar a Amelia. La mayoría de sus “compañeros” decidieron quedarse allí; solo unos pocos vinieron con nosotros.

Aquel día tenía la mente extrañamente nublada. No recordaba con claridad todo lo que había dicho o hecho.

—Espero no haber dicho nada raro… —murmuré.

Cuando llegamos a aquella escuela que usaban como refugio, sentí que viejos hábitos regresaban. Intenté ser más sociable de lo normal. Quería causar una buena impresión. Sería vergonzoso descubrir que solo habían aceptado mi ayuda por lástima.

Por costumbre, revisé que no hubiera nadie en mi cama.

—Bien, todo en orden.

No quería repetir el incidente con Amelia. Aunque, claro, no es que temiera que Yume me pulverizara por ser infiel. Sabía que era comprensiva en ese tipo de situaciones… probablemente solo me dejaría inconsciente durante un rato.

Me levanté de mi cama. El día de hoy decidí levantarme temprano, aunque no había relojes que me indicaran la hora.

Cada mañana alguien dejaba preparada la ropa que usaría. Nada elegante, pero mucho mejor que lo que llevaba la mayoría. En realidad, ni siquiera necesitaba cambiarme: mi ropa no parecía ensuciarse ni desgastarse.

Incluso cuando la niebla rosa desintegró parte de mi cuerpo, mi ropa de alguna forma seguía ahí cuando desperté.

—Supongo que esto cuenta como un regalo adicional de ex machina… —agradecí en silencio no tener que pasar la mayor parte de mi aventura desnudo gracias a esta ropa.

Al principio encontré a muchas personas con poca ropa. Las vendas rosadas servían como sustituto improvisado, pero la ropa en buen estado era escasa.

Si quiero curar este mundo, tengo dos opciones.

La primera: erradicar por completo la Peste Rosa. Sin embargo, la concentración del virus en la atmósfera seguía siendo extremadamente alta, y no sabía cuánto tiempo más permanecería en este mundo.

La segunda: lograr que las personas infectadas se adapten a vivir con la Peste Rosa. Aunque podría parecer más sencilla necesitaba personas capacitadas, desarrollo tecnológico, organización, y demás cosas para convivir con la peste rosa.

Se decía que, en algún lugar en el extremo del continente, existían personas que habían decidido convivir con la peste rosa en vez de aislarse en ciudades o refugios. Me habría gustado conocerlas. Pero estaban demasiado lejos. A pie no sabía cuánto tardaría en llegar.

—Bien… aquí vamos otra vez.

Salí por fin de mi habitación. Justo al mismo tiempo, Amelia abrió la puerta del cuarto contiguo.

—Hola, Sora. Qué coincidencia despertarnos a la vez —dijo.

Su cabello rosado ya estaba peinado y llevaba un vestido limpio, dentro de lo que permitía la situación. Me tranquilizaba tener a alguien de mi edad cerca. Aunque, después de tantos días de “coincidencias”, empezaba a sentirse demasiado calculado.

No pude evitar compararla con Yume, de forma inconsciente.

—Últimamente he estado durmiendo mucho… Me gusta levantarme tarde —comentó con una sonrisa ligera.

—Sí, hasta tarde…—Estaba seguro que me había levantado temprano, me sentí un poco decepcionado de mí.

Amelia inclinó apenas la cabeza.

—… ¿Estás decepcionado… de verme tan temprano?

Su mirada pareció ensombrecerse.

¿Era una recaída en su inseguridad? ¿O estaba interpretando demasiado? De cualquier forma, sabía que tardaría un tiempo antes de ganar confianza en sí misma.

Debía ser especialmente cuidadoso.

—Claro que no, Amelia. Siempre es agradable que seas lo primero que veo al despertar. Haces mis días más hermosos.

—… Eh?

Su rostro se sonrojó al instante. Casi podía imaginar vapor saliendo de ella mientras se cubría las mejillas.

¿Efecto secundario de la variante R-Evo 2? No. Podía percibir que su estado era estable.

Entonces… ¿me había excedido?

Ella ya me había dicho que le gustaba. Incluso habló de formar una familia a mi lado. Pero yo ya tenía novia. Y la idea de salvar a alguien solo para ganar su afecto nunca me pareció del todo correcta. Puede que en algunas historias eso suene romántico… pero ¿qué ocurre cuando esa persona está traumatizada, vulnerable o sin otra salida? Para mí, eso rozaba lo injusto.

Además, siempre he preferido conocer a alguien con el tiempo, entenderla de verdad, verla en distintas situaciones antes de tomar una decisión. Aunque ese proceso tomara años, no me molestaría.

Por esto sabía que Amelia debía conocer a más personas y decidir por sí misma.

Espera. ¿No fue precisamente por eso que Yume me obligó a hacer amigos durante la preparatoria?... bueno, parece que varios años después mi cerebro por fin ha unido los cabos.

Pero era algo secundario ahora, cuando volviera tendría que ir a preguntarle.

Si esto seguía así tendría que rechazar a Amelia de la misma forma que rechacé a Alicia en el pasado. Fue algo doloroso de ver, esperaba que no tener que repetir esa escena en este mundo.

—Amelia, ¿te gustaría acompañarme?

—Sí, me haría feliz.

Fui yo quien la trajo hasta aquí, y quien le prometió ayudarla, simplemente dejarla a un lado luego de curarla no me parecía correcto.

Si estuviera en casa, a esta hora estaría desayunando. Tal vez mi padre ya estaría en la mesa. O quizá Yume se uniría a nosotros. A él le agradaba… y su presencia siempre hacía que el ambiente fuera más cálido.

Pero en este mundo nuestros cuerpos no requerían alimentarse, las variaciones del virus R que hice en lugar de provocar tumores reparaban el cuerpo, y convertían las partículas dañinas en energía.

Aunque, en zonas donde la concentración de peste rosa era baja, probablemente volveríamos a necesitar comida tarde o temprano.

Actualmente, comer era un lujo… y aun así, lo único disponible para satisfacerlo eran ratas muertas, hongos y restos en descomposición.

—… — A veces me preguntaba a qué sabrían.

Pero una parte de mí se negaba a pensarlo. Era una forma torpe de proteger la poca normalidad que aún conservaba.

—Espero que algún día podamos encontrar algo bueno para comer juntos —murmuré, imaginando un futuro en el que pudiera compartir una comida real con todos los amigos que había hecho en este mundo.

—Yo también… quiero eso—A veces olvidaba que Amelia tenía un buen oído, murmurar no funciona cerca de ella, pero estaba bien.

Luego comenzó mi rutina. Resolví disputas menores, curé a las nuevas personas que llegaban en busca de ayuda y supervisé que no hubiera efectos secundarios ni recaídas en quienes ya habían sido tratados.

—Joven Sora, hemos encontrado unos contenedores sellados en el almacén—informó Rael—. Parece que aún están intactos.

Eso era prometedor.

—Sí, por favor, llévanos allí.

—¿Contenedores? ¿Qué se supone que es eso? —preguntó Amelia, confundida.

—Cuando construyeron las ciudades limpias, estos almacenes guardaban recursos como comida y medicamentos —expliqué mientras caminábamos—. No pudieron llevarse todo. Son raros de encontrar, pero como tenemos grupos explorando constantemente, a veces recibimos información sobre sitios así. La mayoría fueron saqueados hace tiempo. Otros, ubicados en zonas con alta densidad de virus R, terminaron desintegrándose junto con todo lo que contenían.

—¿En serio?… Sabes mucho —comentó Amelia.

—Hago lo que puedo. En este mundo no existe Wikipedia.

Me miró con más confusión que antes, pero no insistió.

Cuando llegamos, vi que parte del metal del contenedor comenzaba a deshacerse en un fino polvo rosado. Aun así, parecía lo bastante estable como para resistir algunos años más antes de rendirse por completo.

Al abrirlo, encontramos principalmente vendas, ropa sencilla, algunas latas de comida y equipo médico. Como era de esperarse, las conservas estaban vencidas.

El equipo médico no significaba mucho para mí. Con mi habilidad para manipular enfermedades podía lograr más que con instrumentos antiguos.

Entre las vendas, algunas eran especiales, tratadas para resistir la corrosión del Virus R. La mayoría, sin embargo, era completamente ordinaria. También encontramos ropa sencilla, probablemente destinada a pacientes. Aun así, todo podía aprovecharse: si la recubría con una fina capa de Virus R modificado, evitaría que se desintegrara con el tiempo.

No fue un mal hallazgo.

Eso me recordó un contenedor que abrimos meses atrás, sellado con el símbolo de apoyo social. Nos llevó horas lograr abrirlo. Aunque no necesitaba comer para sobrevivir, eso no significaba que no lo deseara. Por un instante imaginé el sabor de una comida real.

Solo para terminar con mis expectativas rotas al no encontrar nada más que billetes, lingotes de oro y piedras preciosas.

No pude evitar pensar: “¿Por qué demonios alguien quisiera esto?”

En este mundo, eso no servía de nada.

Después de separar lo útil, le pedí a Amelia que descansara un momento. Yo fui a despedir a los grupos que salían a explorar. Su labor era esencial: localizaban infectados, difundían nuestro mensaje y buscaban recursos todavía aprovechables.

Las ratas también colaboraban. No podían sustituir a las personas, pero resultaban útiles para transportar pequeños mensajes. El papel era escaso; a veces lo encontramos en contenedores. Luego lo protegía con una capa casi invisible de Virus R modificado para que no se deshiciera en el ambiente.

El virus R-Evo que les había dado no las hacía tan inteligentes como los humanos. Pero gracias a la [Afinidad Viral] podía percibir sus emociones y pensamientos de forma general. Nadie más podía; o al menos, así había sido hasta hace un tiempo.

Me detuve al notar algo extraño.

Un grupo de ratas se reunía alrededor de unas cajas apiladas, formando algo parecido a un escenario improvisado. Algunas chillaban con entusiasmo; otras observaban en silencio, expectantes.

Chester estaba en lo alto, erguido sobre una caja, moviendo la cola mientras emitía breves chillidos que sonaban sospechosamente como órdenes. Claramente estaba organizando algo.

En un rincón, un ratoncito pequeño permanecía apartado. Tenía el pelaje revuelto y varias heridas visibles. Chillaba débilmente. Un par de ratas lo empujaban de vez en cuando; otras simplemente lo ignoraban.

—Te has vuelto muy cercana a Chester y las demás ratas en estos días, Amelia —comenté.

Ella no apartó la vista de la escena.

—Sí. Son súper tiernas, ¿no?

No estaba del todo seguro de eso. Aunque tampoco tenía un cachorro o un gatito a mano para comparar. Entonces, observando esta obra, otro ratón se acercó al pequeño herido. Lo tocó con cuidado, revisó sus heridas y comenzó a lamerlas. El ratoncito poco a poco dejó de llorar.

Luego, varias ratas empujaron una cajita decorada como si fuera un carruaje. El ratoncito herido subió, acompañado por su salvador. El “carruaje” avanzó hacia el centro del escenario, escoltado por las demás.

¿Esto era esclavitud entre ratas? Chester, ¿tienes alguna especie de complejo de señor malvado?

Tal vez era mejor no pensarlo demasiado.

—¿Esto es “La Cenicienta”? —pregunté.

—Sí —respondió Amelia—. Es una historia muy hermosa. Chester organizó a sus amigas para hacer esto, y darle a la historia un final feliz.

—Pero, ese cuento, ya tiene un final feliz —dije, se suponía que esta obra solo era una historia simple sobre el verdadero amor, o algo así.

—Este es mejor —aseguró.

Entonces Chester dio otra instrucción, las ratas que llevaban el carruaje se detuvieron un momento, prendieron fuego a la caja donde celebraban las otras ratas que habían maltratado a Cenicienta y comenzaron a retirarse con el carruaje sin mirar atrás.

—Ah… —murmuré—. Oye, ¿no se suponía que el príncipe también estaba ahí?

—Una persona sin importancia —respondió Amelia—. Uno que nunca supo… lo que ella tuvo que soportar.

No supe qué decir.

Al final de la obra, Cenicienta se quedó con el ratón que la había ayudado. Tuvieron muchos hijos y vivieron felices por siempre.

Amelia sonrió.

—¿No es un final mejor? Se enamora de quien la salvó.

—Supongo que sí —respondí, no tenía la intención de darle un largo sermón sobre lo que considero amor—. Aunque… no creo que destruir a quienes te hicieron daño sea algo bueno.

Ella inclinó la cabeza, pensativa.

—Pero si los matas … ya no podrán volver a hacernos daño.

Su lógica era simple. Y aterradoramente válida.

—No te preocupes —dije al fin—. Yo prometí estar a tu lado ¿lo recuerdas? No importa el daño, sanaré de igual forma. Tú y los demás solo deben estar detrás de mí, y todo estará bien.

Me pareció una lógica coherente. Ya había muerto una vez. Un daño temporal no debería importarme.

Pero Amelia no parecía convencida.

—¿Y esa capacidad de curarte… borra el dolor? —preguntó en voz baja—. ¿También borra lo que sufriste?

—Estoy bien —mentí con suavidad—. Después de todo, fui yo quien te salvó. Estoy seguro de que, al final, todos tendremos un final feliz.

Intenté sonar tranquilizador. Amelia pareció creerme, y sonrió.

Así que todo estaba bien.

Ellos ya habían sufrido demasiado. Mientras el dolor recayera solo en mí, no importaba. Al final, sanaría rápido. No era algo que debiera preocuparme.

Fragmentos mentales:


Yume (Naranja): Esa obra de ratas me recordó a cuando hicimos la nuestra en el festival escolar.

Anise (Marrón): Sí… prefiero declarar oficialmente que eso jamás ocurrió. Fue un error del sistema. Fin. Gracias por vernos. Pueden retirarse en orden.

Alexia (Negro): Aunque, siendo justos, fuiste una princesa muy linda, y Yousuke no fue un mal príncipe.

Alicia (Amarillo): Sí. Todos nos esforzamos mucho para que actuaran correctamente.

Yume (Naranja): Bueno… tuvimos que presionarlos un poco. Pero para Yume fueron buenos recuerdos.

Anise (Marrón): ¿Un poco, dices tú? ¡Nos obligaron! Ahhh… no estoy escuchando nada. ¡Mei, dame algo de apoyo!

Mei (Blanco): Admito que esos dos se veían bastante tiernos en el escenario.

Anise (Marrón): ¡¿Tú también?!

Yume (Naranja): Aunque hubo gente que malinterpretó la situación. Como Yousuke salió primero con la hermana de Anise y luego con ella, muchos pensaron que el enojo de Anise era solo una forma de ocultar su amor.

Alexia (Negro): Vamos, vamos. Sabes que a Anise no le agradan ese tipo de comentarios.

Yume (Naranja): …Quién lo diría. Es bastante divertido cuando tú no estás involucrada en el drama.

Anise (Marrón): Bien. Se acabó. Ven aquí, Yume. Quiero practicar una llave contigo.

Yume (Orgullosa y sin culpa): Yume no se arrepiente de nada…

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