Capítulo 26: Reunión
La sala estaba iluminada por luces blancas que no proyectaban sombras. El aire reciclado olía a desinfectante, como si incluso la idea de una bacteria estuviera prohibida allí. En la pantalla central se desplegaban mapas, gráficas y grabaciones aéreas tomadas por drones.
El presidente del Consejo, Kuroda, entrelazó las manos sobre la mesa.
—Damos inicio a la quincuagésima cuarta reunión interna. Esta sesión fue solicitada por el jefe de Defensa y Operaciones Externas, Takeshi Kurogane, y por el director del Departamento de Virología, doctor Iori Maebara.
Un murmullo recorrió la mesa.
Javier Cortez, jefe de Seguridad Interna, apoyó el codo sobre la superficie y habló sin esperar turno.
—Si es otra actualización sobre el virus, espero que sea relevante. Llevamos décadas escuchando lo mismo: infecta, muta y mata. No necesitamos una clase de historia.
Takeshi no reaccionó al tono.
—No es historia. Hace tres semanas, durante una operación de purificación en el área de descarte E-17, detectamos una anomalía biológica. El doctor Maebara puede detallar los hallazgos.
Iori asintió y activó el panel táctil.
La pantalla cambió. Aparecieron imágenes de ciudades enteras cubiertas por una niebla rosa que desintegraba todo a su paso. No importaba qué fuera. Cuando la niebla rosa llegaba, todo terminaba.
—La peste rosada —comenzó Iori— fue concebida como una herramienta de reparación genética. El objetivo era reescribir secuencias defectuosas del ADN y curar enfermedades consideradas incurables. El error en su diseño derivó en una reacción en cadena imposible de contener. El resultado fue la pandemia global en la que vivimos hoy.
—Sí, ya conocemos la historia —interrumpió Javier—. Gracias a ese pequeño error vivimos encerrados en ciudades selladas, rezando para que la niebla rosa no se dirija hacia nosotros. Vayamos al punto.
Iori lo sostuvo con la mirada un instante, luego cambió la proyección.
Ahora se veía un grupo de personas confinadas en celdas herméticas. Vestían ropa desgastada, parecían débiles, pero no presentaban deformaciones ni tumores rosados.
—Observen con atención.
Una consejera inclinó el rostro hacia la pantalla.
—Desnutrición. ¿Acaso tan mal está el Tercer Nivel últimamente?
—No —intervino Takeshi —. Y ahí está el problema.
Iori amplió una de las imágenes.
—Estas personas no figuran en ningún registro de los niveles internos de la Ciudad Blanca. Fueron localizadas en sectores exteriores con alta concentración de virus R. Sin embargo, no presentan signos de infección activa.
Javier frunció el ceño.
—¿Expulsados de otra ciudad limpia? Podrían haber salido recientemente.
—Lo consideramos —respondió Iori—. Pero hay más casos en zonas de descarte. En condiciones normales, un humano no infectado sufriría colapso sistémico inmediato en ese entorno. Ellos, en cambio, se desplazaban con total normalidad.
La pantalla mostró otra grabación.
Un grupo de soldados con trajes sellados rodeaba a varios de esos individuos. Sin intercambio de palabras dispararon a los individuos para proceder a su incineración inmediata. Las figuras fueron consumidas en segundos.
La escena resultó desagradable para la mayoría en la sala.
—Lamento la escena. Mis hombres no están entrenados para capturar —dijo Takeshi finalmente—. Su protocolo estándar es eliminar cualquier rastro de la peste rosada. Los primeros contactos terminaron así. Cuando ordené traer algunos ejemplares, hubo resistencia inicial. Es posible que algunos rumores se hayan filtrado entre sus compañeros.
La doctora Sayaka Aizawa, directora del Departamento de Salud y Bienestar Interno, tomó la palabra.
—Muy bien. Entonces díganme algo más relevante. Mencionaron que trajeron algunos ejemplares, pero… ¿dónde están exactamente? No pretenderán decirme que improvisaron una celda dentro de la ciudad.
Iori negó con la cabeza.
—Se encuentran en cámaras de contención subterráneas, bajo el Tercer Nivel. Cada sujeto está aislado en un módulo independiente, sin contacto entre ellos.
—¿Bajo el Tercer Nivel? —Sayaka entrecerró los ojos—. ¿De verdad creen que eso es suficiente? Estamos hablando de una anomalía sin precedente. Espero que no estén improvisando.
Iori respondió antes de que Takeshi pudiera intervenir.
—No estamos improvisando. Las cámaras están completamente selladas. Fuera de los módulos, el ambiente es estéril y se mantiene bajo control constante. El monitoreo de los ejemplares es continuo y el sistema puede detectar cualquier variación anormal en tiempo real y activar la respuesta adecuada de forma automática.
Hizo una breve pausa.
—Y si todas las medidas fallaran, el módulo afectado se incinerará de forma automática.
Javier apoyó la espalda en su asiento.
—Debo admitir que incluso yo estoy impresionado. —Entrecerró los ojos—. ¿No es excesivo?
—En absoluto —respondió Iori—. La historia nos enseñó lo que ocurre cuando subestimamos una mutación. Esta vez no cometeremos el mismo error.
El aire pareció volverse más pesado, pese al constante zumbido del sistema de purificación.
La doctora Sayaka continuó.
—Entonces… si realmente estamos ante una mutación estable del virus R, podría ser la primera oportunidad real de terminar con la peste rosada.
Los demás miembros empezaron a murmurar entre sí.
—Entonces ¿por fin se acaba esta maldita pandemia?
—Eso parece. Ahora debería ser fácil hallar una cura, ¿verdad?
—Después de tantas décadas…
El presidente Kuroda inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Están diciendo que ya han desarrollado una cura a partir de los sujetos capturados? ¿O acaso trajeron a infectados a nuestra ciudad en vano?
Iori negó con algo de frustración.
—No hemos desarrollado una cura. Y ese es el problema. Sabemos que la respuesta está en sus cuerpos. Sin embargo, al extraer cualquier muestra, el agente pierde esa estabilidad estructural: se desactiva, se degrada… o simplemente deja de comportarse como lo hacía dentro del organismo.
Javier chasqueó la lengua.
—En términos simples, doctor.
Iori respiró una vez antes de continuar.
—… de alguna forma, parece que lo que tienen en sus cuerpos es lo que buscaban las personas que desarrollaban el virus R. Pero no sabemos por qué funciona en ellos… ni por qué parece morir al extraerse de un infectado.
Varias miradas se cruzaron alrededor de la mesa.
—Entonces estás diciendo que tienen la cura frente—dijo Javier con frialdad—. Y al momento decisivo, resultan inútiles.
Takeshi respondió en defensa de Iori.
—Incluso yo entiendo que estamos en medio de un gran cambio, además, todavía hay una cosa que falta por contar.
Kuroda dirigió la mirada a Iori.
—Adelante.
Iori dudó apenas un segundo.
— Sí, sobre eso… hay algo extraño. Aunque lo consideramos una posible alucinación o desvarío provocado por el entorno en el que vivían, los sujetos afirman que un individuo divino les otorgó la cura. No tiene sentido.
Javier dejó escapar una risa seca.
—¿Un dios en los sectores exteriores?
—No afirmo que lo sea —aclaró Iori—. Lo más probable es que sea producto de mentes deterioradas por vivir demasiado tiempo en condiciones precarias, o quizás un efecto secundario de la variante que llevan en sus cuerpos.
Kuroda observó interesado.
— Mmph… Es interesante, dudo que sea una persona, pero al menos debería haber la posibilidad de una fuente. Si es así, debemos ampliar el radio de búsqueda, ¿Qué opinas, Takeshi?
—Debería ser posible para los escuadrones de purificación, pero hasta ahora solo han ido unos pocos equipos para mantener la situación confidencial.
Kuroda apoyó ambas manos sobre la mesa.
—En estos momentos eso es más una desventaja, ¿qué pasaría si otras ciudades limpias ya se han dado cuenta de este fenómeno?, podrían adelantarse a nosotros. Despliega a todas tus unidades disponibles en los sectores exteriores.
—Agradezco su iniciativa, presidente —respondió Iori—. Si ignoramos esta oportunidad, podríamos perder la única vía real para erradicar la peste rosada.
Las luces de la sala descendieron de intensidad mientras el sistema registraba la orden.
-> Operación activa: Localización y captura de portadores anómalos.
-> Nivel de prioridad: Máximo.
Las pantallas se apagaron y, poco a poco, los miembros del Consejo comenzaron a retirarse.
◇◇◇
POV – Dr. Iori Maebara
Tras el cierre de la reunión, caminé junto a Takeshi por los pasillos del Primer Nivel.
El aire era filtrado dos veces por minuto. Las paredes blancas no proyectaban sombras; la iluminación estaba diseñada para no dejar ángulos muertos. Cada paso quedaba registrado.
—Takeshi —dije sin bajar la voz—. Sobre el asunto personal que mencioné antes…
Él exhaló, como si ordenara recuerdos.
—Ah, el favor. Tu hijo. ¿Es cierto que se encaprichó con una soldado del Escuadrón de Purificación? —me observó de reojo—. Pensé que lo habías educado mejor.
—Yo también —respondí con calma—. Pero parece haberse interesado por una chica llamada Naomi. Pertenece al Tercer Nivel, asignada a operaciones externas. Si lo reprimo con demasiada severidad, solo reforzaré la fijación.
—Ya recibimos su solicitud de transferencia —dijo Takeshi—. Quiere abandonar el escuadrón. En estado de emergencia, eso equivaldría a deserción. Pero… si lo deseas, puedo autorizar una excepción.
Hizo una pausa.
—Aunque debo advertirte: los miembros de ese escuadrón no suelen estar muy bien psicológicamente.
—Lo sé. —Mantuve el paso constante—. Mi hijo es competente. Pero aún es joven. Confunde impulso con convicción. Permitiré que permanezca cerca de ella el tiempo suficiente para que la idealización se desgaste.
—¿Y la chica? —preguntó, aunque supuse ya anticipaba mi respuesta.
—Necesitaré que tramites una orden por defunción. Algo creíble, como muerte durante una ronda de purificación.
Takeshi soltó una risa breve.
—Siempre tan pragmático, Iori.
No respondí.
Frente a nosotros, una compuerta lateral se abrió y dejó pasar a una persona con un traje gris y un brazalete de identificación. Uno de los sensores del pasillo emitió un destello verde al escanearla y determinar que no había nada anormal.
—Después de todo nadie del Tercer Nivel es indispensable.
Asentí levemente.
El Tercer Nivel producía técnicos, operadores y soldados. Si eran lo bastante hábiles, ascendían y creían haber triunfado. Pero para nosotros no eran más que piezas intercambiables.
En ocasiones, si alguien del Primer Nivel mostraba interés, se autorizaba una convivencia temporal.
Rara vez duraba, y era lo que esperaba que pasara con mi hijo.
—Con la aparición de esta nueva variante todo se acelera. Si es estable, debemos aislarla antes de que otra ciudad limpia lo haga.
—Así será —respondí—. Si existe una adaptación funcional al virus R, no puede permanecer fuera de nuestro control.
Nos detuvimos frente al cruce de ascensores.
—Confío en que las cámaras de contención sean suficientes —dijo—. Me sorprende tu nivel de cuidado en esta ocasión.
—Ya lo he dicho. Todo lo hago por la humanidad. No importa cuántos seguros adicionales deba activar.
—Estás más precavido de lo habitual.
Esbocé una sonrisa leve.
—Digamos que recibí una revelación divina.
—¿Desde cuándo crees en dioses?
—Es lo de menos.
Las puertas del ascensor se abrieron con un sonido suave.
Él descendió hacia el ala administrativa. Yo ascendí hacia la zona residencial del Primer Nivel.
Allí me esperaban mi esposa… y mi hijo.
Mi hijo.
Demasiado joven para comprender que el mundo no se sostiene sobre emociones, sino sobre cálculo.
Que el afecto es solo un subproducto de la necesidad de dejar descendencia. Y más importante aún, que la humanidad sobrevive porque alguien está dispuesto a tomar decisiones desagradables.
Las puertas se cerraron.
Pronto, esta historia alcanzaría su punto de inflexión.
Y cuando lo hiciera, no habría espacio para sentimentalismos.




