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Capítulo 24: Dulces sueños – Parte 1

POV – Sora


Habían pasado demasiadas cosas entre ayer y hoy.

Ahora debía presentar a Amelia ante todos y explicar nuestros planes como prometí ayer. No podíamos quedarnos mucho más tiempo en este lugar.

—Ven conmigo, Amelia.

—S-sí… Sora…

Aún tenía dificultades para pronunciar frases largas. Su cuerpo estaba sano, pero eso no significaba que su mente también lo estuviera. La curación física era simple comparada con las cicatrices que no podían verse.

Al recordar sus lágrimas, una parte de mi rostro quería distorsionarse. Todo este tiempo traté de verlos a todos como víctimas de este mundo, pero ahora me resultaba imposible hacerlo.

Pero en este lugar había muchas personas que confiaban en mí. Sentía que debía estar a la altura de sus expectativas y mantener una máscara de tranquilidad.

Primero tenía que hacer un anuncio… en realidad, dos.

Le pedí ayuda a Gehn y a Rael para reunir a la gente. Con ellos era menos incómodo hablar. La mayoría me llamaba “salvador”, “santo” o incluso “ángel”. Ellos, en cambio, ya casi habían dejado de usar “Señor Sora” y me llamaban simplemente Sora… o “joven Sora”. Esa pequeña diferencia me resultaba reconfortante.

En nuestro refugio llegaban personas de distintas zonas. Algunos eran de los nuestros, trayendo información de lo que pasaba en las áreas de los alrededores, otros venían suplicando que los curara, y también estaban los que venían sin esperar nada realmente y terminaban dándose cuenta de que, de forma inesperada, recuperaban la esperanza en el futuro.

Ex machina me había dejado en este mundo con una libertad inquietante. Nunca volvió a comunicarse conmigo desde que llegué. A veces me preguntaba si habría algún mensaje oculto, alguna señal, una revelación divina que confirmara que iba por el camino correcto, pero nada llegaba. Sin embargo, no necesitaba una voz del cielo para entender mi propósito.

Si había renacido aquí, debía salvar tantas vidas como pudiera.

Observé a la multitud frente a mí. Debían ser alrededor de cien personas. En total, a lo largo de estos meses, había curado a quizá a más de 800 personas. Si me hubiera movido antes, si no me hubiera estancado aquí durante un mes entero, habría llegado a muchas más.

Respiré hondo y alcé la voz.

—Primero —dije, procurando que mi tono fuera firme y claro—, ella es una persona muy importante para mí. Puede que necesite tiempo para adaptarse a nuestra comunidad, así que quiero que le den su apoyo.

No quería que la miraran por encima del hombro por su juventud. Aunque, pensándolo bien, ambos teníamos una edad similar. En este lugar no había nadie de nuestra generación; Amelia era la primera persona de mi edad que conocía en este mundo.

A mí me respetaban. Algunos incluso me idolatraban.

Claro, eso era porque los había curado.

Y quizá también influía mi [Afinidad Viral], que hacía que las personas infectadas me percibieran con mayor simpatía de la que merecía.

Pero Amelia no tenía nada de eso.

No permitiría que la despreciaran por no saber cómo comportarse, por no saber qué decir, por no entender aún cómo funciona el mundo fuera del dolor.

Ella dio un paso tímido hacia adelante. Sus manos se aferraban con nerviosismo a la tela de su ropa.

—Me llamo Amelia —dijo en voz baja—. Por favor… déjenme vivir a su lado. De alguna forma… haré feliz a Sora.

Se sonrojó apenas terminó de hablar, como si las palabras hubieran salido más rápido de lo que su mente podía seguir.

No era la presentación más elaborada para alguien que, en teoría, solo debía presentarse como mi amiga. Pero recordé el consejo de Yume:

“Quédate callado y deja que las chicas hablen”.

Si Yume lo decía, debía tener algún sentido.

Los murmullos no tardaron en extenderse entre la multitud.

—¿No es… demasiado hermosa?

—Si está al lado de nuestro salvador… ¿cómo deberíamos llamarla?

—¿Una santa… quizá?

Genial. Nuevos rumores, pero supongo que solo era una raya más al tigre.

Ya estaba acostumbrado. Además, tenía asuntos más urgentes que atender. Cosas que debía hacer antes de que mi máscara de tranquilidad comenzara a resquebrajarse.

Respiré hondo.

—Respecto a nuestro plan —continué—, nos retiraremos de este lugar. Antes de eso, iré una última vez a la escuela que sirve como refugio para los infectados de esta zona.

—Sora, ¿otra vez usted? No debería… —intervino Gehn, visiblemente preocupado.

Era leal. Siempre lo había sido. Pero mi decisión ya estaba tomada.

—No se preocupen. Será rápido, solo tengan un poco de paciencia.

En realidad, yo tampoco tenía ganas de ir; pero, quería terminar esto cuanto antes.

Todas esas personas habían hecho daño a Amelia. Y quienes no participaron directamente… guardaron silencio. Miraron hacia otro lado.

Todos eran responsables.

Pero no podía simplemente castigarlos sin más.

Debía darles una oportunidad de demostrar que aún quedaba algo humano en ellos.

Al menos… eso era lo que me repetía.

—Sora… no deberías ir. Es peligroso —susurró Amelia, mientras me miraba preocupada por mi bienestar.

—No te preocupes. Volveré pronto.

Comencé a caminar hacia aquella escuela. Normalmente les hubiera pedido que salieran, que les daría la mano y que los curaría. Esta vez no tenía intención de hacerlo.

Debía entrar, incluso si las puertas estaban cerradas.

Debía sacar de allí a todos los que estuvieran dispuestos a admitir que se equivocaron, que habían estado mal al maltratar a alguien que no podía defenderse.

Y a los demás…

Bueno.

Ya veríamos.


***


POV – Dazai


Era un día como cualquier otro.

Desde hacía semanas, un mocoso venía a gritar desde nuestras puertas, intentando llevarse a algunos de los nuestros. Francamente, lo que dijera no me importaba. Pero yo había trabajado demasiado tiempo para mantener este lugar estable como para permitir que un bastardo cualquiera viniera a decirme cómo manejarlo.

Aun así, no podía darme el lujo de provocar una pelea directa con tantas personas, especialmente cuando parecía que tenían muchas más personas yendo y viniendo a su refugio.

Si lo matábamos o éramos demasiado agresivos, podía haber repercusiones graves. Por eso siempre pedía a mis subordinados que no intentaran matarlo seriamente.

Pensé que el mensaje era claro: "No te quiero aquí, niño idiota".

Pero al parecer, no entendía las indirectas. Esperaba que alguna de las cosas que le lanzaban hubiera roto su estúpida cara. Sin embargo, había algo realmente inquietante en ese niño.

Con el pasar del tiempo parecía que todos los que se quedaban mucho tiempo en las puertas cerca de él, parecían tener ideas estúpidas:

“Deberíamos abrir las puertas”

“¿Por qué no hacemos lo que dice?”

“¿Por qué le estamos lanzando cosas?”

Los obligábamos a romperse partes del cuerpo entre ellos. Si se resistían, les reventábamos los tumores rosa para que murieran por la peste.

Después de eso los obligamos a estar en la parte más baja de nuestro sistema, así nadie volvió a mencionar la idea de abrir las puertas o hacerle caso al mocoso.

O eso creí.

Cada semana tenía que “recordarles” quién mandaba. Cambiaba a los hombres de la puerta, pero el resultado era el mismo: tarde o temprano empezaban a decir lo mismo.

Esto parecía un maldito lavado de cerebro, qué demonios estaba pasando. Lo único bueno es que con más personas en la parte más baja, los veteranos se sienten más afortunados de seguirme. Esperaba que eso evitara traición en mi círculo cercano.

Ahora también resultó que esa cosa que trajo Reiji estaba perdida. Admito que, al principio, torturarla hasta que se desmayara era entretenido. Por más que tratara de romperla, se recuperaba. Era diferente a los juguetes comunes, que se rompían rápido y debían controlarse para no morir. Pero con el tiempo, hasta esa novedad se volvió aburrida, ya no tenía interés en buscarla si había decidido morir en algún rincón.

Ese niño, se estaba volviendo una verdadera molestia. Si seguía así, todos en este refugio se pondrían de su lado.

—Señor Dazai… están abriendo las puertas —me dijo uno de mis hombres, con voz nerviosa.

—¿Qué demonios? Les dije específicamente que no dejaran pasar a esos tipos. —Un maldito traidor… pensé. Pero si realmente era así, esperarían a la noche para cortarnos el cuello a todos, algo extraño estaba pasando.

—Señor, solo… solo hay una persona. No es problema —añadió, pero para mí era insultante. Di una orden y alguien la desobedeció.

Me dirigí a la entrada. Algunos se estaban aglomerando en la cancha. Entre ellos, ahí estaba…

—Hola —dijo el mocoso con una voz tranquila, prácticamente casual—. Soy Sora, su vecino y nuevo amigo. Un gusto conocerlos.

Se detuvo un momento, pensativo, y añadió con una ligera sonrisa—Bueno… nuevo amigo de todos los que no hayan abusado de otros.

No sonaba como una broma, pero tampoco como una amenaza. Simplemente lo dijo, como si estuviera mencionando el clima.

Esto no tenía sentido, les dije específicamente que no lo dejaran pasar, como lo temía estaba libre de tumores rosa o deformaciones, además todo su cuerpo parecía sano, como si no hubiera sufrido ningún tipo de daño en este mes. Cuanto más lo pienso, más suena como un ser sacado de una pesadilla con forma humana.

—¿Qué carajos haces aquí? Ya te dijimos que no queremos nada contigo.

—Vaya… —respondió, con la misma calma—. No hables por todos, es incómodo… desagradable en verdad.

Se giró hacia la multitud, sus ojos tranquilos pero atentos.

—Si alguien necesita ayuda, puede venir conmigo. No hace falta complicar las cosas.

—¡Saquen a ese estúpido! —ordené—. No me importa si lo lastiman, o lo matan por accidente.

El niño suspiró levemente, como decepcionado.

—No es necesario… — respondió, con indiferencia—. Pero si insisten, al menos tengan cuidado de no hacerse daño ustedes.

Mis hombres… se arrodillaron sin que él levantara la voz. Simplemente bajaron la cabeza ante él, como si la decisión hubiera surgido desde dentro. Como si obedecer fuera lo más lógico del mundo.

—¿Qué demonios están haciendo? —grite, sin entender nada.

Uno de los que había intentado lastimarlo solo estaba temblando a su lado.

—Mi cuerpo se mueve solo, esto no se siente bien…— No entendía la situación, que carajos era lo que se había metido a nuestro hogar.

—Supongo que hacer este tipo de cosas no es la gran cosa —dijo con calma—. En este mundo todos son víctimas, y aunque sea difícil debo darles una oportunidad ... Eso me dije a mí mismo, pero puede que haya estado equivocado.

Sus ojos comenzaron a recorrer nuestro grupo hasta que se encontraron con los míos.

—Pero, ¿sabes? Tengo muchos lugares a los que ir, personas que encontrar… No puedo darme el lujo de perder tiempo con gente como ustedes.

Algunos intentaban alzar las manos para golpearlo, pero sus cuerpos se negaban a obedecer. Y él, sin prisa, siguió caminando como si nada allí mereciera su atención.

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