Capítulo 22: Un mes de fracasos
Otro día. Otro intento fallido.
Ya llevábamos un mes aquí. Demasiado tiempo para permanecer en una sola zona, considerando cuántas personas aún necesitaban ayuda. Algunos seguían viniendo y marchándose; supongo que quienes habían ido a explicar la situación estaban cumpliendo su parte.
Aun así, no era tan efectivo como ir yo mismo hasta ese lugar y curarlos frente a todos. Aunque al tener que curar a menos personas la presión en mi cabeza no aumentaba demasiado, a veces terminaba actuando como una persona despistada al no recordar algunas cosas, pero eran inconvenientes menores.
Afortunadamente luego de irme a dormir me sentía mejor. De otra forma en todo este tiempo ya habría terminado explotando o algo así, sin embargo, el agotamiento continuaba.
Rael, Gehn y varios miembros del grupo habían notado mi cansancio. Más de una vez me sugirieron que nos retiráramos para que pudiera descansar sin pensar en esos tipos, aunque sabía que la razón de esto era el uso de mis habilidades.
—Sora, con todo respeto, creemos que ya es hora de irnos —dijo Rael con firmeza—. Entiendo que quiera salvarlos, pero esos tipos son realmente despreciables. Me dan ganas de romperles la cara a esos idiotas.
—Tsk… debo estar de acuerdo con Rael —añadió Gehn, frustrado—. Todos aquí hemos sido salvados por usted. Sabemos que puede curarse de cualquier cosa… pero también hemos notado que le duele, aunque intente fingir lo contrario. ¿No cree que esto ya es demasiado?
No podía negar que tenían razón.
A mí tampoco me gustaba que dañaran mi cuerpo. Y, cuando insultaban la versión de mí que tanto me había costado construir, sentía algo de desagrado. Pero si al final siempre volvía a la normalidad ¿por qué debería guardar rencor?
Incluso aquellos que me odian, solo son víctimas. Tienen que serlo.
Porque si no hay nadie a quien salvar… entonces he fallado.
—La mayoría de aquí no quiere ser salvada —intervino una mujer del grupo, una de las que habíamos ayudado meses atrás—. Nos miran con odio. No sé si vale la pena arriesgar tanto por gente que ni siquiera quiere escuchar.
Los entendía. Tenían razón.
Quizá solo estaba siendo obstinado.
—Lo sé —respondí, intentando mantener la calma mientras miraba hacia la escuela a lo lejos—. Saldré a caminar un rato. Mañana por la mañana les diré cuál será nuestro plan.
Al ver esta escuela, incluso si estaba en un estado terrible, no podía evitar recordar los días que pasé con Yume y mis amigos. Pero, al igual que la preparatoria, todo termina tarde o temprano, y nosotros también tendríamos que marcharnos.
Mientras observaba el edificio, sentí que había alguien distinto al resto allí dentro. Incluso sin verlo, gracias a [Lectura Patogénica] podía distinguir a los infectados.
Últimamente había percibido una presencia diferente. No podía identificarla con claridad, pero sí estimar su dirección. Si no se acercaba, debía asumir que no quería… o quizá que no podía.
Esta vez, al menos, intentaría acercarme yo.
Se suponía que la peste rosa podía transformarse en una niebla capaz de desintegrar todo a su paso. Tal vez, si me forzaba lo suficiente, podría romper las paredes e inmediatamente después podría disipar la niebla para evitar problemas adicionales. Así podría hablar con alguien del interior, pedirle que me ayudara a convencer a los demás y demostrar que no era un farsante.
Las ratas que controlaba mediante mi [Afinidad Viral] patrullaban la zona, atentas a cualquier cosa que escapara a mis sentidos. Todas permanecían tranquilas, lo cual era una buena señal.
Entonces escuché un golpe seco, como si algo se hubiera quebrado.
Sentí que la presencia con la que me quería encontrar estaba cerca. No oí gritos de dolor, así que supuse que, al menos, no había sido algo fatal.
Me dirigí hacia el origen de esa sensación, avanzando con cautela mientras pensaba cómo presentarme.
—Hola, soy Sora… —murmuré para mí mismo—. No, es demasiado simple. Podría confundirme con otro farsante.
Cuando por fin llegué, la vi.
Una figura cubierta de tumores rosados, grandes y anómalos. Las protuberancias virales cubrían sus brazos, piernas y espalda; incluso deformaban su rostro. Sus brazos estaban torcidos en ángulos antinaturales, y un rastro de sangre marcaba el camino por el que se había arrastrado.
Aunque para muchos podría parecer que no era humano, yo sabía que lo era; era evidente que estaba sufriendo.
Mientras yo pensaba en cómo presentarme, ella estaba luchando por seguir avanzando en un estado desesperado.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí odio hacia mí mismo. Su boca temblaba, como si hubiera olvidado cómo respirar.
—No… no, no… por favor…
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas y, aun así, no se detenía. Seguía avanzando, arrastrándose con una obstinación desesperada.
«Al final, parece que no he madurado tanto como creía».
No podía permitirme perder tiempo en mi propio resentimiento. Me arrodillé a su lado con cuidado; su cuerpo parecía tan frágil que temía quebrarlo con el más leve contacto.
—…Por favor, cálmate. Prometo ayudarte —dije, procurando que mi voz sonara serena, aunque por dentro me invadía la preocupación.
No respondió. No gritó. No intentó apartarse.
Solo me miró.
Había confusión en sus ojos… y algo más difícil de describir. Yo tampoco entendía del todo lo que estaba viendo.
—Quédate quieta —susurré, inclinándome un poco más—. Tu cuerpo… tus brazos… esto no está bien. No deberías arrastrarte así.
Entonces empezó a llorar mientras se disculpaba. Verla en ese estado me oprimió el pecho.
—P-perdón… —murmuró con la voz quebrada—. Perdón… no debía…
Activé la [Lectura Patogénica], apoyándome en el sistema de soporte para obtener su estado general.
***
[Sistema de Soporte – Lectura Patogénica
Proceso en progreso…
Estado vital: Crítico
-> Múltiples fracturas sin tratamiento.
-> Atrofia muscular severa.
-> Evidencia de trauma físico prolongado.
Sinergia viral: Nivel alto [Origen congénito]
-> El sujeto nació con una cepa activa del virus R.
-> Simbiosis avanzada e inestable.
Observación crítica:
-> Intentos repetidos de autorreparación estructural.
-> Fallos acumulativos en la reconstrucción ósea y de tejidos.
-> Deformación progresiva causada por regeneración incompleta.
¿Recolectar muestra?
]
***
Esa chica había estado sufriendo durante años. Tenía múltiples traumas físicos y, a juzgar por su mirada, también mentales.
¿Qué demonios le habían hecho…? La parte de la sinergia inestable con el virus era una cosa, pero si realmente alguien la había lastimada hasta dejarla en este estado esa persona no merecía perdón alguno.
—Esto no está bien. Es… desagradable.
No me di cuenta de que lo había dicho en voz alta hasta que vi su expresión.
Ah. Lo dije en voz alta.
No podía ser… ¿acaso pensaba que me refería a ella?
Sus ojos se llenaron aún más de lágrimas.
—¡Ah! No, lo siento… no llores —me apresuré a corregirme—. Solo estaba examinando tus heridas. Me han dicho muchas veces que no entiendo bien los sentimientos de las mujeres.
—¿Eh…? —murmuró, visiblemente confundida. No la culpaba. Si Yume o Alicia estuvieran aquí, ya me habrían dado un sermón.
Respiré hondo, buscando las palabras correctas.
—En resumen, quiero ayudarte. Por favor, dame la oportunidad de salvarte. Quiero estar a tu lado.
—¿Por qué? Yo… doy asco.
Era cierto que su cuerpo estaba marcado por el virus de una forma distinta al resto… pero nada de eso me provocaba rechazo.
—¿Asco? —fruncí el ceño—. ¿Por qué dirías algo así? Solo eres una víctima de este mundo. Nadie debería vivir con ese dolor.
—Cada parte de mí es desagradable… mi cara… mi voz… No tengo nada bueno. Solo sigo resistiendo… porque nadie me quiere. Porque solo soy…
—No eres desagradable, y no digas que no tienes nada de bueno.
La levanté con cuidado. Era demasiado ligera, como si su cuerpo apenas pudiera sostenerse por sí mismo. Al principio intentó apartarse, pero poco después se aferró a mí. Como si, pese a todo, una parte de ella aún quisiera confiar.
—Mi nombre es Sora —dije, mirándola a los ojos—. Y prometo que voy a ayudarte.
Se quedo en silencio un momento, pero todavía había algo importante que preguntar.
—Disculpa. Me haría feliz saber tu nombre.
—… Amelia… mamá… me lo dio —dijo. Pensé que era obvio que su madre se lo había dado, pero el hecho de que lo mencionara demostraba lo importante que era para ella.
—Es un nombre realmente hermoso, Amelia, es un gusto conocerte.
No respondió. Sus pupilas se movieron levemente, como si intentara descifrar mis intenciones. Finalmente dejó de resistirse. Lo tomé como una aceptación silenciosa.
La llevé conmigo hacia el refugio.
Cuando crucé la puerta con Amelia en brazos, el silencio se extendió por la habitación. Todos detuvieron lo que estaban haciendo para mirarnos.
—… ¿Qué es esa cosa? —preguntó una mujer de cabello trenzado, con una mezcla de sorpresa y miedo.
Amelia parpadeó y bajó la mirada, como si estuviera acostumbrada a escuchar ese tipo de palabras.
—No tengo tiempo para comentarios inútiles —repliqué, con más dureza de la que pretendía—. Su nombre es Amelia, si vuelves a llamarla así, no permitiré que sigas en mi grupo.
Amelia, que estaba en mis brazos, se tensó. Lo estaba haciendo mal.
—¡Yo no…! —la mujer retrocedió, asustada—. Lo siento, no era mi intención. Nunca había visto a una persona así…
Suspiré. No era su culpa. Era natural reaccionar con temor ante lo desconocido.
Respiré hondo. No podía perder el control ahora.
—Yo… lo siento. No debí hablarte así —rectifiqué—. Pero ella es importante para mí. No quiero que nadie vuelva a hablar de esa manera.
—Sí, lo entiendo, mi señor. No volverá a pasar —respondió la mujer, inclinando la cabeza.
Rael apareció poco después. Parecía que ya se había enterado de lo ocurrido.
—Sora, ¿dónde quiere que alojemos a la señorita? Todavía quedan varias habitaciones en este edificio. Si quiere, podemos preparar una para ella.
Amelia seguía consciente, pero su estado era deplorable. Necesitaba un lugar tranquilo donde pudiera descansar, y donde yo pudiera comenzar a tratarla cuanto antes.
—La llevaré a mi habitación. No me interrumpan hasta que termine.
—¿Eh…? —Amelia se tensó de inmediato entre mis brazos.
Gracias al esfuerzo de mis compañeros, mi habitación era la más limpia y cómoda del refugio. Seguía estando muy por debajo de cualquier hotel barato, pero en este mundo devastado por la peste rosa era más que suficiente.
Mientras la llevaba en brazos, noté que observaba todo a su alrededor con cautela, como si esperara que en cualquier momento alguien la agrediera. Cuando llegamos, la recosté con cuidado sobre la cama. Bajó la mirada, como si dudara si tenía derecho siquiera a tocar las sábanas.
Tal vez pensaba que estaba en deuda conmigo. O tal vez simplemente no entendía por qué alguien haría algo así por ella.
Su nerviosismo aumentó ligeramente mientras la acomodaba. ¿Era porque un hombre la llevaba a su habitación apenas después de conocerla? Quizá. Pero era más probable que se tratara de una reacción nacida de años de dolor y abuso.
Sus huesos mal alineados serían difíciles de corregir. Aun así, con mi habilidad para manipular virus y patógenos podría reacomodarlos y modificar el virus R en su interior. Aunque era un procedimiento complicado, no estaba fuera de mis posibilidades.
Sin embargo, había algo que me preocupaba.
—Amelia, voy a modificar tus huesos y el virus en tu cuerpo. No es algo menor.
La primera vez que lo hice con Gehn, gritó de dolor por un error mío. Esta vez quería evitarlo a toda costa.
—No… vas a desecharme… mientras duermo.
Me quedé atónito ante esa respuesta.
—No. Espera. Nunca haría eso —respondí de inmediato—. Te lo prometí. Voy a curarte. Pero no soy perfecto… y podría causarte mucho dolor sin querer. Por eso pensé que sería mejor que durmieras primero.
Tomé aire tratando de recuperar la calma. No quería que mis palabras sonaran apresuradas ni vacías.
—Pero la decisión es tuya. Si no quieres, buscaré otra forma. Puede que tarde más… pero respetaré lo que elijas.
Ella guardó silencio unos segundos. Sus dedos se aferraron ligeramente a las sábanas.
—Si tú lo haces… entonces está bien —susurró—. Confío en ti.
La miré un instante.
—Gracias, estarás bien. Lo prometo. Solo… duerme.
Amelia cerró los ojos poco a poco, hasta quedar inconsciente sobre la cama.
Si realmente lo deseaba, podía controlar a cualquier persona infectada por el virus R, incluso sin recurrir al sistema. La única limitación era mi propia voluntad y mi decisión de respetar la de los demás.
Comencé entonces a trabajar.
Manipulé con cuidado las zonas afectadas de su cuerpo, utilizando mis manos cuando era necesario para corregir la posición de los huesos. Planeaba que el virus R-EVO complementara la regeneración.
—No es suficiente para este caso.
La cepa original del virus en el cuerpo de Amelia reaccionaba de forma inesperada, consumiendo cualquier intento de modificación externa. Podía ordenarle que se detuviera, pero a largo plazo eso solo generaría inestabilidad. Necesitaba algo más adecuado a su naturaleza.
Así que, una vez más, recurrí al sistema para crear una nueva variante. De nuevo, mi cabeza fue usada como un motor de carrera, forzada a procesar cantidades absurdas de información.
De ese esfuerzo nació una cepa adaptada a su sinergia congénita. La llamé: [Virus R-EVO 2].
El nombre no era particularmente creativo, pero eso era lo de menos. Lo importante era que funcionara. Ahora solo quedaba observar los resultados.
Cuando terminé, ella seguía profundamente dormida, casi como si estuviera muerta. Pero sabía que no lo estaba.
Modificar un virus a ese nivel resultaba agotador. Mi cuerpo se sentía pesado y mi visión volvió a teñirse de rojo.
—Tengo que limpiar esto.
La sangre había brotado de mis ojos y oídos durante el proceso. Ya no me preocupaba demasiado. Al igual que la primera vez que modifiqué el virus R, hubo resistencia. Pero también sabía que mi cuerpo terminaría por recomponerse y volver a la normalidad.
La chica que dormía en mi cama, en cambio, no había tenido esa suerte.
—Si realmente le estaban haciendo daño por decisión propia… ¿cómo debería devolverles ese dolor?
Me quedé en silencio.
Todo este tiempo me había hecho una pregunta: si, en lugar de usar el virus para curar, qué pasaría si tratara de llevarlo al extremo contrario, ¿qué resultado obtendría?
Al levantar la mirada, vi mi reflejo en el espejo de la habitación. Me sentí inquieto.
¿Qué estaba pensando?
Por un instante, mi mente volvió a quedar en blanco. Luego miré la sangre esparcida a mi alrededor y lo entendí.
Había llevado mis habilidades al límite al curarla, y como resultado dejé un rastro innecesario. Cualquiera podría pensar que allí había ocurrido un asesinato.
Terminé de limpiar en silencio.
Después me detuve un momento para observarla. Al verla descansar, tranquila por primera vez, supe que había valido la pena.
Comprobé que su respiración fuera estable y regular antes de apartarme.
Luego me preparé para dormir. No era buena señal. Sentía que algo en mi interior había sido forzado más allá de lo razonable. Esperaba que el descanso aliviara esa sensación, al menos debía parecer tranquilo cuando Amelia despertara. No quería asustarla.
Últimamente soñaba mucho con mis días de escuela.
Esperaba que esa noche también fuera así.




