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Capítulo 20: Dulzura en la Ciudad Limpia

POV - Naomi

Nunca me gustaron las rondas de desinfección. Mucho menos las purificaciones; o, siendo honesta, las purgas de infectados. El trabajo, en realidad, era desagradable, agotador y, la mayoría de las veces, profundamente inhumano.

Por eso, aunque el pago era bueno, la mayoría prefería tareas menos traumáticas. En esta ciudad, cualquier labor que implicara salir de la Ciudad Limpia y arriesgarse a la peste rosa era suficiente para que te miraran con desagrado. Aun así, yo realmente necesitaba ese dinero.

Mis padres eran idealistas. Creían que no debía haber niveles, que todos los sectores de la ciudad merecían el mismo acceso y el mismo trato. Para dar el ejemplo, organizaron una protesta masiva e intentaron cruzar deliberadamente los límites del segundo nivel sin permiso. Fueron arrestados y, como tantos otros, expulsados.

Desde entonces quedamos solos mi hermano menor y yo. Mi hermanito ya había cumplido los diez años, y en la Ciudad Limpia solo enviaban a orfanatos a los niños menores de ocho. Ambos debíamos demostrar tener alguna utilidad para evitar la expulsión. En el caso de los niños, bastaba con probar que seguían estudiando.

Ir a un instituto para formarse en alguna tarea técnica de cara al futuro era bastante caro. Aun así, siempre lo vi como un niño responsable y muy inteligente; sentía que solo necesitaba un poco de apoyo, y como su hermana mayor, era mi deber dárselo.

Así que comencé a trabajar. Primero en reciclaje, luego en descontaminación, más tarde criando animales. No permanecí mucho tiempo en ninguno de esos empleos. No porque los detestara, sino porque simplemente no daban el dinero suficiente.

Mis padres solían decir que, en el pasado, la educación no era tan costosa, que antes era común que todos los niños estudiaran. Al ver las deudas que se acumulaban, empecé a entender su descontento. Pero no podía permitirme ser como ellos. No podía darme el lujo de protestar. Así que seguí trabajando.

Se decía que las rondas de desinfección eran peligrosas, que de vez en cuando algunas personas no regresaban. Pero no requerían formación académica y, además, eran bastante rentables. Así que empecé allí.

Al principio me asustaba ver los bultos de carne, se suponía que alguna vez habían sido humanos. Aun así, cumplí con mi labor: mantener el traje sellado, la cabeza fría, nada de preguntas. Solo seguir órdenes.

Pensé en dejar ese trabajo en cuanto reuniera el dinero suficiente para pagar sus estudios técnicos y su manutención. Era solo una etapa. Al menos, eso creía.

Fue durante una de esas rondas que conocí a Sarah y Lynne Sterling.

Era raro ver a otras mujeres en ese tipo de trabajo. Al principio pensé que podríamos llevarnos bien, quizá incluso ser amigas. Pero cuando supe quiénes eran en realidad, se me heló la sangre. No solo participaban en rondas de desinfección: eran miembros activos del Escuadrón de Purificación.

Ellas no se limitaban a “limpiar” restos. Formaban parte del grupo que buscaba infectados vivos y los ejecutaba sin dudar. Corrían rumores de que, si recibían la orden, también eliminarían a uno de los suyos sin pestañear.

Me daban miedo.

Y, aun así, por alguna razón les caí bien. Incluso me ofrecieron una recomendación para unirme al Escuadrón de Purificación.

No entendí por qué. Tal vez por simple curiosidad. Tal vez porque querían a otra mujer cerca. O quizá porque les divertía ver hasta dónde podía llegar alguien como yo.

En circunstancias normales, habría dicho que no.

Pero esa misma semana atraparon a mi hermano intentando colarse al segundo nivel. Tal vez estaba inspirado por nuestros padres, que lo habían intentado antes y habían fracasado. La multa era absurda. Si no la pagaba, lo expulsaban.

Y allá afuera, nadie sobrevive.

Las hermanas se ofrecieron a cubrir la deuda. A cambio, yo debía unirme al Escuadrón de Purificación. Era una solución demasiado conveniente; tanto, que llegué a pensar que se habían enterado de mi situación familiar.

No tuve opción.

Firmé.

Me entregaron el uniforme, el reglamento y un kit de reparación para el traje. “Para emergencias”, dijeron. “No te preocupes.”

Más tarde entendí que esos kits eran inútiles. Solo ofrecían una falsa sensación de seguridad a los novatos, para evitar que dispararan por pánico. Incluso eso respondía a la conveniencia del escuadrón: así podían eliminar a un nuevo infectado sin provocar accidentes adicionales.

Durante medio año me entrenaron para matar sin vacilar. Nos repetían que los infectados ya no eran humanos. Que eran carne contaminada, residuos biológicos en movimiento. Pero cuando alguien te suplica con lágrimas en los ojos, esa idea cuesta sostenerla… hasta que recuerdas que tu familia podría terminar en la misma situación si no aprietas el gatillo.

Creí que podría mantener cierta distancia de todo aquello. Pensé que bastaría con cumplir órdenes y nada más. Pero Sarah y Lynne no lo permitieron.

Comenzaron a aparecer en mi departamento sin avisar, incluso en mis días libres. “Somos compañeras”, decían. Y, en parte, tenían razón: me ayudaron en el peor momento.

Mi hogar estaba en una antigua unidad habitacional familiar estándar: Una sala con dos habitaciones, una cocina funcional, red de agua reciclada y un generador de respaldo. La renta era permanente. Pasara lo que pasara, seguiría pagando por vivir allí hasta el último día. Por suerte, mi sueldo alcanzaba para cubrirla sin retrasos.

Sarah y Lynne solían decir que les gustaba venir porque allí podían hablar sin preocuparse de ser escuchadas.

Al igual que yo, habían perdido a sus padres. Pero, a diferencia de mí, eran menores de ocho años cuando ocurrió. Por eso fueron enviadas a un orfanato y, al no haber nadie que se hiciera cargo de ellas, al cumplir la edad límite terminaron siendo asignadas al Escuadrón de Purificación. Allí las moldearon desde niñas para convertirse en soldados convenientes para la ciudad.

Vivían en instalaciones compartidas con miembros de la seguridad pública, aunque bajo normas aún más estrictas. No sabían lo que era tener una casa. Solo a los capitanes de escuadrón se les concedía una habitación propia. Los soldados regulares, como ellas, dormían en cápsulas de reposo asignadas: alineadas, e impersonales. Ni siquiera podían hablar libremente después de cierto horario.

—Es raro —dijo Lynne la primera vez que entró a mi casa—, pero se siente cómodo.

Lo que no resultaba cómodo eran sus conversaciones. Siempre giraban en torno a lo mismo: métodos para eliminar más rápido, si era mejor hacerlos sufrir, rumores sobre nuevas armas… o los intentos constantes de Lynne por llamar la atención de John, su superior.

Esa tarde no fue distinta.

—Tsk… y encima ese idiota se rasgó el traje —murmuró Sarah con desdén.

—John debe pensar que somos unas imbéciles por perder el tiempo con alguien como él —añadió Lynne, cruzándose de brazos.

Markus. El “novio” de Sarah.

Lo ejecutaron ellas mismas, siguiendo el protocolo, y lo redujeron a cenizas sin ceremonia alguna. Y aun así, hablaban de él como si no hubiera sido más que una mancha en su historial.

Solo me faltaba un último pago para saldar la deuda. Después de eso, podría dejar el escuadrón. Volver a una vida más normal.

Y, aun así, pensé que tal vez, en el futuro, extrañaría estas conversaciones con ellas.

Serví la bebida: agua reciclada con saborizante sintético, “frutas mixtas”, según la etiqueta. En el tercer nivel casi nunca probábamos frutas, a pesar de que muchas se cultivaban justo aquí. Irónico. Producíamos para otros niveles, mientras nosotros sobrevivíamos a base de derivados.

—Ya murió —dije, intentando sonar suave—. No tiene sentido seguir enojadas.

No entendía por qué me metía en esas conversaciones. Tal vez porque no había muchas mujeres en el escuadrón. O porque, en el fondo, seguía esperando que ellas cambiaran.

Sarah soltó una risa seca.

—¿Y si hubiese embarazado a mi hermana o a mí? Imagínate tener un hijo con alguien tan… patético.

Me atraganté.

—…Perdón, me atoré. Voy a limpiar esto.

Cielos. Siempre pensé que jugaban con él solo para poner celoso a John. Pero, al parecer, los tres habían hecho muchas cosas juntos.

—Ya, Sarah —rió Lynne, recostándose en el respaldo de la silla—. No te preocupes. Siempre fuimos cuidadosas, aunque ahora hasta los recuerdos dan asco.

—Sí… —asintió Sarah—. Incluso compartimos un kit de reparación para darle algo de confianza. ¿Cómo demonios puede ser tan inútil?

Yo todavía guardaba el mío. Los kits eran algo que entregaban a los agentes de purificación, pero nadie impedía desecharlos. De todas formas, tarde o temprano uno descubría que eran una mentira.

Una vida horrible, en verdad.

Sarah rebuscó en una pequeña bolsa que había traído consigo y sacó un envase sellado. Lo colocó sobre la mesa con una leve sonrisa.

—Hoy trajimos algo especial.

Lynne se apresuró a abrirlo y sacó tres porciones pequeñas de lo que parecía un pastel compacto, coronado por una capa pálida que intentaba imitar crema dulce. El aroma era tenue, pero agradable, sobre todo en comparación con lo que solíamos comer.

—Mira esto —dijo Lynne—. No sabíamos si te gustaría, pero queríamos compartirlo contigo.

—Gracias —respondí, tomando una porción y llevándola a la boca—. Está… rico.

Y no era mentira. Era dulce y suave, mejor que cualquier postre común del tercer nivel. Pero después de haber probado chocolates y otros dulces, este tipo de postres ya no lograba sorprenderme.

Hasta hacía poco, algo así me habría parecido un lujo.

Ahora solo sabía a “casi”.

—¿Y ahora qué harán? —pregunté, cambiando de tema. Sabía que la respuesta sería incómoda, pero no pude evitarlo.

—Lynne y yo dejaremos de buscar pareja —dijo Sarah, con ese tono sereno que usaba cuando ya había tomado una decisión.

—Sí. Además, ese imbécil de John nunca se puso celoso. ¿Tal vez sea estéril?

Cielos. Si querías llamar su atención, Lynne, tal vez no deberías pasar tanto tiempo con otros hombres. Aunque, ni así creo que lo lograrías. Ese tipo está demasiado casado con el trabajo.

—No se preocupen tanto por John —dije, intentando sonar neutral—. Hay mejores opciones afuera. Y ya saben… cada una podría tener su propia pareja.

—John es un idiota —dijo—, pero tienes razón. Supongo que ya es hora de dejar ese tema.

Luego dirigió su mirada hacia mí con curiosidad.

—Dinos, Naomi. Ahora que ya terminaste de pagarnos la deuda, ¿qué piensas hacer?

—¿Eh? ¿Todavía les debo algo? —pregunté, confundida. Ellas podían ser muchas cosas, pero no solían equivocarse con números.

Sarah negó con la cabeza antes de que Lynne respondiera.

—No —dijo con calma, esbozando una sonrisa suave—. Mi hermana y yo lo hablamos. Decidimos que el último pago corre por nuestra cuenta. Considéralo un regalo. Felicidades.

—Sí —añadió Lynne, encogiéndose de hombros—. Además, a los chicos decentes no les gustan las chicas del Escuadrón de Purificación.

Sentí un frío repentino recorriéndome la espalda. ¿Se habían dado cuenta?

—Oh, Naomi —dijo Lynne de pronto, con una sonrisita—. ¿Es verdad que estás saliendo con alguien del segundo nivel?

Me quedé en silencio un instante.

—Eh… bueno…

—Tranquila —intervino Sarah, sin perder la serenidad—. Sabemos que eres una chica normalita. No vamos a quitarte al novio.

“Normalita”. Tal vez lo soy. Y, honestamente, no me molesta.

—Sí —admití al final, con una pequeña sonrisa, bajando la mirada—. Es un chico de nuestra edad. Trabaja en el área de salud pública.

—¿Así que un doctor? —preguntó Lynne, curiosa.

—Algo así. Aún no me ha dicho exactamente en qué, pero está en los niveles superiores. Y es un buen chico… No se asustó ni me juzgó cuando le conté en qué trabajo. Siempre dice que va a apoyarme. A mí y a mi hermano. Que algún día quiere sacarme del tercer nivel.

—Eso sí que no lo esperaba —murmuró Sarah en voz baja, observándome con atención.

Hubo una pausa. Ninguna de las dos dijo nada durante varios segundos.

Lynne se inclinó hacia la mesa, mirando el trozo de postre que yo había dejado a medio comer.

—Entonces… ¿por eso no lo disfrutaste mucho? —preguntó, sin previo aviso.

—Ah… —me sorprendí—. No esperaba que te dieras cuenta.

Sarah cruzó los brazos, entornando los ojos.

—Estás recibiendo cosas mejores, ¿cierto?

Me sentí un poco culpable, pero asentí con suavidad.

—A veces me manda chocolates… y otras cosas. No quería hacerlas sentir mal. De verdad agradezco que hayan traído esto.

Lynne me dedicó una sonrisa leve, sin rastro de burla.

—Tranquila. Solo era una pregunta. Me alegra saber que… estás teniendo algo bonito.

Sarah asintió lentamente.

—Y si alguna vez te cuesta entender a ese chico, puedes pedirnos consejos —dijo, con una sonrisa idéntica a la de su hermana.

—Claro —respondí, algo incómoda, pero realmente apreciaba sus palabras.

Después de eso, la conversación derivó hacia otros temas. Como siempre, algunos eran un tanto perturbadores, como rumores sobre un nuevo grupo de infectados que estaban saliendo de las zonas de descarte, y otros más agradables, como hablar de cómo arreglarse para una cita. Al final, fue una conversación bastante agradable.

Y mientras las escuchaba, una idea no dejaba de darme vueltas en la cabeza:

Si no hubieran perdido a sus padres… si el sistema no les hubiera lavado el cerebro desde niñas, quizá ahora solo serían chicas normales. Comiendo postres y riéndose de cosas simples. Sin sangre en las manos.

Pero eso nunca sería posible.

Y las tres lo sabíamos. Aunque nunca lo dijéramos.

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