Capítulo 19: Amelia – Parte 3
POV – Amelia
—¡Ese tipo solo intenta manipularlos! ¿De verdad creen que alguien allá afuera los tratará mejor que nosotros?
Y, aunque doliera admitirlo, había algo de verdad en esas palabras. Lo desconocido daba miedo. Aquí, por cruel que fuera, si seguías las reglas podías sobrevivir. Incluso yo, después de tanto tiempo, seguía viva. Siempre tuvimos lo mínimo para continuar.
Lo cierto es que yo no necesitaba comer. Y aun así, me costaba creer que en otro lugar alguien pudiera tratarme mejor. Sin embargo, las dudas empezaron a brotar.
“Esos tipos… los que estaban con él… ninguno tenía tumores ni deformaciones.”
¿Era verdad? ¿Sus cuerpos estaban limpios? ¿Su piel intacta, sus rostros libres de la peste rosa?
Esas palabras, escuchadas días atrás, no dejaban de resonar en mi cabeza. Pero incluso si, por algún milagro, alguien quisiera salvar a otros… no me salvaría a mí.
Una noche, la curiosidad me venció. Subí a los pisos superiores cuando todos dormían.
Mi oído es sorprendentemente agudo; podía distinguir pasos lejanos, incluso respiraciones suaves detrás de las paredes. Mi vista, aunque no perfecta, me permitía ver con claridad en la penumbra.
No podía correr; mi cuerpo siempre había sido torpe y frágil. Si me descubrían, no habría escapatoria. Tuve suerte: los guardias roncaban en sus puestos. Me deslicé en silencio por las escaleras, aferrándome a la barandilla para no perder el equilibrio.
Cada peldaño era un castigo. Mis huesos dolían. Aunque ese día no me habían golpeado, los años de abusos habían dejado huella; quizá pronto tendría que arrastrarme para moverme. Y aun así, lo logré. Alcancé una ventana rota en el pasillo este. Desde allí creí que podría verlos.
Y los vi.
Eran muchos, más de los que podía contar. Mamá me enseñó a contar y aún practicaba en silencio para no olvidarlo, pero eran demasiados.
Lo que me impactó no fue solo su número, ni la ausencia de tumores o carne corrompida. Fue otra cosa: sus expresiones.
Sonreían.
No como aquí, donde las sonrisas escondían burla o rabia. Eran distintas. Ya las había visto antes, muchos años atrás, cuando aún vivía con mamá Kaede.
Me llevé una mano al rostro. ¿Cómo me vería ahora? ¿Sería capaz de sonreír? Antes lo hacía. Mamá decía que las sonrisas eran lindas. La mía… siempre fue diferente. Desde que ella murió, no había vuelto a necesitar una.
Si de verdad estaban tan bien… ¿por qué seguían viniendo? ¿Por qué buscaban a otros? ¿Por qué no se marchaban sin mirar atrás?
Busqué al supuesto “salvador”. Había demasiados rostros sanos, desconocidos. Tal vez era una farsa. Tal vez todos actuaban para sostener la mentira. ¿Una trampa bien construida? ¿Otra forma de crueldad, más dolorosa por disfrazarse de esperanza?
—No llores —me susurré, limpiándome los ojos con el dorso de la mano.
Era cruel dar esperanza a quienes ya no podían cargar con ella. Y aun así, seguí mirando. Entonces lo vi.
Había alguien distinto entre ellos. No por deformidad, sino por la forma en que los demás lo observaban. Lo rodeaban, pero él no parecía cómodo con las reverencias.
Algunos se arrodillaban al verlo pasar, aunque él no lo pedía.
Tenía el rostro joven, el cabello negro. ¿“Lindo”? Sí. Creo que esa era la palabra. Pero alguien como él nunca pensaría eso de mí. No me vería como persona; y si lo hacía, sería solo para apartarse con repulsión.
Aun así, todos a su alrededor parecían felices. Por un instante, solo un segundo, me pregunté si él tenía algo que ver con eso. ¿Y si me acercara? ¿Podría yo también…?
No. No debía tentar a la suerte. No después de haber sobrevivido tanto. No después de todo lo que había aguantado.
Antes de retirarme, sentí por un instante que nuestras miradas se cruzaban. Y entonces… él sonrió.
Era imposible. Estaba demasiado lejos. No podía haberme visto. No podía confundirme con alguien más. Me alejé de la ventana de inmediato; mientras mi pecho comenzó a arder.
Aun así, una parte de mí deseaba seguir mirándolo.
—No te ilusiones, Amelia.
—No eres especial.
—Cuando vayas allá —si es que alguna vez lo haces— él te odiará.
—Te llamará monstruo. Como todos los demás.
Cada día Sora venía. Traía palabras amables y ofrecía su ayuda, aunque nadie lo escuchaba. Lo ahuyentaban. Y cada noche, cuando todo estaba en silencio, yo me escabullía en secreto, arrastrando mis débiles piernas hasta una ventana del piso superior. Solo para verlo.
Me recordaba a una historia que mamá me contaba: la de una princesa encerrada en una torre. Pero al mirar mis propias piernas deformes, los tumores rosados que cubrían mis brazos, la espalda torcida y la piel áspera, manchada de un rosa enfermo, la fantasía se deshacía. Mi voz no era melodiosa, mis dientes estaban desalineados; no era una princesa.
Nunca lo fui.
Y, sin embargo, seguía volviendo. No sabía cuántas veces lo había hecho. Solo que, mientras lo observaba desde lejos, algo en mi interior se mantenía tibio: como si una vela diminuta se hubiera encendido, aunque yo no lo había querido.
No podía escuchar sus palabras, pero no parecía insultar o humillar a sus compañeros. Aunque cada noche me decía que jamás podría acercarme, que su mirada se llenaría de asco si me viera… yo seguía subiendo. Seguía observando.
Esa noche, sin embargo, algo fue distinto. No podía verlo con claridad. Me apoyé con más fuerza, estiré el cuello, torciendo el cuerpo. Solo un poco más…
Entonces escuché ruidos. Alguien se despertaba. Mi pie resbaló.
—Ah… —jadeé.
Caí. Mi cuerpo golpeó un muro bajo y algo crujió en mi pecho. El aire se me fue de golpe; no podía respirar, no podía gritar. Mis extremidades quedaron torcidas, dolían mucho… pero lo primero que pensé no fue en el dolor.
Tenía que volver a entrar.
Si me encontraban allí, harían algo peor. Si me veían fuera de mi zona, me castigarían, me destrozarían. Dirían que intentaba escapar, que me creía algo que no era. Con mi corazón a punto de estallar por el miedo, empecé a arrastrarme entre piedras y basura.
El miedo me empujaba a volver, a esconderme lo más rápido posible.
Tenía miedo. Mucho miedo.
Le había prometido a mi madre que sería fuerte, pero no hacía más que resignarme.
—…Mamá… ¿qué debo hacer?
Aunque no fuera más que una ilusión, decidí acercarme… al campamento donde creía que estaba aquel chico. Tal vez allí algo podría cambiar para mí.
Mi cuerpo estaba hecho trizas, pero no era solo el dolor lo que me empujaba a avanzar. Eran recuerdos: la sensación de haber sido feliz alguna vez, la voz cálida de mi madre susurrándome “un paso más, solo un poco más, ya está cerca”. Me obligué a seguir avanzando contando mis latidos para no perder el ritmo.
El camino pronto se volvió borroso. No sé cuántas veces me detuve ni cuántas pensé que no podría continuar. Solo recuerdo haber seguido arrastrándome.
Entonces escuché pasos.
Pronto me encontrarían; pronto volvería el castigo. El impulso de acurrucarme en el suelo, llorar y pedir perdón me recorrió el cuerpo. Temblaba sin control. Esperaba golpes, risas; sabía que, como siempre, todo sería mi culpa. Aun así, no me detuve, aunque apenas pudiera moverme desde la caída.
—…Por favor, cálmate. Prometo ayudarte —dijo una voz.
Me quedé inmóvil. Esa voz… ya la había escuchado antes. Con esfuerzo, abrí un ojo.
Era él.
Estaba frente a mí: el que venía cada día a hablar de salvarnos. Nuestros ojos se encontraron y, en los suyos, no vi asco ni horror. Solo lo que creía era preocupación.
—Quédate quieta —dijo suavemente, agachándose—. Tu cuerpo… tus brazos… esto no es normal. No deberías arrastrarte así.
Quise responder, pero no pude. Cuando tocó mi brazo, temblé. Su mano no intentaba lastimarme, pero no estaba acostumbrada a este tipo de trato. Nadie me había tocado con tanta delicadeza desde mamá. Las lágrimas brotaron sin que pudiera detenerlas.
—P-perdón… —susurré con la voz rota—. Perdón… no debía…
Se detuvo un instante. Sus ojos recorrieron mi cuerpo deforme, y su expresión fue difícil de descifrar.
—…Esto no está bien. Es… desagradable.
En ese momento, algo dentro de mí se quebró. Tenía razón. Era igual que los demás. Yo… nunca debí—
—¡Ah! No, lo siento… no llores —se apresuró a decir, sobresaltado—. Solo estaba examinando tus heridas. Me han dicho muchas veces que no entiendo bien los sentimientos de las mujeres.
—¿Eh? —balbuceé—. ¿Qué estás… diciendo?
—En resumen, quiero ayudarte. Por favor, dame la oportunidad de salvarte. Quiero estar a tu lado.
—¿Por qué… doy asco? —pregunté, sin entender. ¿Acaso disfrutaba rompiendo las pocas esperanzas que aún me quedaban?
—¿Asco? —repitió, frunciendo el ceño—. ¿Por qué dirías algo así? Solo eres una víctima de este mundo. Nadie debería vivir con ese dolor.
—Cada parte de mí es desagradable… mi cara, mi voz… no tengo nada bueno. Solo resisto porque nadie me quiere, porque solo soy…
—No eres desagradable, y no digas que no tienes nada bueno.
Con una suavidad que no comprendí, me sujetó entre sus brazos. Me encogí; tenía miedo de ensuciarlo, de contagiarle mi podredumbre.
Pero él no retrocedió ni tembló. Tampoco apartó la mirada. Me cargó, como si de verdad valiera algo.
—Mi nombre es Sora, y prometo que voy a ayudarte.
Me quedé en silencio. Tenía dudas sobre lo que estaba ocurriendo, pero aun así decidí creerle.
Porque, por primera vez desde que mamá Kaede murió, sentí que alguien me miraba como a una persona. Y si esto era un sueño, incluso si resultaba ser una mentira, quería quedarme en él un poco más.




