Capítulo 1: Yume Yoshizumi
El reloj del hospital marcaba las 00:42 de la madrugada. Yume Yoshizumi yacía en una cama de sábanas blancas. Un brazo conectado al suero, el otro sujetando con firmeza su celular.
Su piel estaba pálida, y aunque sus ojos aún brillaban con intensidad, su estado de salud dejaba mucho que desear. Aun así, sus dedos se deslizaban con precisión sobre la pantalla. En el juego, su personaje encadenaba combos perfectos a una velocidad asombrosa.
Victoria número 132.
—Easy… —susurró con una sonrisa débil. Le dolía la garganta al hablar, pero esa sonrisa era completamente sincera.
—Cielos… ojalá me quedara un poco más del medicamento que me dio Alicia… —murmuró, dejando escapar una risita corta que terminó en tos.
En aquel mundo virtual, Yume era rápida, fuerte e invencible. Incluso creía que, si moría, reencarnaría en un mundo de estilo novela ligera para salvarlo… o algo así. Claro que no planeaba morir dejando a su novio solo. Aunque, conociéndolo, quizá caería en depresión autodestructiva… o tal vez solo conseguiría otra novia. Nunca se sabe.
Al principio, había empezado a jugar videojuegos por él. Como apenas podían salir de casa, jugar era su forma de recorrer otros mundos. Ahora, después de tantos años, no importaba el juego ni la situación: ya no había comparación entre ellos en cuanto a habilidad.
—Puedo ganarle con una sola mano —pensó con una sonrisa segura de sí misma.
"¿De verdad tuve que volverme una jugadora top mundial solo para tener más temas de conversación?" Se hizo esa pregunta que, honestamente, debió haberse planteado mucho antes.
—Sí, definitivamente. Ser top mundial es la clave del amor. Si no me creen, es porque no lo han conseguido.
Suspiró con satisfacción, bajó el brillo de la pantalla y abrió su bandeja de mensajes. Uno era de Sora, su amigo de la infancia y, desde hacía casi un año, su novio:
"Gracias por ayudarme. Fue divertido jugar contigo."
Yume sonrió como una tonta. Se sentía feliz de poder pasar tiempo con Sora, incluso si no era directamente. Se conocían desde niños. Desde el primer día se llevaron bien: aquel en que ella se escapó de su habitación para “tomar aire” y él apareció, como si el destino lo hubiera enviado.
Una vez incluso intentaron huir juntos; en ese momento parecía una gran idea… hasta que recordaron que no tenían dinero para empezar una nueva vida en otro país, ni trabajo, ni forma alguna de evitar morir de hambre. Su padre fue claro: si volvía a escaparse, no permitiría que siguieran viéndose.
Y aunque Sora era un buen chico, tenía un problema bastante grave: era completamente incapaz de reaccionar de forma adecuada ante temas románticos. Dicho de manera directa, en esa época Sora era densísimo.
Tan denso que, aunque Yume le dijera claramente “me gustas como pareja”, él lo interpretaba como un simple “me agradas mucho, casi como una hermana”. Era como si se hubiera adaptado a las confesiones de Yume, igual que cierta criatura de anime o manga que se adaptaba a todos los ataques que usan sus oponentes.
Al principio, sus padres tardaron en aceptarlo. Yume era su única hija, una chica frágil, de salud delicada y de corazón sensible, y temían que Sora estuviera jugando con ella. Sin embargo, tras observarlo un poco más, incluso ellos llegaron a la misma conclusión que Yume había alcanzado hacía tiempo: ese chico era incapaz de jugar con nadie.
Era demasiado denso para eso.
Lo suyo tardó en florecer, pero finalmente lo hizo. Yume disfrutaba pasar tiempo con Sora, aunque tampoco quería que él se quedara siempre encerrado en su casa o en una habitación de hospital, lugares a los que acudía cada vez que su salud empeoraba. Por eso trataba constantemente de empujarlo a vivir, a conocer gente y a disfrutar de su juventud.
Claro que a veces ese consejo se le volvía en contra.
—Ayudar a las chicas está bien… pero no tan seguido —refunfuñaba para sí, imaginando a Sora con otras. No podía negar que, al escuchar ciertas historias que él le contaba, le daban ganas de estrangularlo hasta que sus ojos perdieran todo rastro de vida. —Solo celos sanos —se decía—. Como cualquier adolescente enamorada.
Pero si Sora era feliz, ella también lo sería.
Aun así, quería algo más: la oportunidad real de disfrutar los días de escuela junto a él. Por eso decidió ir a la escuela con él.
Sus padres se preocupaban por su salud y convencerlos sería difícil, especialmente a su madre, que era más estricta y conocía sus trucos. Así que esperó a que solo estuviera su padre en casa y lo convenció llorando:
—Nunca seré una persona normal… —fingió sollozar, hasta que él cedió.
Fue un trabajo fácil. Cuando su madre se enterará, solo su padre sufriría las consecuencias, así que estaba bien. El trato fue que, si su salud decaía, tendría que retirarse. Yume aceptó.
En el pasado, Sora parecía no tener más amigos que ella. En aquel entonces cuando intentó averiguar sobre él, algunos compañeros dijeron que Sora miraba a los demás con desprecio y que, si ella se interesaba en él, debía de tener gustos raros.
—Es lindo así. ¿Gustos raros? Los raros son ellos —pensaba.
Con el tiempo y tras incentivarlo a hacer más amigos, pareció que Sora ya no miraba feo a sus compañeros, y así Yume terminó consiguiendo “rivales”. Podría parecer que se puso una soga al cuello, pero para ella solo significaba que Sora tenía muchas opciones y, aun así, podía elegirla a ella.
El día que pisó por primera vez la escuela, tomó una decisión: la victoria sería suya.
—En esta batalla, ustedes son las retadoras —anunció con una sonrisa desafiante. Tal vez una referencia a anime no era el mejor inicio, pero no dejaba de ser cierto: ella llevaba años con Sora, mientras que las demás apenas lo conocían. La ventaja absoluta estaba de su lado. Además… ¿qué clase de amiga de la infancia podría perder en una batalla romántica? Con tantos años para hacer avances ¡Era impensable!
Sora ahora era sociable y bastante querido, así que Yume no podía evitar sonreír con orgullo cada vez que lo veía interactuar con los demás como una persona funcional de la sociedad.
Aunque, claro, en su interior albergaba un deseo: asegurarse de que Sora fuera aún más feliz a su lado. Sin embargo, su propio cuerpo a veces no la acompañaba. Aun así, no pensaba permitir que eso la detuviera; incluso si terminaba con solo 1 HP de vida, completaría la misión que había empezado.
A mediados del segundo año, recibió un apoyo inesperado: Alicia. La única persona que Yume había considerado una “amenaza real” —no solo por su aspecto de princesa, con cabello rubio y ojos azules, sino porque, por momentos, sentía que su amor por Sora era tan intenso como el suyo— apareció con una pequeña caja de madera entre las manos. Con una seguridad que competía con la de Yume, sacó de ella algo que parecía más una poción que un medicamento convencional: una botella de cristal cuya tapa tenía la forma de la cabeza de un dragón finamente tallada. Dentro, un líquido rojo como la sangre. Según Alicia, “podía curarlo todo”.
—Sabes… si esto me mata, te llevaré conmigo, aunque sea lo último que haga. —No lo hará. Vamos, tómalo, y compite conmigo. Te destruiré de igual forma —dijo Alicia mientras daba una sonrisa digna de una princesa.
Yume sabía muchas cosas sobre ella: que estaba enamorada de Sora, y que, pese a eso, era una amiga confiable. En secreto, incluso la consideraba su mejor amiga. Por eso confió y bebió el contenido sin pensarlo demasiado.
Al principio, fue como un milagro: el color volvió a sus mejillas, su voz recuperó fuerza y sus pasos ya no eran tan pesados. Por primera vez en mucho tiempo no tenía que fingir que su cuerpo estaba bien, realmente lo estaba. Y eso la hizo feliz.
No solo recordaba ese día por el medicamento o por cómo mejoró su condición, sino porque Sora había intentado usar la táctica del “tira y afloja”: esta vez, tratando de mantenerse más distante en lugar de su cercanía habitual. Pero se le daba fatal. Terminaba arrepintiéndose, haciendo caras raras e incapaz de mantenerse lejos de ella. Al final, las cosas volvieron a la normalidad.
Fueron días felices. Compartían risas con Sora y sus demás amigos, paseaban después de clases y, por un instante, Yume sintió que su vida podía ser normal.
Pero la ilusión no duró. El efecto del medicamento de Alicia se desvaneció tan rápido como había llegado. Alicia, desconcertada, insistía en que debía haber funcionado y se disculpó una y otra vez por darle falsas esperanzas. Yume nunca la culpó: era su mejor amiga… incluso pensaba que, algún día, Sora podría ser feliz a su lado.
Al terminar el segundo año, la salud de Yume volvió a deteriorarse. Cada día le costaba más asistir a clases. Alicia le dijo que pediría otra botella de panacea a sus padres, convencida de que la última estaba defectuosa. Pero Yume no quería molestarla. Sus ánimos también estaban en su punto más bajo. Los médicos empezaron a considerar enviarla a un hospital en el extranjero para un tratamiento más avanzado.
Aun así, ella tenía un solo deseo: graduarse junto a Sora y sus amigos. Por eso, aunque apenas tuviera fuerzas, intentó empujarlo a encontrar el amor y a vivir sus días escolares sin preocupaciones. No solo estaba Alicia; también Alexia, Anise y Mei eran buenas chicas, y todas ellas las consideraba amigas valiosas. Fue en ese intento que dijo cosas sin pensar… palabras que quedarían grabadas en la memoria de ambos para siempre. Y no de una buena manera, al menos no para Yume.
—¿Por qué dije tantas tonterías? —murmuró, rodando hasta quedar de lado y escondiendo el rostro entre las sábanas, como si así pudiera borrar lo ocurrido.
Sus mejillas ardían solo de recordarlo. Le había dicho que no lo necesitaba, que era popular, que podía estar con cualquier otra. Se aferró a la idea de que alejarlo era lo correcto… aunque, en el fondo, una pequeña y egoísta parte de ella deseaba que él se quedara.
Y Sora volvió.
Sin pedir explicaciones. Sin rencor. Se sentó a su lado como si nunca se hubiera ido y, esa misma tarde, con voz temblorosa y manos frías, se le declaró.
Yume lo miró, sorprendida. No porque no lo esperara, sino porque jamás creyó que él se atrevería. Ella había vuelto a la escuela por él, pero allí también había encontrado amigas, experiencias nuevas… y cuando pensó que él estaría mejor sin ella, decidió apartarse.
Sin embargo, ese chico que siempre había parecido despistado e incapaz de dar el primer paso, llegó hasta la habitación del hospital de la familia Yoshizumi, la miró a los ojos, sonrió… y se declaró.
Ya no pudo rechazarlo. Después de un par de bromas para recordarle lo denso que era, tomó su mano y no la soltó.
Así, al final del segundo año, Yume y Sora se hicieron novios. Desde entonces hablaban todos los días, incluso más que antes. Él se volvió un novio atento, aunque algo torpe:
—¿Ya comiste?
—¿Hoy te dolió algo?
—¿Puedo llamarte antes de dormir?
A veces ella le mentía para no preocuparlo, pero le encantaba que estuviera tan pendiente. Le gustaba cómo su voz se volvía más suave cuando decía que no se sentía bien. Aunque… todavía parecía acercarse demasiado a otras chicas. Eso la ponía nerviosa.
—¿Puedo estrangularlo un poquito? Solo un poquito —murmuraba—. ¿Tengo permiso por ser tu novia? ¿Sí? ¿No? ¿Verdad?
Suspiraba, recordándose que no debía ponerse celosa. Confiaba en Sora y en las amigas que había hecho. Más o menos.
Alicia había demostrado ser una pervertida —o, al menos, según lo considerado decente en este país—, pero, al menos, no intentaría nada sin permiso. De cualquier forma, Yume se encargaría de que él la amara cada día un poco más, aunque estuvieran lejos.
Y, por supuesto, aunque ya eran una pareja oficial y bastante cariñosa, Sora todavía necesitaba su propio “arco de desarrollo”.
Hubo incluso una cita en la que intentó alejar a Yume de su lado, argumentando que estaría mejor sin él… En ese momento, Yume sintió verdadero miedo al creer que la estaban terminando, pero rápidamente se dio cuenta de que Sora solo estaba muy confundido, y le fue completamente imposible romper con ella.
Al final, el amor venció, y Sora volvió a admitir, por enésima vez, que Yume era simplemente irremplazable para él.
Con una sonrisa suave, abrazó el celular contra su pecho y cerró los ojos.
—Tenemos una cita pendiente, ¿lo recuerdas? Así que… espérame un poco más —susurró con ternura.
Ahora estaba internada en uno de los hospitales de su familia. No había tenido que ir al extranjero, pero sí salir de la ciudad para tratar su enfermedad. Eso significaba que ya no podría escaparse como antes.
Una risita escapó de sus labios, seguida de una tos suave. Se cubrió la boca.
—Genial… ahora parezco una heroína romántica con defectos de fábrica —bromeó en voz baja, tomando de nuevo el celular.
Con algo de esfuerzo, escribió un último mensaje antes de dormir:
"Sí, fue divertido. No me conectaré estos días, pero no te preocupes, estaré bien como siempre. Volveremos a vernos pronto."
Presionó enviar y dejó el teléfono a un lado.
—Me hubiera gustado ver a todos el último día de clases… pero no importa, habrá más oportunidades.
Mañana no solo sería el último día de clases, sino también su operación más importante. Y en situación estaba tranquila, a pesar de todo. Después de todo, si la protagonista femenina muriera tan pronto… ¿no sería una historia demasiado corta? ¿Demasiado anticlimática?
Con una sonrisa serena, se dejó llevar por el sueño, imaginando los días brillantes que vendrían tras su recuperación.




