表示調整
閉じる
挿絵表示切替ボタン
▼配色
▼行間
▼文字サイズ
▼メニューバー
×閉じる

ブックマークに追加しました

設定
0/400
設定を保存しました
エラーが発生しました
※文字以内
ブックマークを解除しました。

エラーが発生しました。

エラーの原因がわからない場合はヘルプセンターをご確認ください。

ブックマーク機能を使うにはログインしてください。
19/33

Capítulo 18: Amelia- Parte 2

POV – Amelia

Nunca tuve una mascota. Pero mamá decía que eran pequeños seres que traían alegría, que llenaban los hogares con un amor puro y sin condiciones; que se volvían parte de la familia.

Por un instante ingenuo pensé que eso también podría ser cierto para mí: que si me “entregaban” como si fuera una mascota, tal vez alguien me querría. Tal vez me quedarían; tal vez tendría un lugar.

Esa ilusión se desvaneció rápidamente.

Días después de la muerte de mamá, Reiji me llevó, junto a otros adultos, a un asentamiento más grande. Decían que, si todo salía bien, tendrían seguridad, alimento y protección. Yo no entendía mucho; solo me arrastraban donde me llevaban. Nadie me hablaba. Nadie me miraba.

El lugar era enorme. Tenía muchas áreas, y escuché que lo llamaban “escuela”: un sitio donde los niños estudiaban, jugaban y hacían amigos. Mamá me contó que allí vivió su primer amor, que allí guardó recuerdos que la acompañaron toda la vida.

Pero yo no estaba allí para eso. No formaba parte de ninguna familia. No era una persona. Solo era una cosa.

El jefe del lugar era un hombre de cabello gris llamado Dazai.

—¿Y eso? —preguntó Dazai al ver cómo Reiji me empujaba hacia adelante.

—Un… regalo —respondió Reiji con voz seca—. No consume recursos. Y resiste bastante. Como es una criatura extraña, pensamos que podría servir… como una mascota.

Dazai me observó en silencio varios segundos y luego se volvió hacia sus hombres.

—Es repugnante... ni siquiera parece humano. ¿Está viva?

Reiji no dudó y me dio una patada en la espalda. Caí de lado con un golpe sordo. Grité y me enrosqué como un animal pidiendo piedad.

—Sí, se mueve —dijo uno, riendo.

Dazai sonrió.

—Jajaja… es divertido. Bien, pueden quedarse. Gente con buen gusto siempre es bienvenida.

Reiji suspiró. Sus compañeros se miraron, aliviados. Nadie preguntó si estaba bien. Nadie agradeció, ni pidió mi opinión.

Me entregaron como un simple objeto.

Desde ese día, me usaron como saco de carne para descargar su rabia. Decían que yo era un engendro, que no debía estar viva, que si había nacido así, entonces mi familia y yo lo merecíamos.

Yo no entendía esas palabras. No sabía qué había hecho mal.

—Mi… mamá… Kaede… —intenté decir. Quería explicar que era mentira, que mi mamá era buena.

Pero mi boca no podía hacerlo bien. Las palabras salían mal, como si se rompieran antes de salir. Y cada vez que lo intentaba, se enojaban más.

Me pateaban hasta que dejaba de hablar.

Otras veces, aunque no hiciera nada, si estaban aburridos me ataban una cuerda al cuello y me arrastraban por los pasillos, riéndose de cómo mi cuerpo golpeaba el suelo. Si tenían hambre, me gritaban, como si su vacío fuera culpa mía.

—¡Muévete! —gruñó uno.

Otra patada. Rodé por el suelo.

No lloré. No grité. Aprendí rápido que hacer cualquiera de las dos cosas solo empeoraba todo: si lloraba, decían que era molesta; si hablaba, se enfurecían más.

Así que guardé silencio.

Aprendí a fingir que no existía. A desvanecerme. A esperar que algún día dejaran de verme.

A veces algunas personas se iban. Decían haber encontrado una cura, o que alguien podía salvarlos. Eso enfurecía al hombre llamado Dazai.

—¡Carajo! ¿En serio por qué son tan idiotas? —gruñó.

Me tomó del cuello y me levantó sin esfuerzo.

—¿De verdad quieren terminar como esta cosa? —escupió—. Esta cosa maldita. Su familia seguramente era de farsantes. Miren cómo terminó.

Mi cuerpo colgaba. Apenas podía respirar.

—¿Por qué…? —intenté preguntar.

No me respondió.

Desde entonces entendí cuál era mi lugar. Yo era el ejemplo, una advertencia de lo que pasaba cuando creías en mentiras.

Cuando esperabas salvadores.

Mamá… ¿Por qué me siguen haciendo esto…?

Tal vez en el mundo del que tú me hablabas la gente podría haber sido buena conmigo. Tal vez allí no todo dolería tanto todo el tiempo.

Algunos se reían mientras me miraban retorcerme:

—¡Miren, todavía se mueve!

—A ver si esta vez sangra más…

—Una vuelta más y gano la apuesta.

Me obligaban a correr en cuatro patas alrededor de una cancha que, al principio, no entendía. Después comprendí que no era un lugar para jugar, sino para torturar.

Siempre estaba abajo. En lo más bajo. Yo era aquello que les recordaba que, al menos… ellos no eran yo.

Y mientras arrastraba mi cuerpo una y otra vez, este se rompía. Y, de alguna forma cruel, volvía a curarse. Nunca fue perfecto. Cada día, mi figura humana se desvanecía un poco más.

Recuerdo el día que, de niña, logré caminar sin caer. Estaba tan feliz. Quería mostrárselo a mamá, que viera que mejoraba y que no se preocupara tanto. Ahora cada paso era un castigo. Mis piernas temblaban. Mis brazos ya no respondían. Era como si mi cuerpo me gritara que no valía la pena seguir, que me rindiera.

A veces pensaba que ya no era humana; que cada día lo era menos. Y solo pensaba en ella. Mamá… si me viera así… ¿estaría triste? ¿Decepcionada?

—Mamá… te extraño…

A veces, de verdad, deseaba morir. Pero había algo, una chispa apenas viva, que se negaba a extinguirse. No podía rendirme. No todavía. Mamá me dijo una vez que debía ser fuerte, que, aunque todo doliera, un día alguien me querría. Si resistía, ese día llegaría. Tenía que creerlo. Porque si dejaba de creer en ella, ya no quedaría nada: solo oscuridad.

◇◇◇

¿Cuántos años habían pasado desde que llegué a este lugar?

Ya no lo recordaba. De hecho, había dejado de contar el tiempo, los golpes, las noches sin dormir… soportando el dolor para evitar gritar y recibir más castigos. Todo se había convertido en una rutina sin nombre.

Solo sabía que ya no era una niña.

A veces se burlaban llamándome “señorita”, como si mi crecimiento físico fuera un chiste cruel. Ya no era el único juguete que tenían; ahora había más personas como yo, atrapadas y quebradas. Eso hacía que me dejaran en paz algún tiempo. Un respiro bastante cruel. Pero no dejaba de ser lo que siempre fui para ellos: una simple cosa.

Si alguien se aburría, me pateaban. Si alguien tenía un mal día, me usaban. Y yo… simplemente resistía lo mejor que podía.

El dolor ya no me asustaba. Estaba ahí, como el aire, como el frío, como la suciedad que nunca se iba. Para evitar que se fijaran en mí, había empezado a esconderme entre los cadáveres cuando encontraba la oportunidad.

Ya no era esa niña que soñaba con que su madre aparecería para salvarla. Ese sueño murió hace mucho. Un día, sin embargo, escuché voces entre los pasillos.

—Tsk, un imbécil vino hablando de “salvación” —murmuró uno.

—¿Qué demonios? —bufó otro—. ¿Cree que somos estúpidos?

—Dicen que su líder puede curar la peste rosa —rió un tercero—. Seguro es otra secta de locos.

Un salvador, decían. Qué absurdo. Si alguien así existiera, ¿dónde estuvo todo este tiempo? ¿Dónde estaba cuando más lo necesitábamos? Y si llegara ahora, ¿qué haría conmigo? ¿Escupirme? ¿Llamarme monstruo, como todos los demás?

—Dicen que se está acercando. ¿Qué haremos?

Algunos de los otros torturados levantaron la mirada, solo por un segundo. Una chispa fugaz… que murió enseguida.

—¿Quién se tragaría esa mentira? Ya tuvimos farsantes antes. Todos querían algo.

Y tenían razón: siempre querían algo.

Siempre.

—Si lo ven, arrójenle lo que tengan a mano —ordenó Dazai desde lo alto de la pasarela de vigilancia, con su voz seca y autoritaria—. No queremos santos ni salvadores. Ya tenemos suficiente con la peste para encima tener que soportar farzantes.

Mamá… ¿por qué todos son así? ¿Por qué solo se preocupan por sí mismos? ¿Acaso ya no somos humanos? ¿O será que yo ya no soy una de ellos?

Pero de alguna forma que no entiendo, sentí que una presencia se acercaba, y poco después lo escuché:

—Mi nombre es Sora —dijo una voz clara.

—¡Rápido! ¡Pásenme una botella! —gritó alguien.

No vi quién la lanzó. No me importó. No me moví. No por miedo; simplemente ya no tenía fuerzas para creer en nada nuevo. Mucho menos en una dulce mentira que me causara más dolor.

—No hay necesidad de violencia —dijo él, aún con calma.

—¡No queremos nada contigo! —le gritaron los mismos que solían usarme como saco de carne.

Y se fue.

—¿Lo seguimos? —preguntó alguien.

—¿Estás idiota o qué? —le respondió otro—. No sabes que lo siguen muchos ilusos. Ese tipo no anda solo. Y no vale la pena.

—Qué bastardo creerá en un salvador aparecido de la nada.

—Más les vale que ninguno de ustedes se trague esas patrañas —advirtió uno, mirando a los que estábamos rotos—. Los que se ven bien siempre son los primeros en llegar para engañarnos. Los que se quedan atrás seguro ya están infectados… creyendo falsas promesas.

Todo volvió a la “normalidad”. Hasta que escuchamos su voz otra vez:

—Soy Sora. He vuelto, esperando que me den la oportunidad...

¿Qué intentaba? ¿No entendía que nadie lo quería aquí?

—Tsk… otra vez ese idiota.

—¿Tiene ganas de morir?

Le gritaron, le lanzaron cosas. Se fue otra vez. Y entonces, como si no entendiera, regresó una tercera vez.

—Soy Sora, otra vez… Espero que no me lancen más cosas. Duele un poco.

¿Duele y aun así regresa? Qué estúpido, o quizás arrogante, o ingenuo. No sé, no me importó; no debe importarme, eso me repetí una y otra vez.

No me atreví a intentar mirarlo. Si lo hacía, alguien me golpearía. Me acusarían de simpatizar, de desobedecer. Así que me quedé inmóvil, como siempre, esperando que se aburriera, que se fuera. Porque eso es lo que la gente hace al final.

Pero no se fue. Volvió al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

Siempre hablaba lo más alto posible como si quisiera atravesar los muros que nos separaban. Decía lo mismo cada vez, sin importar cuántos insultos o piedras recibiera:

—Si alguno desea ser curado... estaré aquí. No quiero obligar a nadie.

Algunos empezaron a murmurar en voz baja, casi con miedo: tal vez podían dejarlo intentar; tal vez no era un farsante. Personas como Dazai, Reiji y otros que estaban en la cima defendían que eran farsantes, que usaban maquillaje y máscaras para engañarnos, que eran unos estafadores descarados y que, si les creíamos, íbamos a terminar como yo: una masa de carne con forma humana.

Pero la mayoría de nosotros ni siquiera los había visto de verdad. Solo los que vigilaban los pisos superiores, cerca del portón, podían saberlo. Apenas unos pocos. Y aun así, fue suficiente.

Suficiente para despertar la furia de los que se creían nuestros dueños. Que llegaran farsantes cada día los sacaba de quicio; por eso las agresiones aumentaron. El mínimo gesto de esperanza se castigaba con brutalidad.

Yo… trataba de desaparecer. Durante horas me quedaba quieta en un rincón entre cuerpos inmóviles. Fingía no respirar. No mirar. No existir, tratando de confundirme con los cadáveres que nadie movía. Era la única forma de evitar que se fijaran en mí.

Fue así, haciéndome la muerta, que escuché algo que me heló la sangre.

—Oye… —susurró una voz baja y temblorosa; era uno de los que cuidaban el portón—. Esos tipos… los que estaban con él… ninguno tenía tumores ni deformaciones. Es raro.

Un silencio tenso. Luego otro susurro, más contenido:

—…Espera, ¿qué acaba de decir ese tipo? ¿Ese tipo es real?

—¡Shhh! No digas eso. Incluso si es real, si vas en contra de Dazai vas a terminar perdiendo tu lugar. No vale la pena. Además, ¿acaso crees que es verdad? Los que se ven bien siempre son los primeros en llegar para engañarnos. Los que se quedan atrás seguro ya están infectados… creyendo falsas promesas.

Mi cuerpo temblaba, no por el frío sino por otra cosa que me nacía en el pecho. ¿Esperanza? ¿Miedo? ¿Ambos? Me obligué a no mover ni un músculo, porque pensar demasiado no traía nada bueno.

評価をするにはログインしてください。
ブックマークに追加
ブックマーク機能を使うにはログインしてください。
― 新着の感想 ―
このエピソードに感想はまだ書かれていません。
感想一覧
+注意+

特に記載なき場合、掲載されている作品はすべてフィクションであり実在の人物・団体等とは一切関係ありません。
特に記載なき場合、掲載されている作品の著作権は作者にあります(一部作品除く)。
作者以外の方による作品の引用を超える無断転載は禁止しており、行った場合、著作権法の違反となります。

↑ページトップへ