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Capítulo 17: Amelia – Parte 1

POV – Kaede

Kaede había tenido una buena vida: padres que la amaban, buenos amigos y un esposo amoroso. Sin embargo, eso no significaba que su hija hubiera tenido la misma suerte. El esposo de su hija la abandonó por una mujer más joven apenas comenzó a ganar algo de dinero, dejándola sola con sus hijos.

Kaede lo odió profundamente por haber abandonado a su hija, pero al mismo tiempo admiró la fortaleza con la que ella salió adelante por su cuenta.

Con el tiempo, Kaede se retiró. Su experiencia médica había quedado obsoleta frente a los avances tecnológicos, pero no le importó, estaba lista para retirarse en paz. Su esposo había fallecido años atrás en un accidente de tráfico; desde entonces, una parte de ella deseaba reencontrarse con él algún día. Hasta que ese momento llegara, se pasaría el tiempo que le quedaba junto a su hija y nietos.

Sin embargo, el mundo no le permitió un final tan tranquilo. La peste rosa apareció sin aviso. Al principio fueron simples rumores: una enfermedad que provocaba manchas rosadas en la piel. Muchos incluso se rieron de ella, llamándola “tierna”. Pero con el paso del tiempo, las noticias que parecían lejanas comenzaron a alcanzarlos.

Cuando se enteró del brote, Kaede hizo lo único que podía hacer: reunió sus ahorros y se los entregó a su hija para que recibiera tratamiento privado.

—Es demasiado —protestó ella.

—No —respondió Kaede—. Lo necesitas si quieres cuidar a tus niños, deja de ser una mujer tan obstinada.

No confiaba en los tratamientos gratuitos. Tal vez era desconfianza, tal vez experiencia. Prefería quedarse sin nada antes que dejar a su familia en manos de promesas vacías.

Después de eso, y pese a los ruegos de sus seres queridos, decidió presentarse voluntariamente en un centro de aislamiento junto a otras personas pobres y enfermas, sin recursos. No sentía que lo necesitara, pero su familia insistió en que llevara un bastón. Kaede aceptó solo para tranquilizarlos.

Al principio, el lugar ofrecía comida rancia y revisiones ocasionales. Estaba muy lejos de cómo había imaginado su retiro, pero no pensaba quejarse.

Hasta que un día los soldados llegaron armados. Y no traían medicinas.

Dispararon sin previo aviso. Algunos soldados parecían indecisos mientras abatían a las personas; uno incluso dejó caer su arma al ver a mujeres y niños. Gracias a esa vacilación, algunos lograron escapar.

Kaede no esperaba lograrlo. Pero quedarse quieta y morir habría desmoralizado a quienes habían convivido con ella. Así, casi por inercia, logró salvarse y llegar a una de las llamadas Zonas de Descarte: un infierno tóxico donde todos los que no estuvieran infectados morían en cuestión de minutos, víctimas de un colapso del cuerpo.

Para Kaede, aquello debía ser el final. No tenía fe en su cuerpo a tan avanzada edad. Pero incluso en esa situación había niños. Niños que jamás disfrutarían de la vida que ella había tenido.

Sabía que no debía sentirse responsable por ellos. No había hecho nada malo… y aun así le dolía. En sus pequeños cuerpos ya se habían formado tumores rosados. Si hubiera habido más adultos cuidándolos, tal vez habría podido retirarse y dejar de luchar; morir en una esquina, satisfecha por haber ayudado a su hija y a sus nietos. Pero Kaede no era ese tipo de persona.

Con el tiempo, los adultos más fuertes comenzaron a marcharse. Algunos se iban sin decir adiós; otros prometían intentar llegar a las llamadas ciudades limpias para pedir ayuda, aunque fuera solo para que aceptaran a los niños. Ninguno regresó.

—Kaede, cuida a los niños, ¿sí? Solo por unos días.

Ella asintió sin preguntar. Los días fueron pasando, pero nadie volvió a buscarlos.

Para esos niños, Kaede dejó de ser una simple anciana. Se convirtió en enfermera, maestra, abuela y, con el tiempo, en madre. Cuando los pequeños crecían lo suficiente para valerse por sí mismos, ella buscaba personas confiables y, de algún modo, lograba convencerlas de hacerse cargo.

—No seas idiota… —les decía—. Son trabajadores. Cuando envejezcas como yo, necesitarás su ayuda.

Con los años, sus piernas comenzaron a temblar. Algunas mañanas debía sentarse antes incluso de empezar el día, esperando en silencio a que su cuerpo comenzara a obedecerle. Su bastón pasó de ser un apoyo ocasional a una necesidad constante. Aun así, Kaede siguió recogiendo niños, cuidándolos y despidiéndose de ellos antes de que notaran lo cansada que estaba.

Su cuerpo se sostenía por algo más que voluntad. La enfermedad la debilitaba, pero al mismo tiempo parecía impedirle morir. Como si el virus se hubiera aferrado a ella, negándose a dejarla partir… hasta que su misión estuviera cumplida.

Una noche, mientras se frotaba los brazos bajo una manta vieja, pensó seriamente en terminar con todo. En romper uno de los tumores de su cuerpo y descansar por fin.

—Ya fue suficiente —susurró, cerrando los ojos.

Pero entonces recordó un rumor que comenzaba a esparcirse.

“Una mujer embarazada está pidiendo ayuda.”

“Ojalá se muera con su hijo.”

En ese mundo, casi nadie tenía hijos. El virus parecía apagar el deseo sexual; concebir era algo extraño, casi imposible.

Se decía que la mujer venía de una ciudad limpia, y por eso nadie se molestaba en ayudarla. La mayoría resentía a quienes habían sido privilegiados. Pero a Kaede no le importaba.

Su propia hija había sido abandonada por su esposo, y no estaba dispuesta a permitir que otra mujer embarazada pasara por lo mismo.

No lo dudó más. Se levantó con dificultad, tomó el bastón, sin el cual ya no podía caminar, y fue a buscarla.

Pidió ayuda a algunas de las personas a las que había cuidado antes, y así encontraron a la mujer escondida cerca del límite de la Zona de Descarte: temblando, desnutrida, apenas consciente. Decía haberse ganado el odio de un hombre que la deseaba; incluso le había prometido mejorar su estatus en la ciudad limpia. Pero cuando descubrió que estaba embarazada, usó sus contactos para expulsarla.

—No quiero morir todavía —susurró la mujer—. Necesito ayuda… por favor.

Kaede le tomó la mano.

—Deja de llorar. No dejaré que mueras tú ni tu niño.

Con la ayuda de dos jóvenes a los que había criado, Kaede atendió a la mujer durante semanas. Por primera vez en años, temió que sus manos ya no fueran lo bastante firmes. Cuando llegó el momento del parto, todo fue dolor; pese a sus conocimientos médicos, nunca había asistido a uno en un lugar así.

Aun así, de alguna manera lo había logrado: el bebé nació. Pero no fue perfecto, como si se tratara de una cruel broma del destino, la madre no resistió.

El recién nacido estaba cubierto de tumores. Su piel tenía un tono rosa uniforme. Tenía malformaciones en las piernas y un brazo más corto que el otro. No lloraba: solo emitía pequeños gemidos, casi como si pidiera disculpas por existir.

Incluso una de las personas que se había quedado a ayudar retrocedió al verla.

—Se ve rara… —murmuró.

—¡Basta! —gruñó Kaede, envolviendo a la niña con una manta—. No te atrevas a volver a decir eso.

—¿Pero de verdad vas a quedártela? —preguntó, incómodo.

—Sí. Porque nadie más lo hará.

Los jóvenes se alejaron un poco al ver que Kaede levantaba su bastón.

Desde entonces comenzó a criar a Amelia. No fue fácil para ella. Trató de alimentarla como pudo, usando una papilla de hongos. Al principio, la niña vomitaba casi todo, pero con el tiempo Kaede notó que su estado no empeoraba, incluso cuando apenas lograba comer.

Los tumores eran una preocupación constante. La primera vez que Amelia intentó caminar y tropezó, Kaede creyó haberla perdido: pensó que uno de los tumores se había roto. Sin embargo, para su sorpresa, la herida comenzó a curarse por sí sola.

Vivir no era sencillo para Amelia. Desde su nacimiento, sus extremidades habían sido débiles. De bebé apenas podía gatear; ya más grande, lograba caminar con dificultad, pero nunca correr. Aunque parecía curarse con el tiempo, cada movimiento brusco parecía causarle dolor.

Hablar tampoco le resultaba natural. Lo intentaba, de verdad lo intentaba, hasta el punto de que a Kaede le dolía verla fallar. Sus palabras no eran más que gruñidos apagados, como si su garganta no hubiera sido hecha para el habla.

Sin embargo, Kaede descubrió que Amelia tenía un oído agudo: incluso el susurro más leve la despertaba. El único ojo que no estaba cubierto por tumores también era excepcional, tanto como su oído. Tal vez, pensó Kaede, aquello podría darle una oportunidad de sobrevivir en el futuro. Y esa idea aliviaba un poco su preocupación.

—… otra… historia… —murmuraba Amelia cada noche, con su voz ronca y entrecortada.

—Claro, pequeña. Pero no te decepciones si no es tan buena. A esta abuela ya se le olvidan algunas partes.

—No… importar.

Amelia adoraba las historias de amor. En una ocasión, Kaede no pudo evitar emocionarse al recordar a su esposo fallecido. Aunque ahora era una anciana, alguna vez había sido una joven enamoradiza. Sin embargo, al notar que Amelia la observaba con atención, se preguntó si había sido cruel al hablarle de ese tipo de historias: de un cariño que, quizá, la niña jamás podría llegar a vivir.

—Amor… ¿Amelia… también? —preguntó tras oír sus historias, con esperanza.

Kaede tragó saliva. Por un instante pensó en decirle la verdad. Que quizás no. Que quizás nadie… Pero no pudo.

—Algún día —le dijo—. Alguien te verá como yo te veo. Y sabrá que vales más que todo este mundo podrido. Pero para eso, tienes que vivir, ¿entiendes? No puedes rendirte.

—Yo… yo… lo haré.

Pasaron los años. Amelia cumplió diez. Su condición no había mejorado, pero hablaba con más fluidez. Era amable, paciente, observadora. Con su débil cuerpo trataba de ayudar en todo lo que podía a su madre.

Kaede sentía que el final se estaba acercando. Cada vez necesitaba pasar más tiempo en reposo y, por más que lo intentara, sabía que pronto ya no podría seguir moviéndose.

Así que hizo un último esfuerzo y llevó a Amelia con ella en busca de alguien que pudiera cuidarla. Pero incluso en un mundo de infectados, nadie quería a una niña tan “deforme”.

—Lo siento —le decían más de una vez—. No podríamos mantenerla. Ya tenemos suficiente.

Kaede apenas respondía. Solo asentía, acariciaba el cabello de su niña y seguía adelante.

Hasta que, por una de esas vueltas del destino, encontró a Reiji, uno de los primeros niños que había cuidado en las Zonas de Descarte. Ya no era un niño. Ahora tenía compañeros y vivía en un refugio con algo de organización.

—Kaede… ¿ella es tu hija ahora?

—Es Amelia —respondió—. Sí. Es mi última hija. Si puede unirse a tu grupo, creo que por fin podré descansar.

Reiji se inclinó frente a la niña y la observó en silencio.

—Bienvenida, Amelia. A partir de ahora, yo cuidaré de ti.

Kaede asintió. Esa noche, mientras dormía, su cuerpo dejó de resistir. Murió mientras dormía, pensando que había tomado la decisión correcta.

POV – Amelia

—…Mamá… mamá… despierta… —la sacudía con cuidado.

Seguía allí, parecía dormir tranquilamente, pero por más que intentara despertarla, no respondía.

—Por favor, mamá… —susurré, apretando su mano fría—. Despierta…

Había otras personas cerca. Se suponía que eran como yo. Mamá me había contado que antes los cuidó, que los protegió como a mí.

Pero ahora que ella ya no estaba, solo veía desprecio reflejado en sus ojos.

Mamá era todo para mí. No sabía qué hacer sin ella. No sabía cómo continuar sin su voz, sin su abrazo. Solo quería que abriera los ojos. Que dijera que todo estaba bien.

—¿En serio vas a quedarte ahí? —dijo una voz masculina, seca.

—Claro que no —respondió Reiji, en voz baja, sin mirar—. Solo lo dije para que la señora Kaede pudiera irse tranquila. Fue lo mínimo que pude hacer.

—Tienes buen corazón —comentó otro de sus compañeros con total sinceridad—. Ahora que está muerta, ya no tiene que preocuparse por esta… cosa.

—Sí… solo queda deshacernos de ella.

—Espera. ¿Y si la damos como mascota? A algún grupo grande. Seguro se divierten con ella.

—Buena idea. Al menos les servirá para reírse un rato.

No intentaban susurrar. No les importaba si yo escuchaba. Para ellos no era una niña: solo una cosa fea y extraña. Pero yo no podía irme. Mamá me dijo que debía escuchar, que debía obedecer, que no debía rendirme.

—…Mamá… mamá… —repetí con la voz quebrada, tocándole el rostro—. Por favor… ya basta de dormir…

Un dolor fuerte me atravesó el estómago. Algo me golpeó. Como si algo se rompiera dentro de mí.

—Tsk. Deja de llamarla “mamá”. Si no fuera por ti, tal vez seguiría viva —escupió uno, con desprecio.

—…Mam… —intenté decir, pero otra patada me cortó el aire.

—Dicen que no se rompe, por más daño que reciba. Será un buen regalo para que se desahoguen —se rieron, sin compasión.

Yo solo quería que regresara. ¿Fue mi culpa? ¿Fui mala? Tal vez si pido perdón, ella me perdone. Tal vez vuelva. Tal vez me abrace otra vez.

Solo… vuelve, por favor. No quiero estar sola. Tengo miedo.

Mamá… por favor… despierta.

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