Capítulo 16: Red de esperanza
Me costó seguirles el hilo al principio. No eran soldados, ni estrategas, ni médicos. Solo gente común que había logrado sobrevivir a duras penas.
Hablaban como podían: algunas frases quedaban a medias, otras se contradecían o parecían perderse en recuerdos confusos. Aun así, con algo de paciencia, logré obtener información útil de todo ese caos verbal.
Con el tiempo, nos organizamos.
—Nosotros iremos a buscar más personas para que pueda curarlas también —dijo uno de los sobrevivientes, sonriendo con un entusiasmo casi ingenuo.
—Bien. Solo no se excedan —respondí, algo incómodo, despidiéndolos con un gesto. Esperaba que la euforia no terminara causando más problemas de los necesarios.
Ahora entendía por qué algunos me habían odiado cuando dije, por primera vez, que podía curarlos.
Durante los primeros años del brote aparecieron decenas de farsantes, prometiendo curas milagrosas a cambio de comida, refugio o algo peor, disfrazado de salvación.
Cuando obtenían lo que querían, desaparecían. Algunos fueron atrapados después, y tuvieron un final horrible, pero era algo que podía considerar como karma. Y luego estaban las ciudades limpias.
Cada cierto tiempo enviaban escuadrones de purificación… o, como todos los llamaban, escuadrones de purga.
—Si te ven respirando y no eres de los suyos, te vuelan la cabeza —dijo Gehn, rascándose el cuello, justo donde antes había tenido uno de esos tumores pulsantes
— No hay charla ni advertencias. Seas hombre, mujer o niño, solo te espera el plomo de sus balas, para después incinerar los restos de los caídos.
—Por eso muchos preferimos quedarnos cerca de las zonas rojas —añadió Rael, serio—. Esa niebla rosa convierte en polvo rosa todo lo que toca, parece que les da miedo.
“¿Ex Machina…?”, pensé. “¿De verdad me enviaste a ese lugar tan solo al comenzar mi viaje?”
Yo había sobrevivido, de alguna forma, a esa niebla. Pero si alguien más lo intentara, incluso con la versión modificada del virus R, no saldría con vida.
Aun así, no podía negar los resultados.
Los que traté empezaron a recuperarse con una rapidez inesperada. En uno o dos días, los bultos desaparecían, las heridas cerraban, y la piel, que antes era gris o rosada, recuperaba poco a poco un tono más vivo.
—Muchas gracias, señor, por… —decidí escuchar su agradecimiento de principio a fin; simplemente no podía rechazar sus palabras.
Aun así, suspiré en silencio. Por alguna razón, los mayores seguían llamándome “Señor”. Les había pedido que me dijeran Sora, pero a veces se les escapaba.
Rael y Gehn insistían en llamarse mis “guardianes”.
La idea me resultaba extraña. En casa, se suponía que yo era quien protegía a Alicia o algo así. Ahora tenía mis propios guardias. ¿Eso significaba que ellos también necesitaban guardianes?
Fuera como fuera, ambos parecían llevarse sorprendentemente bien.
—¿Ves, Rael? Te dije que no eras tan feo. Solo eras feo con el virus —bromeó Gehn, riendo a carcajadas.
—Gracias por el cumplido —respondió Rael, seco—. Tú, con virus o sin virus, sigues pareciendo una rata hedionda.
—¿¡A quién llamas rata, desgraciado!?
Discutían como hermanos. De esos que pelean por todo y, aun así, nunca se separan. Mientras siguieran vivos y sanos, decidí no intervenir.
Aunque, hablando de ratas… Ahora me rodeaban.
Literalmente.
Una docena se había acercado sin miedo. No huían. No temblaban. Me observaban con ojos pequeños y brillantes, atentos, expectantes.
Entonces Chester saltó sobre un pedazo de escombro, chilló con fuerza y alzó las patitas como si proclamara el inicio de una nueva era. Luego me miró con un aire de superioridad tan marcado que casi parecía sonreír.
—¿Por qué siento que estoy cuidando al futuro dictador del mundo? —murmuré, observando el pequeño “imperio” que empezaba a formarse a mis pies.
***
[Sistema de soporte
Revisión de afinidad viral en proceso …
Resultados:
•Rata común infectada con el virus R-Evo
•Nivel de control avanzado: Estas seguirán obedeciendo tus órdenes incluso si no estás cerca
]
***
Desde el comienzo, incluso sin hacer nada, los seres infectados se calmaban ante mi presencia. Solo en casos extremos, cuando la voluntad de un individuo era especialmente fuerte, podía haber una hostilidad inicial. Pero ahora que ya había analizado el virus R dentro de mí, imponer mi voluntad sobre organismos altamente infectados por la peste rosa era una tarea extremadamente sencilla.
Aunque algunas personas todavía veían a las ratas como alimento, tendría que corregir eso con el tiempo.
Si todo se ponía difícil incluso podría controlar a las personas, pero eso era algo que no deseaba hacer a menos que fuera necesario.
Por ahora todo iba bien.
El grupo comenzaba a organizarse, los infectados se recuperaban, y la esperanza se sentía en el aire.
◇◇◇
Cuando terminé de aplicar el tratamiento a los últimos infectados del lugar, lo primero que noté fue el silencio. No de angustia, sino de asombro. Algunos lloraban. Otros se tocaban la piel, temblando, como si no supieran qué hacer con la idea de estar mejor.
—¿Cuánto durará esto?
—¿Volverá el dolor?
—¿Podremos ir a vivir a las ciudades limpias?
—Tranquilos —respondí, alzando la voz con suavidad—. Ya están curados. Lo prometo. Pero aún es pronto para pensar en acercarse a las ciudades limpias…
Era la verdad. Sus cuerpos podían sanar, pero la mentalidad de quienes vivían allí no cambiaría tan fácilmente. Si los veían acercarse, dispararían sin dudar.
Además, el dolor en mi cabeza seguía acumulándose. Entre más personas tuviera que curar, el sistema de soporte exigía cada vez más, usando mi mente como motor.
Tendría que encontrar una solución… pero ahora seguía dentro del límite de lo soportable.
Entonces, un hombre cuyo rostro antes había estado deformado por tumores rosados cayó de rodillas frente a mí, con lágrimas corriéndole por las mejillas.
—Salvador … ¿cómo podemos pagarle?
Suspiré por dentro. Entre señor y salvador prefería señor, pero a este punto prefería solo corregir a los que pasaban mucho tiempo conmigo.
—Solo compartan lo que han visto. Seré feliz siempre que pueda curar a más personas, eso es todo lo que pido en recompensa.
—Le serviremos el resto de nuestras vidas… —respondió con la voz quebrada—. No importa lo que nos pase, siempre estaremos a su lado. Se lo juramos.
Parecía estar comenzando una plegaria, y más personas comenzaron a imitarlo. Otros cerraban los ojos, incapaces de procesar que el dolor, por fin, estaba desapareciendo.
No quería esa devoción. No buscaba seguidores ni fieles. Solo quería ayudarlos y algún día, volver a casa. Aún tenía demasiadas cosas pendientes allí.
Aun así, los entendía.
Después de décadas encerrados en un infierno, donde la única certeza era la muerte lenta, alguien había llegado a curarlos sin pedir nada a cambio. Para ellos, no había otra forma de explicar lo ocurrido.
—No necesitan servirme —dije, girándome para evitar sus miradas reverentes—. Solo díganles que esta epidemia terminará.
No esperé agradecimientos. No los necesitaba. Al final, tarde o temprano, abandonaría este mundo. Mi descuido, sin embargo, permitió que los rumores se propagaran.
“Un enviado de los cielos ha venido a salvarnos.”
“Un ángel camina entre nosotros.”
“Dios nos ha enviado un salvador para terminar con la peste rosa.”
Estos crecieron con el tiempo. Y no podía negarlos todos. Haber mencionado que no venía de este mundo había sido un error.
Pero había asuntos más urgentes.
Por mucho ánimo que nos diera la esperanza, no siempre llegábamos a tiempo. Algunos cuerpos ya estaban fríos cuando los encontrábamos. Otros apenas respiraban, y aun así conseguíamos salvarlos… pero nunca era suficiente.
Con el apoyo de los curados y mi vínculo con las ratas infectadas, formamos una red improvisada de información. No era perfecta, pero funcionaba. Gracias a ella, pudimos encontrar a más infectados y salvar más vidas.
Aun así, hubo momentos en los que me pregunté si realmente valía la pena.
No todos querían ser salvados. Algunos preferían la miseria, siempre que conservaran el control.
—¡Malditos…! ¿¡Cómo se atreven!? —gruñó Rael, sangrando por el costado.
—Rael, quédate quieto —me arrodillé y puse las manos sobre su herida. El virus R-EVO regeneraba tejidos, pero no lo hacía invencible. Forcé la manipulación viral, extrayendo partículas del ambiente para acelerar la curación al máximo.
—¡Idiotas! ¡Solo vinimos a ayudar! —gritó Gehn, furioso. Aunque siempre discutieran, Rael era su amigo desde hacía años. Verlo así lo sacaba de quicio.
Habíamos llegado a lo que alguna vez fue una escuela.
Bastante grande, comparable con la que yo iba, las paredes evitaban que una persona entrara sin permiso, por un lugar que no fuera una de las entradas principales … mismo problema por el que no podía colarme cuando llegaba tarde a la mía.
Desde uno de los pisos superiores, un grupo de personas nos miraban con odio. Tuve que alzar la voz para hacerme escuchar, pero incluso eso se sentía inútil.
Al acercarme, pude ver mejor a través de las rejas que ahora servían como puertas. Algunos parecían los infectados de siempre: desnutridos, marcados por la peste rosa, con miradas apagadas y vacías. Pero otros estaban mucho peor.
Parecían más animales que personas. Algunos se arrastraban por el suelo; otros llevaban bozales hechos de alambre oxidado, incrustados en la piel. No necesité observarlos por mucho tiempo para entender la situación. Mis habilidades no podían curar algo así. Ni el virus R-EVO ni ninguna manipulación servirían para reconstruir una mente destrozada por la crueldad.
Respiré hondo y alcé la mirada hacia quienes creía que eran los líderes. No podíamos darnos el lujo de retroceder.
—Mi nombre es Sora —dije, con voz firme, obligándome a mantener la compostura.
Una botella de vidrio me golpeó la sien. Se rompió, y los fragmentos cortaron mi piel.
Dolía.
Por supuesto, no era una herida mortal, y aunque lo fuera sentía que simplemente se curaría de igual forma, pero por primera vez estaba sintiendo un rechazo.
— … — Era como si estos tipos estuvieran negando todos los años que me esforcé por volverme una “humano funcional” como decía Yume.
Me llevé una mano al rostro, instintivamente. Sentí el calor de la sangre entre los dedos. Una parte de mí quería responder. Alzar la voz. Pero otra quería creer que no eran tan malos, que simplemente era culpa de este entorno.
—No hay necesidad de violencia —murmuré, conteniendo el impulso de reaccionar.
—¡No queremos nada con ustedes! ¡No confundan a los nuestros con su farsa! —gritaban como si estuvieran viendo una peste.
No querían ayuda. No si eso significaba perder poder. O tal vez temían lo que pasaría si sus víctimas sanaban.
Desde el comienzo no enviábamos a todos los curados a buscar más gente. Algunos venían con nosotros, permaneciendo a distancia. Esperaba que su presencia sirviera como una medida disuasoria contra ataques, pero eso parecía haber provocado que se atrincheraran en su base, no podía entrar para hacer una demostración.
—Yo solo quiero ayudar, después puedo irme en paz —dije, firme.
Una piedra voló hacia mí. Rael la interceptó.
—Señor … Sora esto no tiene sentido. Vámonos —dijo Rael, agotado mentalmente.
—Espera… —le pedí—. Déjame intentarlo una vez más.
Respiré hondo.
—No puedo ayudarlos si no puedo alcanzarlos. Pero si hay alguien … cualquiera que desee salvarse, tiene mi apoyo. No los obligaré. Estaré cerca de este lugar durante un tiempo, así que espero que cambien de opinión.
El silencio fue absoluto. Una pausa tensa, como si el mundo contuviera el aliento.
Normalmente me habría marchado. Había muchos que necesitaban ayuda, y no podía quedarme en un solo lugar. Pero algo en este lugar despertó mi interés. No sabía qué era, pero me recordaba un poco a la primera vez que conocí a Yume y a Alicia. Había algo importante aquí, y no quería perderlo.
El viento levantó polvo.
—…¿Señor? —preguntó Gehn, al verme tan quieto.
—De nuevo, puedes llamarme Sora, o por lo menos joven, llamarme señor suena raro. Y lo siento por hacer esto, pero quiero que nos quedemos más tiempo en este lugar, perdón si es una molestia.
—No, joven Sora. Sus decisiones son lo más importante para todos nosotros —respondió sin dudar.
No hubo más objeciones. Rael tampoco mostró desacuerdo.
A veces me preocupaba que me trataran como a un ídolo. Pero en ese momento, solo me sentí agradecido de tener su apoyo.
Nos reunimos con los demás en un edificio que parecía el más estable entre todos. Les informamos que nos quedaríamos unos días más. Nadie cuestionó la decisión. Parecía que mis deseos eran su prioridad, y aunque ese pensamiento no era algo que me agradara del todo, es algo que me hizo sentir más tranquilo.
Fragmentos mentales
Mei (Blanco): ¡Listo! ¡Pastel de tres capas, estilo peste rosa!
Anise (Marrón): ¿¡PESTE ROSA!?! ¿Eso no suena ilegal? ¿Se puede comer?
Mei (Blanco): Ya te comiste tres rebanadas.
Anise (Marrón): …Eso no responde mi pregunta.
Alexia (Negro): ¿Y las ratas rosas de azúcar? ¿Era necesario?
Mei (Blanco): A Sora le agradan las ratas, ¿no? Pensé que sería un detalle tierno para celebrar su progreso.
Alicia (Amarillo): Hmm… están deliciosas. Ideal para celebrar el ascenso de mi caballero. Ahora incluso tiene guardias propios.
Alexia (Negro): Guardias sin sueldo. Básicamente una empresa negra.
Y aun así, Yume está demasiado tranquila…
Yume (Naranja): Yume todavía no sabe cómo romper la realidad para alcanzarlo. Así que solo puede animarlo con todo su corazón… en ese viaje aburrido, lleno de adultos y sin chicas lindas.
Alexia (Negro): De repente, todo cobra sentido. Pero pobre Sora, debe estar pasándola mal con esos tipos lanzándole objetos para lastimarlo.
Yume (Naranja): …Me pregunto si puedo destruir ese mundo. Y también, ¿por qué mi radar de rival amorosa está activándose? ¿Será prudente castigar a Sora por adelantado?
Anise (Marrón): Vamos, vamos, calmémonos.
Alicia (Amarillo): Mi caballero debe ser el hombre más valiente del mundo para soportarte como novia.
Yume (Naranja): ¡Gracias! Y que quede claro: no pienso compartirlo. No como cierta princesa extranjera que, al no poder cambiar la situación, dijo que aceptaría ser la segunda.
Anise / Mei / Alexia: ¡¿¡¿¡¿¡¿Quéeeee dijiste?!?!?!?!
Alicia (Amarillo): ¡¿Q-qué?! ¡¡E-espera un momento!! ¡Eso fue sacado completamente de contexto! ¡Yo nunca…! Bueno… ¡no exactamente! ¡Además, en la realeza ese tipo de arreglos diplomáticos no son tan—! ¡Aaahhh! ¡¿Por qué todos me miran así?! ¡No es lo que parece!




