Capítulo 14: Ronda de Desinfección
POV: John — Líder de escuadrón
Tenía mi equipo listo: traje protector completo, visor funcional, un incinerador portátil, así como una pistola secundaria en caso de emergencias. Era solo una patrulla de rutina. Nada que me pusiera nervioso.
—Esto es solo un viaje de control —dijo el general, su voz resonando desde los altavoces—. Salgan a ganarse su estadía en la ciudad. Si no, ni se molesten en volver.
Desde el segundo nivel de la ciudad blanca era fácil hablar así. Allí vivía la gente que no se ensuciaba las manos: antiguos ricos e influyentes de antes de la peste. Gente acostumbrada a dar órdenes, no a obedecerlas.
—Su misión será desinfectar las zonas periféricas de la antigua Ciudad Celeste. Los líderes de escuadrón tienen los detalles.
Con eso, se retiró. Ni siquiera se dignó a salir de la sala de mando; era algo típico en este trabajo.
Yo era uno de esos líderes. Nada especial. Si mostrabas iniciativa durante las patrullas, tarde o temprano te ascendían. En el caso de los agentes de purificación como yo, se nos daba cierta preferencia. Así poco después de empezar a trabajar en las rondas de desinfección obtuve el rango de líder de escuadrón.
El sueldo era más que decente, pero casi nadie estaba dispuesto a salir fuera de la ciudad segura. Por eso tener voluntarios era raro. La mayoría prefería trabajos menos riesgosos: fábricas de alimentos, cuidado de animales para los niveles superiores, mantenimiento de los canales de agua reciclada, y otras cosas parecidas.
Por lo general, todos llegaban puntuales. Esta vez, tres aparecieron justo al límite. Dos de ellas eran miembros veteranos del escuadrón de purificación: personas que, si quisieran, podrían mandar su propio equipo, pero que por alguna razón siempre terminaban acompañándome como mis subordinadas. A pesar de la demora, ambas parecían tranquilas, sin prisa.
El novato, en cambio, llegó jadeando, visiblemente agotado. No dije nada. A tiempo es a tiempo, así que no había necesidad de una reprimenda.
—Mi nombre es John. Soy el líder de este escuadrón de desinfección. Todos los novatos, den un paso al frente y preséntense.
El único novato obedeció. Cabello castaño, ojos verdes, rostro juvenil: de esos tipos que seguramente hubieran sido muy populares con las chicas en otros tiempos, antes de la peste rosa.
Consulté la lista.
—Markus, diecinueve años. Nacido en la ciudad limpia. Cero experiencia de campo… —murmuré. Sorprendente, esta persona había nacido en el segundo nivel; seguro su padre ocupa una buena posición allí. ¿Qué diablos hace un tipo así aquí?
—Soy Markus. Me ofrecí como voluntario. Cuento con ustedes para esta misión —dijo con voz firme, sin titubeos.
—Así que tú eres el chico de Sarah —murmuró alguien. Los rumores vuelan rápido en un escuadrón.
Sarah apareció en silencio, el visor en la mano y el cabello recogido. Sin decir nada, se apoyó en el brazo de Markus. Eso bastó para confirmar el rumor.
—No lo molesten. Está cansado… por culpa de cierta persona —dijo, mirando de reojo a otro miembro del equipo.
Lynne, que ajustaba los últimos cierres de su traje, soltó una pequeña risa. No parecía ofendida. Al contrario: parecía disfrutar la atención.
—¿Y yo qué? —respondió la voz ligera de Lynne, acercándose por el otro lado de Markus—. Él fue quien me pidió que viniera. Solo cumplí la invitación.
Ambas eran idénticas a primera vista: cabello rubio claro, ojos grises, y cuerpos entrenados desde jóvenes para servir como soldadas. Y aunque son hermanas gemelas, por lo general Lynne era la más desinhibida, siempre empujando límites; Sarah, solía ser la más centrada, casi como si ocupara el rol de hermana mayor. Se complementaban y pasaban todo el tiempo juntas.
Al verlos tan cercanos, entendí por qué Markus había venido, a pesar de su posición privilegiada: probablemente quería impresionar. Un idiota sin remedio que no pensaba con la cabeza de arriba.
Markus forzó una sonrisa para disimular el cansancio. Su mirada a veces iba de una a otra sin saber dónde detenerse.
—Markus es mi pareja oficial —anunció Sarah, apoyando una mano en su brazo—. Pero no me molesta compartir, si es con mi querida hermanita.
—Aww!, hermanita, qué tierna eres —respondió Lynne, abrazándola por la cintura—. Siempre dijimos que trabajábamos mejor en equipo.
—¿Verdad que sí? —añadió Sarah con una sonrisa.
Los ojos de Lynne se encontraron con los míos. Esta se inclinó hacia Markus, sin exagerar, y comentó en voz baja:
—Ya ves. Algunos saben aprovechar lo bueno de la vida y no se quedan amargados toda la vida.
Trataban de provocarme, lo sabía. Me desagradaban sus juegos, pero mientras cumplieran su trabajo, podía aguantarlo.
—Basta —interrumpí.
La reacción fue inmediata. Sarah y Lynne se pusieron firmes, sin palabras. Sabían hasta dónde podían jugar. Markus, en cambio, se quedó inmóvil, desorientado.
Me dirigí a él.
—Dime, Markus. ¿Qué sabes de nuestro trabajo?
Tardó un segundo en responder; mi tono lo había puesto nervioso.
—Nuestra tarea es desinfectar: incineramos cualquier resto contaminado para frenar la peste rosa.
Al menos había leído el manual.
—Correcto. No recogemos muestras ni analizamos nada. Si ves hongos o material biológico, lo reportas. Otro equipo se encarga. Tu visor registra todo: más limpiezas confirmadas, más paga. Solo asegúrate de que tu traje se mantenga sellado.
—¿Eso es todo? —preguntó. Sonaba más tranquilo ahora, aunque aún mostraba fatiga. Tal vez debería dormir más y preocuparse menos por impresionar a las personas equivocadas.
—Eso es lo básico. Lo demás lo aprenderás en el terreno —añadí.
Lorenzo, uno de los veteranos, intervino con su habitual tono seco:
—Y si ves a alguien que aún respira, hazlo cenizas. Te pagan más por eso. Dinero fácil. Después puedes volver a hacer… lo que sea que hagas en tu tiempo libre.
Markus no respondió.
Lynne, esta vez manteniendo cierta distancia, le dio un leve codazo en el brazo.
—Tómatelo en serio… y si te va bien, puedes invitarnos una cena lujosa—dijo mientras sonreía despreocupadamente. Sarah se acercó también, más discreta, y le acomodó con cuidado una parte suelta del cuello del traje.
—Aunque no ganes mucho, igual puedes pasar el rato conmigo —murmuró—. Siempre y cuando Lynne no se robe toda tu atención.
—¡Ey! —protestó Lynne con un gesto burlón—. Habíamos dicho que podíamos compartirlo, ¿verdad?
—Solo si hace un buen trabajo hoy —replicó Sarah en tono tranquilo, dándole un leve toque en el visor.
Eran adultas. Soldados entrenadas. Pero cuando hablaban así, parecían simples hermanas compitiendo a ver quién podía salirse con la suya.
Me aclaré la garganta.
—Atención: si su traje se rompe, aunque sea una fisura mínima, pasan a ser objetivos. Sin excepciones. Da igual cuánto hayan trabajado o con quién se acuesten. Una infección dentro de la ciudad limpia es una sentencia.
Sarah asintió con naturalidad y agregó, sin adornos:
—¿Oíste hablar del Escuadrón Nueve? Uno se cortó con una viga oxidada. Incluso dicen que la sangre brotó de su pierna.
—¿Y qué… les pasó? —preguntó Markus. Ya no intentaba sonar seguro; solo quería entender.
Sabía que explicar estas cosas a los novatos era el trabajo del líder, así que continué yo.
—Recibieron una lluvia de balas en la puerta. Ni una palabra de advertencia. Luego, los incineraron.
Al terminar de hablar, Markus tragó saliva. Ya había visto esa expresión antes. No sería el último en llevarla.
—¿Y qué hay del sellado de emergencia? —preguntó.
—Así que confías en eso… —ronroneó Lynne mientras frotaba su cara con la de Markus—. No te preocupes, John solo habla de más para asustar. Si estás en problemas, usa nuestro regalo.
—Suficiente charla. Todos a los vehículos de transporte.
Los transportes nos esperaban en los límites de la ciudad. El portón exterior comenzó a abrirse lentamente, dejando que una ráfaga del aire estancado del exterior llegara hasta nosotros.
Activamos los sistemas de purificación de los trajes.
[Sistema de purificación: activo.]
[Nivel de exposición: medio.]
[Contagio potencial: alto.]
Tras varias horas, llegamos a una de las zonas de descarte. Por lo general, no encontrábamos sobrevivientes allí. Pero a veces alguno intentaba huir de su propia inmundicia, buscando zonas menos contaminadas. Si lo hallábamos, lo reducíamos a cenizas. No podíamos permitir que siguiera propagando el virus.
Nuestros trajes eran estándar, desechables. Diseñados solo para misiones en zonas de baja a media concentración de contaminación. Nada sofisticado, pero suficiente para el trabajo.
El procedimiento era sencillo: reducir a cenizas bultos de carne que alguna vez fueron humanos. Algunos todavía se retorcían un poco.
—Uno más —dijo Lorenzo, apuntando con su arma. Disparó. El bulto se incendió con un silbido repugnante. El hedor fue incapaz de atravesar nuestros trajes.
—¿Por qué quemamos esto? Al final no terminaran consumiéndose solos con el paso del tiempo—dijo Markus, quizás intentando justificar su pobre desempeño.
—Porque sigue liberando el virus incluso después de muerto —Respondí sin girarme a verlo—. Si no los quemamos, aumentan la concentración de partículas cerca de la ciudad. Además, nuestro trabajo reduce la posibilidad de que la niebla rosa llegue hasta aquí.
—¿La niebla rosa…?
—Es una acumulación masiva del virus R —expliqué—. En ese estado, la peste rosa se vuelve inestable: deja de intentar infectar y simplemente desintegra todo lo que encuentra. Si algo así alcanzara la ciudad todo quedaría reducido a simple polvo rosado.
—Por eso debes hacer bien tu trabajo —añadió Sarah con tono firme—. Esas cosas solo contaminan nuestro mundo. Cada una que dejamos atrás es un riesgo. Ni siquiera deberían existir.
Durante un instante, el ambiente se volvió denso entre ellos dos.
Lynne se acercó y le dio un suave codazo en el brazo, aunque sin restarle seriedad a la escena.
—Vamos, no dejes que mi hermanita te intimide. Es tu primer día, solo haz lo mejor que puedas, ¿Sí?
Markus asintió, pero su gesto era rígido. El chico no había dormido bien, eso era evidente. Entre el cansancio y la presión de no decepcionar a ninguna de las dos, estaba llegando al límite.
Comenzamos la limpieza. Uno tras otro. Fuego, cenizas, humo. Sarah permanecía centrada, cumplía órdenes sin distracción. Lynne conservaba su tono juguetón, pero su puntería no fallaba. Ninguna bajaba la guardia.
Hasta ahora había tolerado sus actitudes porque entendía que no reducían su rendimiento. Y lo estaban demostrando.
Pero no todos eran como ellas.
Markus intentó acercarse a un bulto en una zona con restos metálicos, quizá tratando de realizar un “buen trabajo” como dijeron las hermanas. Pero el terreno era inestable. Cayó mal. Un gancho oxidado se enganchó en su pierna. El chillido de la tela rasgándose fue claro, incluso a través de los visores.
—¡Alto! —grité.
Todos giramos al unísono. Markus estaba en el suelo. Su traje tenía una rotura. Pequeña, pero expuesta.
—¡Mi traje! ¡Rápido! ¡Puedo sellarlo! —gritó, aferrándose al supuesto sellador de emergencia. Sarah ya había apuntado su arma.
—No hay tiempo.
—¡No! ¡Puedo—!
El disparo cortó su súplica. El proyectil lo atravesó, clavando el silencio en su pecho.
Markus quedó inmóvil, los ojos abiertos, incapaz de comprender.
Casi al instante, Lynne también disparó.
El cuerpo de Markus cayó de espaldas.
Las hermanas no mostraron tristeza ni dudas. Sabían lo que había que hacer. Sin pronunciar palabra, se movieron juntas hacia el cadáver y activaron los incineradores, tal como dicta el protocolo. El fuego lo envolvió en segundos.
El cuerpo de Markus se redujo a cenizas. Nada más.
Silencio.
Solo el zumbido del fuego, el viento contaminado. Nadie ocupó su lugar. Ni hacía falta.
—…Registren el área —ordené. Mi voz no tembló—. Aún quedan cosas por desinfectar.
Hasta ahora había permitido sus actitudes porque, cuando llegaba el momento, elegían bien: protocolo sobre placer, misión antes que emociones.
El único que puso su vida en riesgo por un capricho personal fue él. Las hermanas lo ejecutaron sin dudar. Porque al final del día, eran soldados.
Markus ya no estaba. No lo estaría nunca más.
Tal vez alguien del segundo nivel de la ciudad presentaría una queja, pero si lo habían dejado venir hasta aquí, significaba que no era importante.
La misión continuó como siempre.




