Capítulo 13: Un sueño del pasado - Alicia
El cuerpo de Sora yacía inerte sobre el suelo áspero del refugio. La sangre que momentos antes se había deslizado desde sus ojos ya se había secado, dejando líneas oscuras sobre sus mejillas. El silencio gobernaba el lugar… hasta que, finalmente, Rael se atrevió a acercarse.
—Sigue respirando, parece que solo está dormido.
Un suspiro colectivo, apenas audible, recorrió la sala. Nadie quería presenciar la muerte de alguien tan joven frente a sus propios ojos.
Gehn, todavía de rodillas, no podía apartar la mirada de sus propias manos. Las alzó lentamente, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera devolverle aquel dolor que lo había consumido durante años.
Pero no ocurrió. Por primera vez en tanto tiempo, estaba tranquilo. Ese dolor, que lo había acompañado como una sombra constante, había disminuido. Sentía que volvía a ser dueño de su cuerpo.
Rael, que ya estaba a su lado, lo observó en silencio durante un momento. Hacía poco parecía que su amigo iba a morir, pero ahora todo había terminado… y seguía vivo.
—¿Cómo te sientes? ¿Estás bien? —preguntó al fin, rompiendo la tensión.
Gehn levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos, pero no por fiebre. Por primera vez, sentía que podía ver la luz al final del túnel.
—Sí… —murmuró—. No tengo ni puta idea de cómo. Pero ya no duele.
Se llevó la mano al cuello. El tumor que durante años había latido allí como un segundo corazón enfermo seguía presente, pero ya no ardía; era poco más que piel muerta.
Sin pensarlo, guiado por la absurda certeza de que estaba bien… lo rompió.
—¡¿Qué carajo haces, Gehn?! —gritó Rael al ver cómo acababa de reventar uno de los tumores de su cuerpo.
El sonido fue húmedo y repulsivo. El tumor estalló como una fruta podrida.
Todos se tensaron al instante, preparados para presenciar el colapso. Era la misma escena que habían visto antes, cuando alguien finalmente se decidía a terminar con su sufrimiento.
Pero no ocurrió nada.
Solo un dolor sordo, un ardor breve… y nada más.
Gehn bajó la mirada, jadeando. Lo único que brotaba era sangre común, roja y espesa. Como si lo que antes significaba una sentencia de muerte ahora no fuera más que una herida superficial.
—Oigan… miren —dijo, incrédulo, tras cometer lo que antes habría sido un suicidio—. No pasa nada.
Alzó la vista, todavía temblando.
—Cuando tomó mi mano… durante un momento sentí que ya había muerto. Yo había mentido: quería seguir vivo. Pensé que iba a morir, tenía miedo. Pero el dolor se detuvo de repente… y luego me invadió una calma que creí que solo obtendría con la muerte. Estoy bien. Eso es lo que siento.
Se giró hacia Sora, aún tendido e inmóvil en el suelo.
—Pensé que era otro fraude… Yo… yo fui el que se equivocó.
Rael no respondió de inmediato. Se acercó, se agachó junto a su amigo y colocó una mano firme sobre su hombro, apretando con fuerza.
—Nadie te culpa por dudar —dijo en voz baja—. La desconfianza nos ha salvado más veces que cualquier medicina. Pero hoy, por un maldito segundo, nos hizo bajar la guardia. Y, de alguna forma, todo salió bien. Es como si fuera un milagro.
Gehn rió. Fue un sonido rasposo, pero por primera vez en mucho tiempo no estaba cargado de lástima, sino de algo distinto.
—Sí… realmente es un milagro.
El ambiente cambió. Muy lentamente, como la escarcha derritiéndose bajo el sol, la tensión en el refugio comenzó a disolverse.
Uno a uno, los demás salieron de las sombras. Algunos no se atrevieron a hablar. Otros dieron apenas un paso. Pero era más de lo que habían hecho en años.
Una mujer encorvada, con la piel marcada por llagas y vendas, susurró con voz temblorosa:
—¿Creen que ese chico pueda hacer lo mismo conmigo?
Gehn dejó escapar una risa corta y respondió sin rodeos:
—Ni puta idea. Pero, por primera vez en mucho tiempo, quiero averiguarlo.
Mientras en aquel refugio la esperanza daba su primer suspiro, Sora permanecía atrapado en su propio silencio. Su cuerpo descansaba inmóvil, pero en lo más profundo de su mente, los recuerdos comenzaron a mezclarse con los sueños.
[Proceso de mantenimiento de salud mental en curso]
◇◇◇
POV – Sora
El sol me golpeaba directo en la cara mientras caminaba hacia la escuela con el uniforme puesto. No era agradable, pero al menos ayudaba a mantenerme despierto.
—Ah… qué sueño… —bostecé.
Normalmente habría tomado el autobús, pero esa mañana me pasó algo raro: me desperté antes de que sonara el despertador. Algo tan improbable como que todos los planetas del sistema solar se alinearan. Y, ya que estaba despierto, pensé que una caminata hasta la escuela no haría daño. Mejor eso que arriesgarme a quedarme dormido otra vez.
La calle estaba tranquila, aunque todavía había algunas personas caminando. Fue entonces cuando escuché a dos personas murmurar que había “una chica rara peleando con una máquina expendedora”. No era buena idea desviarme, pero la curiosidad me ganó y terminé acercándome.
Y ahí estaba: una jovencita rubia frente a la máquina expendedora, sacudiendo una bolsa de cuero y tartamudeando.
—¡¿Acaso no quieres mi dinero?! ¡Dame una bebida, por favor! —suplicaba, visiblemente cansada.
Me quedé mirándola, desconcertado.
¿Llevaba una capa? ¿Qué se suponía que era esto? ¿Un espectáculo callejero? ¿Cosplay? ¿O venía de algún pueblo perdido en el mapa?
Fuera lo que fuera, parecía estar en problemas, así que decidí darle una mano.
—Disculpa, señorita, ¿tienes problemas con la máquina expendedora?
—¿Eh? ¿Qué? ¡No! Esto… esto es una nueva forma de usar esta caja de bebidas. No te preocupes —respondió con una sonrisa forzada, sudando como si se estuviera derritiendo.
Claramente era demasiado orgullosa para admitirlo. Ese rasgo suyo me recordó un poco a Yume, así que, tras pensarlo un momento, decidí darle una salida digna.
—Ah, claro. Escuché que es algo muy común hoy en día.
—¿En serio? Esta sección está llena de raritos… —murmuró.
Bueno, solo intentaba ayudar y terminé recibiendo un pequeño insulto.
—¿Sección…? ¿Te refieres a la ciudad? —pregunté por curiosidad.
Su expresión se tensó aún más.
—Ah… sí, ciudad. Claro. Quise decir ciudad. Vengo de otro país, por eso hablo raro a veces.
Entonces me fijé mejor: llevaba el uniforme de mi escuela. Así que era, o pronto sería, una compañera mía. ¿Otro país? No recordaba haber oído nada sobre estudiantes transferidos del extranjero, pero como apenas nos conocíamos, sentí que no era buena idea preguntar demasiado.
Saqué una moneda de mi billetera, la inserté en la máquina, presioné un botón y, con un clunk, salió una botella.
—Puedes tomarla si quieres. La verdad es que salió un sabor que no me gusta y tampoco tengo mucha sed.
—Eres muy amable, pero paso. Tengo mi propio dinero. Igual, gracias por la orientación —respondió con aire confiado, agitándome la mano como diciendo “ya puedes irte”.
Era bastante linda, aunque empezaba a preocuparme que realmente no tuviera idea de cómo funcionaban cosas tan simples.
Me alejé, pero la curiosidad pudo más. Al cabo de unos minutos volví a pasar por allí.
Clank, clank, clank.
La máquina rechinaba. Ella estaba otra vez intentando meter monedas que no encajaban.
—Hola, qué coincidencia —dije, tratando de sonar casual.
Se sonrojó al instante.
—¡E-esto…! La máquina se descompuso cuando te fuiste. Yo solo estaba… arreglándola. Sí, eso. Ya puedes retirarte.
La miré fijo. Estaba claro que no tenía ni idea. Tal vez se había mudado hacía poco, no conocía a nadie ni sabía cómo funcionaban las cosas aquí.
—Disculpa, ¿podría ver una de tus monedas? —pregunté—. Creo que son bonitas y me gustaría apreciarlas mejor.
—¿De verdad crees que voy a caer en eso? —dijo, abrazando su bolsa de cuero como si la protegiera de un ladrón.
Una bolsa en lugar de una billetera. Bueno, tampoco era lo más raro de la situación.
—Lo digo en serio. No quiero estafarte. Es más, ¿qué te parece si te compro otra bebida y, a cambio, me dejas ver una?
Saqué una botella de la máquina.
—Vamos, será solo un momento.
Me miró con desconfianza, pero al final accedió.
—Está bien… si eres tan amable, confiaré en ti. Luego te devolveré el dinero.
Había entendido que solo estaba siendo amable, así que me entregó una moneda a cambio de la botella. La tomé y la observé con atención. Era plateada, con un escudo en una cara y una corona en la otra. Muy detallada.
—Esto ¿es una moneda antigua o algo así?
—¡Es una moneda de plata de mi país! ¿No es hermosa? Lleva el emblema de mi nación.
¿Plata pura? ¿O estaría mezclada con otros metales? Si era antigua, podía valer bastante dinero. Incluso si no lo era, debía contener plata real. ¿Cuánto sería eso en dólares? Mejor ni hacer cuentas.
—Ya veo. Sí, es hermosa… pero estas monedas no funcionan en este país.
—¿Eh? ¿Qué? ¡Pero si está hecha de plata! El material por sí solo es valioso. ¡Eso no tiene sentido! —dijo, claramente preocupada.
¿Acaso todo su dinero era de esas monedas?
—Tranquila. Creo que por aquí hay un lugar donde cambian plata y oro por dinero local. Si quieres, puedo acompañarte.
—… ¿Por qué me estás ayudando tanto?
—Bueno, llevas el uniforme de mi escuela —respondí—. Es bastante probable que nos volvamos a ver.
—Ah, ya veo —dijo, mientras me observaba con atención, como si me evaluara, y luego sonrió.
—Entonces, ¿podría ofrecerte trabajo?
—¿Trabajo?
—Sí.
—¿Aquí?
—Claro.
—¿Ahora?
—Por supuesto.
Me quedé en silencio un segundo.
—Espera, espera —dije—. Normalmente los compañeros no intentan contratar a otros compañeros. Menos aún sin saber siquiera sus nombres.
—Cierto —asintió de inmediato—. Mi nombre es Alicia Lux Orbis. Llamarme solo Alicia está bien, es un gusto conocerte.
—Kazami Sora —respondí—. Puedes llamarme Sora.
—Entonces, Sora … ¿te interesaría trabajar para mí? Podrías ser mi guardián. Incluso podría ascenderte a caballero en el futuro.
—Lo pensaré —respondí.
Terminamos riendo y charlando mientras caminábamos, y claro, ocasionalmente mencionaba los beneficios de trabajar para ella. Había algo orgulloso en su forma de hablar, pero también resultaba extrañamente agradable. Lamentablemente, para cuando me di cuenta de la hora… Ya era demasiado tarde.
Al final, terminé llegando tarde a la escuela. Alicia se salvó por ser su primer día, pero a mí me regañaron, otra vez.




