Capítulo 11: Desde el otro lado
POV - Rael
Bajé la cabeza. No quedaba mucho por hacer: resistir otro día, respirar lo justo, pensar en cosas que ya no volverían.
A veces me daba por imaginar otra versión de la historia.
Una donde mi hijo sí recibía tratamiento. Otra donde mi esposa no era arrastrada por esos bastardos de blanco. Una en la que me hubiera muerto yo, y no ellos.
Pero esas eran solo fantasías. Y las fantasías, en este lugar, únicamente sirven para desgarrarte un poco más.
El silencio pesaba. Ni siquiera sabía cuántos quedábamos con vida. Antes éramos veinte… quizá veinticuatro. Ahora… ¿seis? ¿Cinco? ¿Yo incluido? A veces, ni eso sabía. Hay días en que ni siquiera me siento vivo.
—Ey, Rael —murmuró una voz áspera desde un rincón—. ¿Todavía sigues por ahí?
—Parece que sí —respondí sin levantar la vista—. Solo estaba recordando un poco, Gehn.
—No te tortures… El pasado, las ciudades limpias… son cosas que no podemos alcanzar.
“Las ciudades limpias.” Allí la gente respira sin miedo. Mientras nosotros somos la basura que no quisieron reciclar. Creer que alguna vez nos dejarían entrar fue una ilusión de idiotas. Nuestro hogar era prácticamente un vertedero de basura, con los cuerpos de nuestros compañeros amontonados en la entrada.
Nuestra ropa estaba cubierta de vendas hechas para resistir la peste rosada cuando aún existía la esperanza de combatirla. Pero no era raro ver gente desnuda: la peste también carcomía todo con el tiempo, incluyendo estas vendas que usábamos.
Y la comida… dejamos de sentir hambre como antes, pero aún necesitábamos algo que llevarnos a la boca.
Probamos con ratas. Tenían un desagradable color rosado, y sabían a basura quemada y carne agria. Las atrapábamos con las manos si era necesario. Cocinar era un lujo que ya no existía. Nunca nos enfermamos por comerlas. O quizá estábamos demasiado jodidos para que importara.
Uno tras otro, muchos se rindieron. No los culpo. Aquí todos somos apenas desechos de lo que alguna vez fuimos. Con el tiempo, no hicimos más que pudrirnos.
Nuestros cuerpos estaban cubiertos de manchas y bultos rosados. El mío no era la excepción. Algunos eran pequeños y apenas molestaban, pero otros eran distintos: dolorosos, frágiles, imposibles de ignorar. Latían día y noche como un segundo corazón, recordándote que todavía estabas vivo, aunque solo a medias.
Bastaría apretar uno de esos bultos con fuerza, una sola vez… y todo acabaría.
Paz eterna. No más dolor. No más frío. Sin más caras vacías.
—¿Crees que duela mucho? —preguntó alguien desde el fondo, sin moverse.
—No lo sé —respondí—. Pero a estas alturas, ¿a quién le importaría?
—Ya cállate —gruñó Gehn—. Si tienes las agallas, hazlo. Nadie te culpará por dejar este mundo de mierda.
Era violento, pero no mentía. Aquí la única decisión que nos quedaba era cuándo morir. Y al final, ninguno lo hacía. Nadie tenía las agallas de irse.
Cerré los ojos. Por un segundo pensé en ella. En cómo solía decirme que mi mal humor desaparecía al abrazar a nuestro hijo. Nunca le di importancia en ese tiempo … pero, como siempre, tenía razón. “Papá”, decía. Y me rodeaba con sus brazos diminutos como si no pensara soltarme nunca.
Cosas tan comunes, y ahora imposibles de alcanzar con estas manos manchadas. Apreté los dientes. No debía pensar en eso. No ayudaba. Solo desgarraba un poco más.
Y entonces, escuché pasos. No eran nuestros. Todos los que quedábamos ya estábamos aquí.
Se acercaban a la entrada. Lo que llamábamos “puerta”, aunque no era más que una lámina colgada a medias.
—¿Qué demonios está haciendo ahí? —susurró alguien cerca.
Podía ser un loco. O peor: uno del escuadrón de purificación. Aunque esos malditos nunca tocan la puerta. Solo entran y barren con todo.
Algunos se tensaron. Otros ni se inmutaron. Al fin y al cabo, si era el final, que llegara de una vez.
La figura se detuvo frente a la entrada. No dijo nada al principio. Solo nos miró.
Durante un instante pensé que estaba mal de la cabeza. Que nos observaba como quien ve algo demasiado roto como para molestarse en hablar.
Pero entonces, sin saber por qué, sentí algo distinto. Incluso con la poca luz, algo en él transmitía una calidez inesperada. Como si esa presencia desconocida nos viera como algo más que simples despojos.
Era una sensación tan ajena, tan absurda, que resultaba incómoda. La figura se tensó, enderezó la postura y ajustó su expresión. Y entonces, habló:
—Disculpen. No quiero molestar. Solo… quisiera ayudarlos.
El silencio fue inmediato. Sus palabras flotaron en el aire como una chispa sobre pólvora vieja.
—No necesitamos más farsas. Si vas a matarnos, hazlo ya —gruñó uno de los nuestros, sin levantar la vista.
—Tch… cálmense. Si fuera del escuadrón de purificación, no estaría hablando. Ya nos habría barrido a todos —gruñó Gehn. Chasqueó la lengua, molesto.
— Hace tanto no venía uno tan joven, seguro solo eres un mocoso asustado.
Se levantó con dificultad. Sus huesos crujieron como ramas secas mientras avanzaba un par de pasos hacia la entrada. Al principio no dijo nada.
Lo miró. Hubo un breve silencio.
— Maldita sea —murmuró.
Entonces su expresión se torció.
—¿Qué carajo estás buscando? —escupió, ahora sí con odio—. ¿Acaso crees que somos unos idiotas? ¿Acaso crees que te haremos caso? Solo lárgate antes que te rompa la cara.
—E-esperen, si me dan una oportunidad, yo podría… —intentó decir el chico, hablando demasiado rápido.
Gehn no lo dejó terminar.
—¿Y ahora qué? —gritó—. ¿Qué, traes medicina? ¿Una cura milagrosa? ¿O que eres “un salvador”? ¡Jódete! ¡Tú y todos los que vinieron antes pueden irse al carajo!
El chico —Sora, como luego se presentó— no se inmutó.
No retrocedió. No intentó defenderse. Solo se quedó ahí, escuchándolo.
Y eso lo enfureció todavía más.
—¡¿Tú sabes lo que es ver a tu hermana confiar en alguien como tú para que después la desechen como basura?! —gritó, con la voz casi quebrada—. ¡¿Lo sabes, mocoso?! ¡¿Sabes lo que es ver morir a la gente porque creyó en las palabras de un cabrón bien peinado que hablaba de esperanza?!
Apretó los dientes.
—¿Qué eres ahora? ¿Otro bastardo con frases bonitas y una jeringa vacía?
Aun así, el joven se mantuvo firme.
—Entiendo que desconfíen de un extraño —dijo con calma, con una voz que contrastaba con el lugar—. Pero puedo demostrarlo. Solo quiero…
—¡Cállate! —escupió Gehn, lanzando un gesto violento con la mano—. ¿Demostrar qué? ¿Qué respiras sin toser? ¿Lo bien que te queda esa cara limpia? ¡Ya pasamos por eso! ¡Nos vendieron falsas promesas y nos dejaron peor que antes! ¡Nos usaron como ratas de laboratorio!
Sora permaneció inmóvil. Su calma era tan fuera de lugar que parecía absurda.
—Pueden tocarme si quieren —añadió sin alterarse—. No tengo nada que ocultar.
—¡Lo que quiero es partirte la cara, eso sí que me ayudaría! —gruñó Gehn, apretando los puños, casi decidido a lanzarse sobre él.
Respiré hondo y di un paso al frente, interponiéndome.
—Basta, Gehn —murmuré con esfuerzo—. Déjalo hablar, solo un momento.
Me lanzó una mirada cargada de rabia, pero no dijo nada. Quizá sabía que ya no le quedaban fuerzas, y no valía la pena desperdiciarlas conmigo.
Lo cierto es que nuestro grupo solía ser bastante calmado… al menos en comparación con otros, que trataban a los aspirantes como auténtica basura. Volví la mirada hacia el chico.
—Escucha, mocoso… —le solté con voz áspera—. Este lugar es nuestro. Si entras aquí, sigues nuestras reglas. Y de paso, ahórrate las idioteces.
Entonces lo vi bien por primera vez.
Y entendí por qué Gehn se había enfurecido tanto.
Esperaba un rostro como los nuestros: deformado, cubierto de tumores, costras o cicatrices. Algo familiar en su desgracia. Pero no. Su piel estaba limpia.
Incluso su ropa…
Estaba en buen estado. Demasiado, para este lugar. No colgaba, no estaba rígida ni carcomida por la peste rosada, como la nuestra. Por un segundo, me dio la absurda impresión de que no pertenecía a este mundo ya destruido.
Y eso, en vez de tranquilizarme, me resultó repulsivo.
—Soy Sora Kazami —dijo con serenidad—. Pueden llamarme Sora. Lo mismo va para todos los que estén escuchando.
Extendió la mano hacia mí. Ese gesto me irritó. No era tan impulsivo como Gehn, pero admito que tuve que contener las ganas de golpearlo.
—¿Sabes cuántos han intentado engañarnos antes? —espeté—. No estamos para soportar otro farsante. Si piensas quedarte, tendrás que seguir nuestras reglas… y trabajar el doble, para que Gehn no te mate mientras duermes.
—Como dije antes —repitió sin alterarse—, pueden tocarme. No llevo máscara ni maquillaje. Pueden comprobarlo ustedes mismos.
Normalmente, a esas alturas ya habría mandado al carajo a cualquiera como él. Otro charlatán más. Pero algo era distinto. Sus ojos no nos miraban con desprecio. Ni con esa compasión falsa que dolía más que el asco. No eran como los médicos que se tapaban la nariz para atendernos, ni como los agentes de purificación que nos trataban como plagas.
Desde el fondo del refugio, empezaron a escucharse voces:
—Que se joda. Otro charlatán.
—¿Otra vez con esa mentira barata?
—¿Cuántas veces nos dijeron que ahora sí venía la cura?
Mis compañeros lo querían fuera. Y yo, en otras circunstancias, los habría acompañado.
—Nunca me he enfermado —dijo Sora con voz clara en cada palabra—. Ni una sola vez en mi vida. Pero conozco lo que es vivir cerca de quienes sí lo están. No tengo intenciones ocultas. No vengo a aprovecharme. Y si no me creen… pueden revisarme.
Nos miraba como si aún fuéramos personas.
—¿De verdad crees que porque tienes cara de niño bueno vamos a confiar en ti? —le solté, casi con desprecio.
—No lo sé —respondió, sincero, sin apartar la mirada—. Pero al menos puedo intentarlo.
Sin entender por qué, me acerqué. Lo observé en silencio. Luego lo toqué, sin delicadeza: mandíbula, pómulos, frente. Buscaba una trampa.
Una costra falsa, un maquillaje, algo que delatara el engaño. Pero no: era piel real, tibia, humana.
Al bajar la mano, mis dedos rozaron la tela de su ropa. También estaba tibia.
Fruncí el ceño un instante, pero seguí palpándolo. Lo hice una segunda vez. Una tercera. Nada. No había disfraz.
—No tiene nada… —murmuré, apenas audible.
—No sería la primera vez que nos engañan —dijo Gehn detrás de mí, su voz ahora más cansada que furiosa—. ¿Y luego qué? ¿Recuerdas...?
—No —respondí, sin apartar los ojos del chico—. Esto es distinto.
Desde que lo toqué, algo en mi interior despertó. Una voz interna, suave, como un instinto que susurraba: “Confía. Acércate. Hazme caso.”
No quería confiar. No debía. Pero quería creerlo y eso era lo peor. Como si dentro de mí se hubiera encendido una chispa que llevaba demasiado tiempo apagada.
Lo observé una última vez. Solo estaba ahí. De pie. Rodeado de nuestra miseria. Sin miedo. Sin asco.
Y esa calma, esa maldita calma… me era imposible odiarla.
Y entonces, como un reflejo involuntario, recordé esa frase que siempre había despreciado:
“Los elegidos no se enferman. No sangran. No tiemblan. No se pudren. Porque son amados por Dios.”
Siempre pensé que era una burla. Una excusa. Una forma de decir que algunos merecen vivir, y otros, simplemente no.
Pero ahora, viéndolo ahí, tan intacto entre las ruinas, con esos ojos que aún mostraban aprecio. Me costaba decir que no fuera cierto.
No diré que creí en él. No todavía. Pero, por algún motivo… dejé de querer no hacerlo.
Y por primera vez, en mucho tiempo… Eso me pareció bien.




