Capítulo 10: Rastros de Vida
Habían pasado varios días desde su muerte y renacimiento en este mundo. Al principio se preocupó por la comida y el agua, pero pronto notó algo extraño: no se sentía más débil ni cansado. Gracias a sus habilidades, incluso tenía la sensación de que ya no necesitaba dormir. Aun así, trataba de hacerlo unas horas al día; aunque su cuerpo no lo exigía, su mente sí lo agradecía.
—Mira, Chester, más ratas —comentó mientras apartaba escombros con sus manos.
Su pequeño compañero peludo lo observaba desde el hombro. Las ratas parecían haberse adaptado mejor que los humanos a este mundo, encontrando siempre la forma de sobrevivir.
—Una y otra más —repitió Sora en voz baja, como si contarlas le diera algo de tranquilidad.
Se detuvo un instante, miró a Chester y, casi con vergüenza, le preguntó:
—Oye, ¿tú extrañas a tu familia?
Chester lo miró de reojo, con sus pequeños ojitos brillantes, y luego volvió a rascarse como si no le importara en lo más mínimo.
—Vale, vale… eres algo distante —rió nervioso ante la frialdad de su amigo—. Supondré que estás bien.
Decidió darle un pequeño regalo a su amigo. Había analizado una muestra de la peste rosada que tomó de él y, después de un día entero de trabajo, consiguió crear una versión mejorada. Podía moverse mientras la procesaba, pero sentía un estrés constante en la cabeza. No era agradable, pero era necesario, o al menos eso creía. Al fin y al cabo, ese era el hardware del Sistema de Soporte.
—Toma, Chester. Un regalo.
Colocó su mano sobre el cuerpo de la rata. Sin destellos ni dramatismo, una nueva variación del Virus R fluyó hacia su pequeño compañero.
***
[ Sistema de soporte
Lectura Patogénica… en curso
Individuo: Chester
Resultados obtenidos:
•Mamífero infectado por una versión modificada del virus R.
•Tiempo estimado de vida: 20 años
•Adaptación completa.
•Resistencia extrema a la descomposición ambiental.
•No requiere alimento para sobrevivir en concentraciones medias de Virus R.
•Nivel de amenaza para el usuario: Inexistente.
]
***
A simple vista, Chester seguía igual. Sin embargo, su esperanza de vida se había multiplicado: veinte años, cuando antes había estimado que apenas viviría uno. Sora sonrió satisfecho, aunque en el fondo no le parecía suficiente.
—¿Y si vamos un poco más allá? —murmuró, extendiendo la mano de nuevo. Por un instante, la imagen de otros animales a los que había “tratado” cruzó su mente.
Chester reaccionó al instante. Chilló, se revolvió y lo mordió con fuerza en el dedo.
—¡Auch! Vale, vale… ya entendí. No hacía falta morderme. —Sora sacudió la mano con un gesto de resignación.
Esta vez había intentado algo distinto: modificarlo sin la ayuda del Sistema de Soporte, buscando un resultado más… personal. Algo que naciera de él y no de la guía del Sistema. Pero resultó imposible. Chester, al parecer, no quería eso.
Con un suspiro, decidió dejar el tema. Siguieron caminando por la ciudad sin rumbo, las ruinas extendiéndose como un laberinto sin fin. Chester trotaba a su lado, y aunque no tenían un plan concreto, Sora sentía que cada paso lo acercaba más a algo.
Recientemente, sin embargo, una idea había empezado a tomar forma en su mente: una nueva manera de rastrear personas vivas en medio de aquel mundo infectado.
Por ahora, trataría de reducir al mínimo el uso del Sistema de Soporte. Ex Machina lo había descrito como unas “rueditas de entrenamiento”, muletas necesarias solo al principio. Sin embargo, si la situación lo exigía, no dudaría en usarlo, sobre todo para crear nuevas variaciones del virus o resolver problemas demasiado complejos.
La ciudad, pese a todo, se conservaba sorprendentemente bien… siempre que uno ignorara los cadáveres abandonados, la basura acumulada y los rastros de violencia en cada esquina.
En una pared ennegrecida por el tiempo, encontró un calendario polvoriento que marcaba el año 2030.
—No está tan lejos de mi mundo —murmuró con cierta melancolía.
Sabía que aquello solo indicaba la fecha de fabricación del objeto, pero al menos le daba una idea aproximada. No podía saber cuántos años habían pasado desde que todo se había salido de control, aunque esperaba que no fueran demasiados.
Más adelante, sus ojos se posaron en otra pared, medio cubierta por hongos rosados que palpitaban suavemente. Allí, alguien había escrito un mensaje cargado de desesperación:
NO SOMOS MONSTRUOS
Pero las palabras habían sido tachadas con una franja negra, como si alguien hubiera querido negar incluso esa última súplica.
***
[Sistema de Soporte
Lectura Patogénica en curso…
Resultados:
•Hongos adaptados casi completamente al virus R.
•Capaces de liberar esporas infectadas sin necesidad de ser consumidos.
•Si entran en contacto con un ambiente libre del virus, mueren rápidamente.
•Solo concentraciones extremas del virus R podrían dañarlos.
¿Desea recolectar una muestra?
]
***
Incluso en este mundo contaminado, los hongos habían encontrado una manera de persistir. Pero mientras observaba el mensaje tachado, Sora no pudo evitar preguntarse en silencio:
—¿De verdad podré alcanzarlos?
No se refería a los hongos. Pensaba en los humanos. Los que aún resistían aquí, los que todavía estaban vivos ¿qué clase de estado mental tendrían después de tanto tiempo en la oscuridad?
Quizá podría usar su habilidad [Afinidad Viral] para calmarlos. Pero tampoco quería depender de un poder regalado por un dios. Regalos siempre venían con un precio.
—Preferiría no abusar de mis habilidades… —murmuró. Al decirlo, una presión leve le cruzó el pecho, tan breve que casi la ignoró.
Bajó la vista hacia Chester—. Oye, ¿cómo te sentiste cuando las usé contigo?
La pequeña rata respondió con un chillido breve, ladeando la cabeza como si no entendiera la pregunta. Sora soltó una risa cansada.
—Sí, ya lo sé. No eres precisamente el mejor para charlas profundas.
Aun así, la compañía de Chester bastaba para mantenerlo en calma. Con él a su lado, el silencio del mundo no parecía tan aplastante.
Unos pasos más adelante, se topó con los restos de lo que alguna vez fue un asentamiento.
Había rastros de una comunidad: ropa sucia, platos metálicos improvisados, restos de juguetes construidos con madera podrida… Y, por supuesto, cuerpos.
A estas alturas, ya no era una sorpresa.
No todos estaban “muertos” en el sentido clásico.
Desde hacía días, Sora había comenzado a comprender mejor cómo funcionaba el virus.
Los cuerpos no colapsaban de inmediato. A menos que se tratara de aquella densa niebla rosada con la que se encontró al inicio —capaz de desintegrar incluso estructuras sólidas—, nada desaparecía al instante. En el caso de los seres vivos, incluso después de perder sus funciones vitales, sus cuerpos seguían activos: producían y esparcían el virus hasta que, finalmente, se descomponían por completo en polvo rosado.
Los cerebros —y todo aquello que no servía al virus— dejaban de funcionar o eran consumidos. Aun así, esos restos emitían señales débiles de vida. Algunas casi imperceptibles. Otras, un poco más intensas.
Sora ya era capaz de percibir las diferencias en las señales sin la necesidad del sistema de soporte.
Se agachó junto a uno de esos cuerpos.
—Este lleva bastante tiempo… —susurró.
Estaba cubierto por una fina capa rosada. Al tocarlo, el polvo se desprendió con facilidad, pero la estructura interna aún se mantenía.
No era un cadáver común. Era un “cuerpo útil”. Un recipiente funcional.
No estaba vivo. Pero tampoco completamente muerto. Solo útil para el virus.
El nuevo método que Sora estaba empleando para encontrar personas vivas era simple: seguir los rastros que dejaban esos cuerpos.
Si rastreaba los menos descompuestos, los que emitían señales más fuertes, eventualmente lo guiarían hasta donde aún quedaba vida humana real.
Y después de más de un día de búsqueda, finalmente lo sintió.
Una señal distinta a todas las que había percibido hasta ahora. No era como las demás. Era más fuerte y más clara que los restos humanos que había encontrado. Estaba casi seguro de que, por fin, se trataba de vida humana real. O al menos, eso era lo más probable.
—…Al fin los encontré —murmuró.
Sin perder tiempo, comenzó a avanzar en esa dirección, mientras Chester lo seguía a su lado.
Dio unos pasos más cuando sintió un tirón breve en la pierna, como si el pantalón se hubiera enganchado en algo. Al forzar el movimiento, una punzada seca recorrió su cuerpo.
Se detuvo y miró hacia abajo.
La superficie de la tela había sido atravesada, dejando una pequeña mancha rojo oscuro. No había ninguna herida en su pierna.
Incluso si la hubiera tenido, sabía que la [Resiliencia Biológica] la habría cerrado al instante. Aun así, cuando tiró con más fuerza para soltarse, sintió otra punzada.
Sora frunció el ceño un instante.
—Qué raro…
El dolor ya había desaparecido. No parecía tener importancia, así que decidió no darle más vueltas y siguió avanzando.
El aire seguía saturado de partículas virales. La niebla rosa ya no flotaba como antes, pero el virus permanecía, suspendido en el ambiente.
Había esperado encontrar humanos en una zona más externa, más lejos de la contaminación, pero eso ya no importaba: ahora, al fin, iba hacia algo más que cadáveres.
Después de unos minutos caminando, llegó a un túnel medio colapsado. El techo había cedido en varios puntos, dejando solo un pasaje angosto entre escombros deformados. A medida que avanzaba, el aire se volvía más espeso.
No alcanzaba la densidad de la zona roja, con su neblina rosa, pero sí era mucho más cargado que cualquier otro lugar que hubiera pisado desde su llegada.
Y los cuerpos... Muchos estaban juntos, como si se hubieran acurrucado en sus últimos momentos buscando calor o compañía. Otros yacían con los brazos extendidos, como si hubieran intentado escapar de algo de lo que jamás podrían huir.
—¿Qué es este lugar…? —murmuró, con un eco que se perdió en la oscuridad del túnel.
Se detuvo un instante y miró a su lado. Chester lo seguía con pasos pequeños, como si el ambiente de muerte que lo rodeaba no tuviera importancia alguna para él. Sora se inclinó y lo acarició suavemente en la cabeza.
—Chester, no sé si sean agresivos. Por si acaso, espera afuera, ¿sí?
El pequeño se dio media vuelta y se retiró de inmediato, sin mirar atrás ni mostrar un mínimo de duda.
—Lo digo en serio, Chester. Afuera estarás a salvo, y yo podré concentrarme—dijo en voz baja, como si el otro aún lo escuchara.
Guardó silencio un momento al ver que su amigo ya no estaba.
— ¿En serio? Ni una protesta, ni un maullido, nada… Oye, al menos finge que lo piensas, ¿no? No me abandones tan fríamente.
Sacudió la cabeza y retomó el paso.
Después de todo, lo habían enviado allí para ayudar. Y se le había prometido que, si lograba avanzar lo suficiente, podría volver a su mundo. Eso era algo que deseaba… o al menos, algo que debería desear.
Por eso no retrocedía. Por eso no sentía miedo. Por eso, incluso en ese instante, una parte de él se sentía emocionada, cuando lo lógico sería preocuparse por la situación en la que se encontraba.
Era por eso. Solo por eso. Nada más. Entre los escombros, al final del túnel, apareció lo que buscaba: una estructura improvisada.
Llamarla “casa” sería generoso. Estaba ensamblada con pedazos de metal corroído, tablas húmedas, fragmentos de camas oxidadas y contenedores deformados. No había simetría. Ni lógica. Pero alguien había hecho un esfuerzo desesperado por construirla.
No venía a juzgar su refugio. Ni sus decisiones.
Sora se detuvo. Frente a aquella estructura deforme y silenciosa, lo sintió con certeza: había personas dentro.
La idea de conocerlos le agradaba. A través de una abertura oxidada, pudo distinguir varias figuras humanas, delgadas, encorvadas o simplemente recostadas en el suelo. Se movían lentamente, con un agotamiento palpable.
Sora los observó en silencio. Se sentía fuera de lugar. Como un intruso. Como un observador no invitado. Una parte de él decía que no debía acercarse sin cuidado. Pero otra, más fuerte, insistía en lo contrario: que tenía que hacerlo. Que tenía que conocerlos.
Recordó a su madre. Desde que murió por una enfermedad, siempre había intentado ayudar a quienes sufrían. Ese sentido de deber se intensificó tras conocer a Yume y a otros que, con el tiempo, llegó a llamar amigos. Ahora que estaba aquí, en este mundo, incluso si al comienzo pensaba en simplemente descansar en paz, ya no había razón para retroceder.
Respiró hondo.
Sora se consideraba sociable. Había aprendido a serlo, en gran parte gracias a Yume y también por el apoyo de sus demás amigos. Con compañía, su ansiedad se calmaba; solo debía aplicar lo que alguna vez fue natural para él.
Dio un paso adelante. No sabía qué expresión tenía en el rostro, pero recordaba lo que siempre le habían dicho: que, al conocer gente nueva, su cara parecía distante, vacía, como si mirara algo desagradable o irrelevante. Como si observara un insecto que preferiría no tocar.
Esta vez, sin embargo, no sintió la necesidad de forzar nada.
No había molestia ni rechazo, ni siquiera la incomodidad que lo había acompañado toda la vida, y fue precisamente esa ausencia lo que lo inquietó.
Al notarlo, se tensó e intentó corregirse de inmediato, asegurándose de mostrar la expresión que tanto había practicado para encajar: esa sonrisa moderada, casi simpática, que alguna vez lo hizo parecer “popular”.
Su voz, sin embargo, no logró imitar aquella fachada.
—Disculpen… —dijo, elevando apenas el tono—. No quiero molestar. Solo… quisiera ayudarlos.
Sus palabras fueron sinceras. Su rostro, él creía, era neutro. Sin emociones que pudieran incomodar. Por un momento, nadie respondió. Algunas figuras se movieron; otras lo ignoraron.
Hasta que una voz cansada murmuró:
—…Solo déjanos en paz.
Otra, desde una esquina más oscura, añadió con un tono rasposo:
—No necesitamos más farsas. Si vas a matarnos, hazlo ya.
Una tercera voz, áspera y firme, rompió el silencio con desdén:
—Tch… cállense. Si fuera del escuadrón de purificación, no estaría hablando. Solo se desharía de nosotros y ya.
Sora ladeó la cabeza. ¿“Ellos”? ¿Escuadrón? No lo entendía del todo, pero prefirió no preguntar todavía.
Respiró con calma. Estaba tenso, sí, pero no asustado. Nunca lo estuvo. Ayudar a las personas enfermas, entenderlas, era un deseo suyo y ahora era también su misión en este mundo.
Eso era todo.
Fragmentos mentales:
Alexia (Negro): Sora es demasiado cauteloso. Debería usar el sistema de soporte todo el tiempo, se lo dio un dios y todo eso.
Anise (Marrón): ¿No lo sabías? En este tipo de historias siempre llega el punto en que esas cosas fallan y sólo puedes confiar en tu instinto.
Mei (Blanco): E-Es cierto, pero… si pasa eso, también perdería sus poderes, y toda esa práctica no tendría sentido.
Yume (Naranja): Jeje… Solo mírenlo… hablando con otros humanos, casi como si nunca hubiera sido un marginado antisocial que solo tenía a Yume.
Alicia (Amarillo): ¿Eh? ¡Mi caballero no era antisocial! Solo un poco tímido. ¡Incluso se ofreció a ayudarme la primera vez que nos conocimos!
Alexia (Negro): …No diría que era antipático, pero durante un tiempo estábamos en disputa.
Yume (Naranja): Ah, cierto. Sora me contó sobre eso… Pensé que eras otro chico marginado como él, y me alegré cuando dijo que eras una buena persona que cuidaba de su familia y se estaba acercando a ti… Pero resultaste ser una chica.
Alexia (Negro): No quiero recordar esos días oscuros…¿como sabes eso? Ni siquiera asistías a la escuela hasta el segundo año.
Yume (Naranja): Jeje… Sora comparte muchas cosas conmigo, ¿sabes? no por nada… Yume se convirtió en su novia~.
Mei (Blanco): …Ser amiga de la infancia es una ventaja demasiado injusta en estas obras.




