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Capítulo 9: Escuadrón de purificación

POV: Sarah

En la Ciudad Blanca todos tenían un propósito. Así lo repetían los instructores una y otra vez, hasta que esas palabras quedaban grabadas en la mente de los niños como un eco imposible de borrar. Sarah, Lynne y cientos de niños más crecieron bajo esa premisa: ser útiles.

Los huérfanos solo recibían apoyo hasta los ocho años. Al cumplir esa edad, si no habían sido adoptados, eran enviados de manera obligatoria a las fuerzas de defensa. Nunca hubo elección. Sin más opciones, simplemente aceptaban el camino que se les imponía.

—Recuerden —gritaba un instructor, con voz áspera—: este mundo está podrido, pero la culpa no es suya. La culpa es de esos condenados que manchan la tierra con su mera existencia. Los infectados no son personas, son plagas. Y ustedes tienen el deber de limpiar este mundo.

Sarah y Lynne Sterling crecieron con esa idea gravada en su mente. Cada vez que sentían miedo, frustración u odio, su rencor hacia los infectados se hacía más fuerte. El adoctrinamiento había sido tan constante que incluso el recuerdo de sus padres estaba teñido de repulsión.

Ellos habían sido débiles, se habían contaminado y, en nombre de la pureza, fueron desechados. No había espacio para la piedad. Aun así, había momentos en que la fachada se resquebrajaba.

—Sarah, no me dejes… —susurró Lynne una vez, creyendo que su hermana se iría para siempre.

—Lynne, solo me desmayé un momento. Tranquila, no voy a ningún lado.

Siempre me irritaba cuando alguien trataba mal a mi hermana. Por eso, cuando el instructor dijo que Lynne no estaba a la altura, me enfurecí. Le grité que un verdadero instructor debía guiar a sus alumnos, no denigrarlos. Que era una vergüenza para el puesto.

Su respuesta fue darme una “lección especial”. Y esa lección consistió en golpearme hasta dejarme inconsciente. Ahora estaba en una camilla del centro médico.

Al ver la preocupación en los ojos de Lynne, la vergüenza me consumió. Había querido proteger a mi hermanita y solo conseguí que se preocupara aún más. Sentía rabia por haberla hecho sufrir.

—Tranquila, Lynne. Solo tenemos que resistir un poco más. Nos prometieron que, cuando cumplamos la mayoría de edad, tendremos días de descanso, podremos salir a pasear y ver el cielo azul sin preocuparnos.

—No quiero días libres si no estás tú… —respondió Lynne, secándose las lágrimas.

—Ya te lo dije, hermanita. Pase lo que pase, siempre estaremos juntas. Incluso si algo malo ocurre, me aseguraré de llegar a ti.

—Sí, lo sé, hermana.

Lynne dudó un instante, mordiéndose los labios.

—Hermana… hay algo más que quiero decirte.

—¿Sí? ¿Qué cosa? —arqueé una ceja.

—Cuando te desmayaste, varios chicos se rieron de ti… pero un chico llamado John salió a defenderte. Dijo que eras valiente por enfrentarte al instructor y que, si seguían riéndose, él mismo te defendería.

Me encogí de hombros.

—Oh… bueno, supongo que le daré las gracias después. No me importa que se rían.

Pero al girarme, vi a Lynne sonrojada.

—Creo que se vio muy genial… —susurró—. Me gusta.

Me quedé helada. ¿Cómo podía mi hermana enamorarse tan rápido? Recordaba haber hablado un par de veces con ese chico; de hecho, parecía un poco interesado en mí, pero no era cercano a Lynne.

—Eh… bueno, sí, claro. Seguro que se fija en ti muy rápido —improvisé, intentando no arruinar su ilusión.

—¡¿En serio?! ¿Me ayudarás a que sea mío?

—Claro que sí, Lynne. Somos hermanas.

Sonreí para tranquilizarla, aunque en el fondo sabía que ninguna de las dos comprendía lo que era el amor, ni cómo se veía uno sano. Para Lynne, ese sentimiento apenas nacido pronto se iría retorciendo, transformándose en una versión distorsionada de lo que alguna vez pudo ser un amor inocente.

◇◇◇

Los años pasaron. La niñez quedó atrás como un recuerdo borroso, reemplazado por disciplina, órdenes y entrenamientos que no dejaban espacio para dudas. A los quince terminamos la instrucción de reclutas; a los diecinueve ya éramos soldados de pleno derecho.

El Escuadrón de Purificación no dejaba margen para otra cosa. Los sueños, los afectos, incluso las dudas, habían sido arrancados de raíz y sustituidos por tres mandatos inquebrantables: localizar, eliminar, limpiar.

Y los cumplíamos sin vacilar. Pensar demasiado era un lujo que no podíamos permitirnos.

Manchas rosadas cubrían paredes y suelos, cicatrices de que la peste se había asentado allí desde hacía mucho tiempo.

A veces, fuera del trabajo, me preguntaba si todo terminaría algún día. Pero en el campo no había razones para dudar.

En lo que alguna vez fue un asentamiento humano, ahora solo quedaban desechos que se hacían llamar humanos.

Los gritos empezaron en cuanto nos vieron. Voces agudas, rotas, como si aún creyeran que eran personas.

—¡Por favor! ¡No queremos hacerles daño! ¡Solo queremos vivir!

Una de esas cosas —una figura encorvada, con vendas sucias cubriendo lo poco que le quedaba de dignidad— parecía suplicar. ¿Una mujer? Tal vez. Pero eso ya no importaba.

“Solo son una peste. No merecen habitar el mismo mundo que nosotros.”

Así nos entrenaron desde niños.

“Apunta y jala el gatillo. No desperdicies munición.”

El disparo atravesó su cabeza como si fuera papel. Cayó sin vida en un instante. Una peste menos.

—¡Sigan avanzando! —ordenó John desde el canal abierto—. Hay más escondidos, como ratas.

Con los años, aquel chico del que se había enamorado mi hermana terminó convirtiéndose en nuestro superior.

Nuestros fusiles estaban diseñados para funcionar en entornos contaminados por la peste rosa. Ellos, en cambio, apenas podían lanzar piedras, gritar o suplicar. Como si eso les fuera a servir de algo.

Éramos siete en total: cuatro hombres y tres mujeres. Más que suficientes para esta misión. De esos siete, seis habíamos sido entrenados desde la infancia para este trabajo. La excepción era Naomi, una chica que entró gracias a una recomendación mía y de mi hermana Lynne, la verdad no esperábamos mucho de ella, pero había logrado sobrevivir todo este tiempo, y su desempeño era bastante decente.

Eliminábamos a la peste rosa sin vacilar. Cumplíamos un rol fundamental. Y, sin embargo, dentro de la ciudad limpia, la gente se apartaba de nosotros. Nos desinfectaban más que a los cadáveres. Como si el virus pudiera adherirse a la conciencia.

"Si no existieran, mi hermana podría vivir como una chica normal…"

Pasamos horas limpiando aquel asentamiento. Cuando terminamos, no quedó nada con pulso.

—Zona despejada.

—Confirmado. Inicien protocolo de incineración —ordenó nuestro capitán, John.

Incluso muertos seguían siendo un problema. Activamos los incineradores portátiles.

Eran modelos compactos: de corto alcance, imprácticos para el combate convencional, pero perfectos para reducir cuerpos a cenizas sin dejar rastro alguno. Algunos aún se retorcían, incluso sin vida. Era un espectáculo desagradable, algo que solo avivaba mi repulsión hacia ellos.

Limpiamos todo lo que podía ser limpiado. Ninguno de nosotros dudaba; no era nuestra primera vez, y sabíamos que tampoco sería la última.

Terminada la misión, regresamos a la ciudad. El portón se abrió y entramos en la zona de descontaminación.

Nuestro vehículo, diseñado solo para operar en áreas contaminadas, recibió una limpieza superficial.

Nosotros, en cambio, pasamos por el protocolo completo.

[Escaneo en curso…]

• Nivel de exposición: Alto

• Integridad del traje: Confirmada

El escaneo verificaba que no hubiera daños en nuestros trajes. Habíamos estado en medio de una purga, cubiertos de restos del virus R —la peste rosa—. Si alguno de los trajes hubiera estado roto, habríamos recibido la orden de "resolver el problema" mucho antes de llegar hasta aquí.

Luego vino el lavado químico, incluso con los trajes puestos. Los compuestos eran agresivos, pero el material resistía; solo los restos de la peste eran eliminados. Finalmente, la ducha obligatoria.

Aunque nunca entrábamos en contacto directo con el ambiente exterior, se nos exigía limpiar nuestros cuerpos antes de pisar la ciudad limpia. Los productos que usábamos quemaban la piel, pero nadie se quejaba. Era parte del protocolo. Una rutina más.

Y ahí, entre el vapor y el desinfectante, siempre encontraba algo parecido a la calma. Porque estaba con Lynne.

—¿Y tú qué harás este fin de semana? —preguntó ella desde la cabina contigua. Su voz sonaba amortiguada por el agua, pero escucharla siempre me hacía sentir tranquila.

—Lo de siempre. Salir a caminar, quizá comer algo afuera… o pasar el tiempo con Markus.

A diferencia de mi hermana, yo había logrado mantener una relación estable. No quería hacerla sentir mal por eso. Después de todo, aunque Markus era atractivo y vivía en el segundo nivel de la Ciudad Blanca, lo único que me gustaba realmente de él era que apreciaba a Lynne.

Hubo un silencio breve, roto únicamente por el golpeteo constante del agua contra las cabinas.

—¿Y si me uno otra vez? —dijo de pronto. Su tono se volvió juguetón—. No estuvo nada mal la última vez.

—Claro —contesté con una sonrisa. Markus no parecía tener problemas con eso.

A través del vidrio empañado, su silueta era tan parecida a la mía que, por momentos, parecía que nos reflejáramos: cabello rubio y largo, piel clara, ojos grises idénticos a los míos y una figura firme, definida por años de entrenamiento. Pero Lynne siempre parecía más enérgica, como si hubiera dejado atrás para siempre a aquella niña que lloraba en los entrenamientos.

— Lynne … —dije, sin atreverme a mirarla del todo—. Está bien si quieres acompañarnos, pero sabes que Markus no te gusta.

—Obvio que no —soltó con una risita—. Pero me entretiene. Y quién sabe, si John llega a enterarse, tal vez deje de fingir que no le importo.

Se recostó contra el vidrio de la cabina, como si hablara consigo misma:

—Markus ni se da cuenta de lo que siento. John simplemente me ignora. Pero tú nunca dejas de estar a mi lado, Sarah. Eso… eso realmente me alegra.

No la dejaría, ni pensaba hacerlo.

Desde la tercera cabina, Naomi —una chica de ojos y cabello azul claro— intervino con voz más baja:

—Yo no tengo hermanas, pero… creo que ustedes dos son demasiado cercanas.

—¡Porque todo lo hemos compartido desde siempre! —respondió Lynne de inmediato. Luego, con tono travieso, añadió:

—Naomi, si quieres, puedo convencer a Sarah para que las tres nos divirtamos con Markus.

—Paso —replicó Naomi sin mirarla. Se frotó el desinfectante sobre la piel con más fuerza de la necesaria.

—Tú te lo pierdes —canturreó Lynne, como si todo fuera un juego.

Yo permanecí en silencio.

Naomi anhelaba una vida normal: sin drama, sin la necesidad de eliminar infectados. A diferencia de nosotros, no había sido criada desde niña para acabar con la inmundicia de la peste rosa. Pero su hermano cometió una idiotez, y ahora ella tenía que pagar por ello. Fue por eso que Lynne y yo la recomendamos para el escuadrón.

Ya casi terminaba de saldar su deuda. Pronto podría volver a una vida normal. Eso era algo que yo no lograba comprender del todo… quizá porque nunca había experimentado lo que significaba “normalidad”.

Aun así, Naomi era confiable. Por eso acepté que se convirtiera en amiga de Lynne. Tal vez algo de esa normalidad pudiera contagiarse a mi hermana.

Lynne había estado interesada en John desde que éramos niñas, pero ese bastardo jamás le hizo caso. Incluso si debía obedecer cada una de sus órdenes en las misiones, fuera de ellas no podía negar el desagrado que me causaba.

Ahora, mi hermana no buscaba relaciones por amor. Ni siquiera por placer. Lo hacía solo para molestar a John, para provocar a un hombre que nunca mostró interés por ella. Y yo sabía lo que estaba haciendo.

Pero si eso servía para distraerla, no me importaba compartir un poco a Markus. Al final, el bienestar de Lynne era más importante que cualquier relación. Quisiera decirle cómo hacer las cosas bien, pero yo tampoco lo sé. Quizá por eso deseo que se acerque más a gente como Naomi, personas a las que no les importe que pertenezcamos al escuadrón de purificación.

Terminé antes que ellas, salí del módulo de descontaminación y me dirigí al control médico. Solo un escaneo rápido, más una formalidad que una revisión real.

El cielo artificial era el mismo de siempre: una imitación pulcra de aquel azul que, según los registros, solía verse décadas atrás. Se oscurecía por la noche, se aclaraba al amanecer. Siempre igual.

Todo parecía en orden.

Las purgas se habían vuelto menos frecuentes, y eso no me tranquilizaba. Me frustraba. Menos misiones significaban más tiempo estancado. Más días de espera, mientras esas cosas seguían allá afuera, contaminando el mismo mundo en el que Lynne y yo tratábamos de sobrevivir.

Nunca podríamos ser verdaderamente libres, y ese cielo falso era una prueba más de ello.

"Ojalá pudiera borrarlos a todos."

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