表示調整
閉じる
挿絵表示切替ボタン
▼配色
▼行間
▼文字サイズ
▼メニューバー
×閉じる

ブックマークに追加しました

設定
0/400
設定を保存しました
エラーが発生しました
※文字以内
ブックマークを解除しました。

エラーが発生しました。

エラーの原因がわからない場合はヘルプセンターをご確認ください。

ブックマーク機能を使うにはログインしてください。
1/32

Prologo

Con el paso del tiempo, todos morimos. Es tan natural como nacer, tan inevitable como olvidar. Hubo un tiempo en que acepté esa verdad sin resistencia. Pero ¿acaso, solo porque estamos destinados a morir, debemos sufrir hasta el último de nuestros días?

Uno a uno, todos fueron cayendo. No fue rápido; nunca lo es.

Las vidas de quienes conocí y amé parpadeaban sin cesar, al borde de extinguirse, solo para aferrarse un poco más. Persistían incluso cuando ellos mismos deseaban que su luz se apagara de una vez.

Algunos gritaron. Otros resistieron, aferrándose a una falsa esperanza. Y unos pocos —los más afortunados— se rindieron por su propia mano.

No importaron las luchas.

No importaron los lazos que tuviéramos.

Las diferencias que antes nos separaban dejaron de tener peso. Frente al dolor compartido, todo lo demás se volvió insignificante. La agonía continuó hasta el final de nuestros días.

¿Fue una maldición, una plaga, un virus? A estas alturas, da igual.

Los nombres pierden sentido cuando existir deja de ser vivir y se convierte en un simple acto de no caer todavía; cuando lo único que te mantiene en pie es el miedo a morir. Al final, solo nos resignamos a permanecer… el mayor tiempo posible.

No quería estar aquí. No en este mundo. No en esta época.

A veces cierro los ojos y me descubro imaginando otras vidas.

Dicen que, hace más de dos mil años, la tierra estaba llena de maravillas. Criaturas míticas surcaban los cielos y nadaban en mares que entonces se creían infinitos. El maná impregnaba el aire, y la magia fluía como un río inagotable.

Eran días de cuentos heroicos: espadachines que desafiaban a reyes demonio, magos que arrancaban relámpagos de las nubes, caballeros que enfrentaban dragones con armaduras relucientes.

Pero aquella era dorada terminó como todas: con una peste.

La llamaron “maldición”. Decían que era un castigo divino.

No cayó como una sentencia inmediata. Se filtró en los cuerpos, debilitó con paciencia, marchitó incluso lo imposible. Las criaturas de fantasía no murieron de golpe: perdieron la razón, la forma, el propósito. Hoy solo quedan restos que prueban que alguna vez existieron.

El maná se secó lentamente. Los mejores magos de la era final apenas podían invocar una chispa donde antes habría ardido un infierno.

La humanidad no se rindió. Abandonó la magia y se aferró a la tecnología: la cristalización de su conocimiento.

—Si hubiera nacido entonces… —susurro— quizá habría lanzado rayos, invocado fuego, vivido una aventura.

Me río, sin alegría.

—Aunque… con mi suerte… habría nacido justo cuando empezó la “maldición”.

Hace quinientos años tampoco fue mejor. Una nueva peste apareció. No buscaba matar y, por eso, fue aún más cruel.

Los cuerpos dejaron de responder. Las mentes se quebraron. Aun así, los corazones seguían latiendo. Los pulmones seguían respirando. El dolor nunca se detenía.

Las calles se llenaron de figuras errantes, bocas que gemían porque el sufrimiento era lo único que aún funcionaba. La muerte se volvió un privilegio.

En cuestión de meses, el noventa por ciento de la humanidad desapareció. No porque descansaran, sino porque sus cuerpos, finalmente, se rindieron.

Los que sobrevivieron reconstruyeron la sociedad sobre ese recuerdo. Volvimos a apostar por la ciencia y la tecnología. Esta vez —nos prometimos— no permitiríamos que otra peste nos alcanzara.

Creímos haber aprendido.

Hace apenas unas décadas descubrimos que no estábamos solos.

Entramos en contacto con una civilización alienígena. Prometieron guiarnos hacia las estrellas, pero impusieron una condición: debíamos erradicar todas las enfermedades de nuestra especie. No podían arriesgarse a que lleváramos la infección a otros mundos.

Por ello, se destinaron recursos inimaginables a la creación de una cura artificial.

Funcionó.

Funcionó demasiado bien.

Los cuerpos comenzaron a cambiar; la carne se adaptó a la fuerza y los órganos se deformaron para seguir funcionando.

Las mentes resistieron. Los cuerpos no. Seguíamos vivos.

Pero cada respiración dolía. Cada movimiento recordaba que algo estaba irremediablemente mal. No habíamos vencido a las pestes; solo habíamos aprendido a prolongarlas.

Intentamos pedir ayuda. Por un momento creímos que nos salvarían.

No lo hicieron.

Éramos un experimento fallido. Uno más. Nunca nos dijeron que buscaban. Cuando fracasamos… nos abandonaron.

—¿Cómo… se puede jugar… con la vida de miles de millones… así…?

El vacío no responde. Pero yo sigo aquí.

No porque sea un héroe.

No porque tenga una misión.

Sigo aquí porque perdí la oportunidad de morir cuando aún podía elegir. Ahora solo espero a que esta existencia deformada se apague como todas las demás.

Mi cuerpo, persistente y ajeno, no me concede descanso.

—Supongo que… este es el final…

No sé cuántos años han pasado. Yo solo quería algo sencillo: vivir lo que durante una época fue llamada una “vida normal”. Una vida en la que pudiera sonreír junto a mis amigos y familiares; una vida en la que pudiera encontrar el amor y ser correspondido.

Pero, en este mundo, eso era pedir demasiado.

—Si pudiera… empezar de nuevo…

Si pudiera, me aferraría a cada instante, incluso a los más tristes. Buscaría belleza en los días vacíos. Y, por todos los medios, protegería mi vida perfecta.

Ahora me pregunto si soy el último. Si hay alguien más, en algún rincón del planeta, deseando lo mismo.

¿Cuántos habrán pedido una segunda oportunidad?

Una historia que no empiece con dolor.

Un cuerpo que no duela.

Un mundo que no castigue el simple hecho de existir.

Pero no. Este es el final de mi historia.

Cierro los ojos y escucho el silencio. Quizá lo único bueno de todo esto sea que, cuando no quede nada que devorar, la peste también morirá.

Porque así es el destino de nuestros mundos: la peste nace con nosotros, crece con nosotros… y, como un monstruo sin presas, solo muere cuando ya no queda nada por devorar.

Hola, ¡mucho gusto! Soy E. Carten, aunque pueden llamarme Edgar. Esta es la versión original en español de Distorsión Viral. Aparte del idioma, no debería haber ninguna diferencia con la versión en japonés…

o al menos eso espero.

評価をするにはログインしてください。
ブックマークに追加
ブックマーク機能を使うにはログインしてください。
― 新着の感想 ―
このエピソードに感想はまだ書かれていません。
感想一覧
+注意+

特に記載なき場合、掲載されている作品はすべてフィクションであり実在の人物・団体等とは一切関係ありません。
特に記載なき場合、掲載されている作品の著作権は作者にあります(一部作品除く)。
作者以外の方による作品の引用を超える無断転載は禁止しており、行った場合、著作権法の違反となります。

↑ページトップへ